Hay un momento preciso en que todo cambia. Es cuando uno cruza el umbral del atrio, levanta la vista y se detiene. La grilla estructural vidriada que sostiene el edificio empieza a revelar otra cosa: triángulos que la luz del sol va desplazando a lo largo del día, reflejos que migran por las paredes, sombras que se alargan y se contraen como si el espacio mismo tuviera un pulso. Eso es Eco al Infinito, la más reciente instalación site-specific de la artista, cineasta y diseñadora de espectáculos Constanza Schwartz.

Cuando el arte contemporáneo debate con creciente urgencia su lugar en la esfera pública -quién lo financia, dónde se emplaza, a quién interpela- Eco al Infinito aparece como una respuesta oblicua pero poderosa. No está en un museo. No está en una galería. Está en el hall del edificio Lumina San Isidro, proyecto del Estudio Mario Roberto Álvarez, entre escaleras mecánicas y trabajadores que van y vienen con café en mano. Y precisamente ahí reside su potencia. “La idea del eco visual apareció casi como una intuición”, cuenta la artista. “Me interesaba pensar el espacio no como algo estático, sino como algo que se expande con la mirada. La repetición funciona como un lenguaje. Se busca deconstruir y luchar contra la concepción humana del tiempo mediante la repetición y superposición visual para así contribuir a la percepción del indomable ritmo de la fugacidad. Pulsos y destellos arrítmicos, fragmentos instantáneos. Distorsionar la idea de instante y jugar con la percepción sobre lo permanente”.