¿Qué tienen en común las imágenes de miles de refugiados y solicitantes de asilo en los alrededores de la estación central de trenes de Budapest en 2015 y la creciente preocupación de la Comisión Europea por las cadenas de suministro de semiconductores en 2026? Existe, por improbable que parezca, un hilo conductor entre ambos eventos, que se encuentran en el inicio y en el final de una década que se podría calificar como la del atrincheramiento. La Unión se ha descubierto asustada y dividida por la cuestión migratoria y completamente expuesta a un mundo mucho más agresivo y complicado, en el que se encuentra generalmente sola. Este atrincheramiento, esta búsqueda de la autonomía, definirá los próximos años del club comunitario. Un recorrido por los principales hitos de la última década ayuda a entender este cambio de mentalidad y cómo esos eventos han ido, poco a poco, filtrándose en la psique de la Unión Europea. Como el proyecto que hizo de la apertura su bandera, eliminando barreras físicas y mentales dentro de Europa y abogando por la liberalización, los derechos humanos y la globalización, ha abrazado un principio mucho más matizado. “Tan abiertos como sea posible, tan autónomos como sea necesario”, como lo han bautizado los académicos Luuk Schmitz y Timo Seidl. La gran fractura migratoria En el inicio de esta década se encuentra la crisis migratoria de 2015 y 2016, cuando millones de refugiados y solicitantes de asilo llegaron a la Unión Europea. El momento clave de esta era fue cuando Ángela Merkel, canciller de Alemania, abrió la puerta a la llegada de los solicitantes, explicando que el país podría gestionar la situación. Merkel estaba respondiendo al deber histórico y político de su país. Curiosamente, en un acto de apertura estaba el punto de inicio de una época de cierre. El intento de repartir los solicitantes de asilo en cuotas por países provocó una fractura brutal en el seno de Europa, con unos países del este, consumidos por una angustia generacional y demográfica tras la inmigración masiva de sus más jóvenes a partir de 1989, que convirtieron este asunto en un auténtico casus belli político. En vez de avanzar hacia una política migratoria más flexible y abierta, las palabras de Merkel marcaron el inicio de una espiral no solamente de división interna en la UE, sino de endurecimiento de la política migratoria. El Pacto de Migración y Asilo actual es la respuesta a esta crisis. Esta misma semana, el Consejo y el Parlamento Europeo han llegado a un acuerdo para la última pieza de este Pacto, el Reglamento de Retornos, que permite el establecimiento de centros de deportación fuera de la UE, prolonga los tiempos de detención máximos y facilita la expulsión de inmigrantes a países con los que no tengan ningún tipo de relación. Es tan duro que hace una década habría sido impensable, pero fue la primera línea del atrincheramiento europeo. Coronavirus y la ‘estrategización’ de todo Pocos años después de la crisis migratoria llegó la crisis sanitaria. La pandemia del coronavirus no solamente afectó a nivel mental a un continente muy abierto e interconectado, sino que modificó la forma de pensar respecto a cuestiones básicas de seguridad pública. La UE, acostumbrada a estar en el lado benefactor de las crisis globales, y no en el lado que sufría las mismas, descubrió de repente que no estaba lista para afrontar una emergencia sanitaria y que existía una competencia salvaje por el material sanitario, como mascarillas, y por las vacunas. Conceptos como compras conjuntas o reservas estratégicas llegaron a la primera línea del debate político. La UE se encontró teniendo que luchar por conseguir dosis de vacunas contra el coronavirus en contextos nunca antes esperados, descubriendo que por contrato había compañías produciendo dosis en territorio europeo que exportaban fuera antes de servir a la demanda europea. Fue uno de los primeros encuentros de la UE con la nueva era de la ‘estrategización’. Hasta este momento, la Comisión y los Estados miembros eran conscientes de las dependencias de Europa en algunas cuestiones, pero eran ingenuos respecto a la voluntad de otros de ser implacables con esas dependencias y de aprovecharlas a su favor. Tras el primer golpe mental que produjo en buena parte de Europa el miedo a una crisis migratoria, se sumó el segundo, que generó miedo a nivel social y alarma en el nivel del desarrollo de políticas públicas. La crisis migratoria inauguró una época de división política y desconfianza hacia el exterior, que se reforzó con un coronavirus que lanzó a Europa a intentar algo tan extraño para una organización nacida de la confianza en el sistema multilateral y la cooperación global como es, simple y llanamente, cubrirte las espaldas. Hijo de esta crisis es, por ejemplo, la Ley de Medicamentos Críticos. A partir de esta crisis, cualquier cosa es susceptible de tener que ser pensada en términos estratégicos. Es en este momento en el que el Ejecutivo comunitario comienza a fijarse en la fragilidad de las cadenas de suministro, en la exposición de la sociedad y la economía europea a actores terceros que pueden aprovechar eso a su favor. El propio hecho de tener que haber gestionado algo como una pandemia inyectó una nueva sensación de imprevisibilidad y de permanente estado de alarma en Bruselas. Si cualquier cosa es posible, hay que repensarlo todo. Esa idea se fue colando en el discurso político europeo. Energía y dependencias En cuanto la UE y el mundo abandonaron la crisis del coronavirus, Rusia lanzó, en febrero de 2022, una invasión a gran escala de Ucrania. La guerra cambió por completo el debate político en Europa. No solamente hizo a los líderes europeos conscientes de la gravedad del momento, del retorno de la guerra a gran escala al continente, sino que dejó a la vista de todos, de nuevo, que las dependencias tenían un precio muy alto. En este caso, la dependencia energética. El esqueleto del proyecto de gasoducto Nord Stream 2 que debía aumentar el suministro de gas a Alemania directamente desde Rusia, se convirtió en un monumento a la ingenuidad de Europa occidental y, muy especialmente, de Berlín. La UE vivió ese año una crisis energética y desde entonces los precios para la industria han sido estructuralmente más altos que para la competencia. La energía entra de lleno en esta nueva dinámica de la ‘estrategización’. El Pacto Verde, que hasta este momento había sido siempre visto desde un prisma medioambiental, adquiere a partir de la invasión rusa de Ucrania una nueva dimensión, una de independencia energética y de política industrial. La crisis del estrecho de Ormuz, bloqueado por Irán como respuesta a los ataques de EEUU e Israel, ha reforzado esa visión en la Comisión Europea. Por supuesto, este debate abre nuevos interrogantes. La energía limpia no escapa de la ‘estrategización’, porque esta no es una solución para los problemas, sino una nueva forma de pensar en ellos y de gestionarlos: Europa afronta nuevas dependencias en este ámbito, en términos de materias primas críticas (CRM), de cadenas de suministro y carreras tecnológicas. No hay propuesta legislativa de la Comisión Europea que ahora no incluya toda una nueva dimensión sobre cómo fortalecer las cadenas de valor, sobre cómo aumentar el control europeo en los distintos puntos del suministro, cómo afrontar la posible coerción de países terceros. Comercio: coerción y poder Y el comercio no escapa de esta nueva lógica. Cuando en 2024 Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, escoge a su nuevo comisario de Comercio, el eslovaco Maros Sefcovic, ofreciéndole así una de las carteras más poderosas de la capital comunitaria, la alemana alarga su título: será comisario de Comercio y Seguridad Económica. Señales de una nueva época. En 2023 la UE ya había adoptado su Instrumento Anti-Coerción (ACI), una Ley de Materias Primas Críticas (CRMA) y puso un nuevo énfasis en los riesgos de las inversiones extranjeras directas (FDI). Europa estaba preparándose para un mundo en el que el comercio se sumaba a la ley de la selva. El retorno de Trump a la Casa Blanca ha lanzado las relaciones transatlánticas en una dirección totalmente nueva Buena parte de esta agenda estaba destinada a un socio comercial, que es China, que aprovecha las dependencias de los socios europeos e intenta ampliarlas a base de subsidios y de prácticas comerciales desleales a ojos de la Comisión Europea. A partir de 2024 se empezó a tener que mirar también hacia el otro lado del Atlántico. La primera presidencia de Donald Trump, entre 2017 y principios de 2021, estuvo marcada por tensiones comerciales entre EEUU y la UE, pero más o menos acotadas. La presidencia de Joe Biden demostró que muchas de las barreras comerciales estaban para quedarse. Pero el retorno de Trump a la Casa Blanca ha lanzado las relaciones transatlánticas en una dirección totalmente nueva. Europa no se cierra por completo y busca nuevos acuerdos comerciales, como ha hecho con el Mercosur o la India. Pero todos estos acuerdos ya incluyen cláusulas y elementos que precisamente buscan reforzar la resistencia europea y diversificar sus dependencias, al mismo tiempo que Bruselas está teniendo que preparar herramientas de defensa comercial contra otros socios. Recientemente, el colegio de comisarios ha tenido un debate estratégico respecto a China en el que Sefcovic ha puesto sobre la mesa un uso mucho más amplio e intensivo de cuotas y aranceles para proteger a las industrias críticas de Europa. Al mismo tiempo, la UE es consciente de que debe tomar medidas para mantenerse en la carrera tecnológica. Este miércoles, la Comisión ha planteado un paquete bautizado como de soberanía digital, con propuestas para aumentar la producción de semiconductores en Europa, proteger toda la cadena de valor y excluir a proveedores no europeos del uso de la nube por parte de las administraciones públicas de los Veintisiete para los asuntos más sensibles. La Europa fortaleza La tesis de Scott Lavery, profesor de Política Económica de la Universidad de Sheffield, es que hay dos almas en la Europa de la posguerra que compiten entre ellas. “La idea de una ‘Europa atlántica’ promovía unos estrechos vínculos económicos con Estados Unidos y la integración en el orden internacional liberal. Una visión alternativa, la de la ‘Fortaleza Europa’, tenía como objetivo crear una esfera de relativa autonomía europea respaldada por barreras comerciales y proteccionismo industrial. Aunque muchos sostuvieron que la visión de la ‘Fortaleza Europa’ quedó superada durante la globalización de los años 1990 y 2000, conceptos como la soberanía económica, la estrategia industrial y la ‘autonomía estratégica’ han vuelto a los círculos de la UE”, escribió en 2024. Las tornas que Lavery describe están empezando a cambiar. En septiembre de 2025, Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo (BCE), utilizó una frase de Michel de Montaigne para hablar del momento que vive la UE: “La plus grande chose du monde, c’est de savoir être à soi”. Lo más importante del mundo es cómo saber ser uno mismo. Lagarde explica cómo desde la paz de Westfalia hasta el siglo XX la independencia estuvo sostenida por el equilibrio a través del poder duro, un equilibrio que, cuando se rompió, tuvo consecuencias catastróficas para Europa. Describe también cómo eso cambió a partir de 1945 a favor de un equilibrio y una independencia garantizados por normas y reglas que se asumía que todo el mundo respetaría. Ahora, Europa despierta a que eso ya no es así. “Si las grandes potencias, animadas por su poderío militar, están dando la espalda al multilateralismo y adoptando la lógica del poder sistémico, debemos estar preparados”, señaló Lagarde en septiembre de 2025. Y es esa la idea detrás del atrincheramiento de Europa, que se produce en varios frentes y por diferentes razones. Desde 2015, Europa ha tenido que gestionar crisis externas que han tenido un impacto directo sobre su política y sociedad, como ocurrió con la crisis migratoria y el coronavirus, y también su economía y su seguridad, especialmente a partir de 2022. Curiosamente, y al mismo tiempo, Europa está teniendo que abandonar su fortaleza en direcciones hasta ahora nunca exploradas. Mientras intenta aprender a defenderse de socios históricos como Estados Unidos o de potencias como China, busca al mismo tiempo nuevos aliados, aumentando su diálogo con miembros de su vecindad, con más tratos con América Latina y Asia. Pero lo hace ya con un prisma que tiene en cuenta las experiencias de la última década. Hay un asunto que Lagarde, en su discurso en París en 2025, no explica. La cita de Montaigne con la que arranca su intervención se encuentra en un ensayo cuyo título es “De la soledad”.
La década del atrincheramiento: cómo Europa se ha encerrado en sí misma
Los Veintisiete acumulan una década de crisis que han llevado a la UE a buscar una mayor autonomía











