Los sindicatos que en diferentes fases han negociado acuerdos con el Departamento de Educación han sido desautorizados en la consulta convocada sobre el último pacto alcanzado, que contemplaba un aumento salarial de 400 euros mensuales en cuatro años, la contratación de 6.400 profesores más para atender el modelo inclusivo de enseñanza y la convocatoria de 3.000 plazas de catedrático en Secundaria. Votaron en contra 39.500 docentes, casi la mitad de la plantilla estructural de los centros.Lo ocurrido es una nueva manifestación de la crisis de las intermediaciones que desde hace tiempo aqueja a la política. Los sindicatos firmantes han sido sucesivamente desbordados por su izquierda, incluida la USTEC, que es mayoritaria en el sector. El componente sentimental de ese desbordamiento se expresaba el viernes en la pancarta que encabezaba la protesta: “Ha ganado la dignidad educativa”. En los comentarios publicados en las redes sociales abundaban las referencias a la “desconexión” de los líderes sindicales y “los despachos” con las bases del profesorado.El fracaso del acuerdo es también una consecuencia de la propia estrategia de negociación. El Departamento de Educación firmó un primer acuerdo con CCOO y UGT después de que la USTEC se descolgara, y a partir de ahí, el conflicto tuvo un marcado componente de guerra sindical. USTEC emprendió un pulso con el Departamento de Educación que tenía como objetivo derrotar a los sindicatos firmantes. Gracias a una estrategia de máxima perturbación en la vida escolar y en las calles, con protestas diarias y cortes de tráfico en diferentes puntos de Cataluña, logró duplicar el aumento salarial y mejoras sustanciales en otros puntos. Pero el éxito se le ha vuelto en contra: si gracias a la movilización se ha conseguido eso, se puede conseguir mucho más. Y ahora ha de tragar, de la mano de la CGT y de la Intersindical, la misma medicina que USTEC aplicó a CCOO y UGT.Pero en el estallido docente hay latentes otros componentes. En primer lugar, una demanda de reconocimiento social. Hay quien lo ve como una revuelta de las clases medias depauperadas, formadas por profesionales como los enseñantes o los sanitarios, que han perdido poder adquisitivo y ascendencia social a toda velocidad. Los profesores ya no perciben que se les reconozca la autoridad moral que en otros tiempos tuvieron. Y han de afrontar cambios demográficos y sociales que generan una conflictividad que les desborda. En muchos centros de alta complejidad, los problemas de respeto no se limitan a los alumnos conflictivos. Los tienen también con las familias.Una gran parte del malestar docente tras los recortes provocados por la crisis de 2008 se volcó en la movilización soberanista. La independencia se presentaba entonces como una especie de llave mágica que permitiría resolver todos los problemas sociales acumulados. También los del aula. La frustración por el fracaso de esa vía fue intensa y el malestar reaparece ahora con los mismos métodos y parecidas estrategias de protesta, incluidas las camisetas amarillas. Puede observarse también el poso insumiso de las protestas del 15M: la horizontalidad, la dinámica asamblearia y una cierta aversión a la representación formal. Tanto la USTEC como la CGT admiten que quien ha decantado las votaciones negativas son las asambleas de centros. La CGT lo vio venir y no firmó el acuerdo; la USTEC no, y ahora se apresura a subirse de nuevo a la ola de la movilización. Piden cambios estructurales, pero no va a ser fácil concretarlos ni negociarlos.