En Jap�n, la tragedia y el estigma se funden en una sola palabra: hibakusha, que significa persona bombardeada. "El Gobierno no reconoce a los supervivientes como v�ctimas de guerra; han luchado durante d�cadas para que el Estado cubra sus tratamientos m�dicos, sin �xito", explica Iain MacGregor, quien condensa en su ensayo Los hombres de Hiroshima d�cadas de abandono. Hombres, mujeres y ni�os no solo quedaron fuera de la protecci�n institucional mientras el c�ncer se extend�a, sino que cargaron con el rechazo sistem�tico de una sociedad que les neg� el acceso a la educaci�n superior y a oportunidades laborales.Entre cinco mil y diez mil documentos han intentado diseccionar la tragedia de la bomba at�mica. Frente a ese c�mulo de papel donde navegan memorias, datos y estudios acad�micos, MacGregor desaf�a el relato oficial. Su publicaci�n m�s reciente no pretende ser una reconstrucci�n hist�rica m�s, sino una cartograf�a de voces que dialoga con los conflictos geopol�ticos del presente.Desde las primeras p�ginas, el escritor brit�nico retrata la serenidad con la que Michiko Kodama, de 88 a�os, recuerda la ma�ana "c�lida y soleada" del 6 de agosto de 1945: su primer d�a en la Escuela Nacional Primaria de Furuta. La anciana japonesa, seg�n recoge el historiador, describe el impacto de Little Boy como una luz cegadora. "Una mezcla de amarillo, plata y naranja" que se abalanz� sobre ella. La superviviente se refugi� bajo un pupitre mientras, cerca, 400 alumnos y 11 profesores mor�an en el acto.M�s all� de las heridas f�sicas, la ignorancia sobre los efectos de la radiaci�n conden� a los supervivientes. Kodama encarna el rostro del exilio: se vio obligada a abandonar su ciudad y cambiar de empleo tras ser se�alada como una mujer manchada. El golpe definitivo, sin embargo, lleg� cuando su prometido rompi� el compromiso: el miedo a las secuelas invisibles de la bomba acab� con la relaci�n.Para saber m�sA las afueras de Tokio, el autor descubri� la estatua de una madre abrazando a su hijo. Se trata de un memorial que, lejos de la escala monumental de la C�pula de la bomba at�mica -Patrimonio de la Humanidad-, se erige como un s�mbolo �ntimo; un tributo que levantaron los supervivientes para transformar el dolor en un mensaje de paz."Cada vez quedan menos que se manifiesten frente al Gobierno. Mientras Hiroshima y Nagasaki rebosan de ceremonias y placas, el resto de las 67 ciudades bombardeadas por Estados Unidos permanecen en la sombra: si se levantara un memorial en cada una, el pa�s ser�a un cementerio. Al final, el olvido tambi�n es una decisi�n c�nica y pol�tica", denuncia MacGregor.Su narraci�n alterna las memorias de v�ctimas y atacantes; un contrapunto de testimonios in�ditos donde una misma realidad se fragmenta en dos versiones opuestas. "Es como un rompecabezas. Hablar con los veteranos estadounidenses fue lo m�s dif�cil: la mitad expresaba frustraci�n, convencida de que actu� correctamente y de que hoy se les juzga de forma injusta. La otra mitad, en cambio, no deja de sentir verg�enza por haber utilizado la bomba".El autor traza una dicotom�a entre la vida antes y despu�s de la explosi�n que empez� a marcar el final de la Segunda Guerra Mundial. Fue la primera vez que una naci�n decidi� rendirse sin la presencia del ej�rcito enemigo en su territorio. Sin apelar a grandes haza�as, MacGregor muestra el horror del combate desde lo cotidiano: escenas dom�sticas, gestos m�nimos y rutinas interrumpidas. La muerte no aparece como el da�o colateral de una "gigantesca tormenta de fuego", sino como resultado de un sistema que convirti� el silencio en propaganda: EEUU ocult� deliberadamente la llamada peste radiactiva, que se tradujo en hambrunas y enfermedades hereditarias.El peso de una alianza, censura y posguerraEl autor se�ala una omisi�n significativa: la colaboraci�n del Gobierno brit�nico. Al recuperar esta alianza, MacGregor propone una lectura cr�tica sobre la relaci�n entre ambas potencias y replantea los cimientos del Proyecto Manhattan. Destaca, en particular, el f�sico Mark Oliphant, responsable de que el memorando con los secretos de la investigaci�n cruzara el Atl�ntico y llegara a manos de J. Robert Oppenheimer. �Gran Breta�a llevaba dos a�os en guerra y estaba muy endeudada. No ten�a ni las finanzas ni el espacio para desarrollar la bomba antes que los nazis�.MacGregor considera que Oppenheimer, el filme ganador del Oscar de Christopher Nolan, ofrece una visi�n parcial de la realidad al omitir las consecuencias directas de la bomba. El escritor sostiene que se trata de una historia de Hollywood: un drama que se aleja de la realidad al ignorar a los verdaderos protagonistas del lanzamiento y relegar las voces japonesas. Adem�s, subraya que el general Leslie Groves fue m�s relevante que el propio Oppenheimer, y cuestiona que Matt Damon, encargado de interpretarlo, apenas aparezca ocho minutos en pantalla.Para el autor, Oppenheimer qued� reducido a una herramienta pol�tica tras la guerra, empleada para suavizar el relato sobre los efectos devastadores del armamento nuclear: �No era el mejor investigador de la habitaci�n ni el f�sico m�s brillante de Los �lamos, pero s� una pieza clave para conectar a cient�ficos, pol�ticos y militares�.Antes del debut militar estadounidense en el frente europeo, una maquinaria invisible ya operaba en el desierto de Nuevo M�xico. Unos 100.000 trabajadores confinados en ciudades fantasma sosten�an el programa Fortress, que destin� 3.700 millones de d�lares a dise�ar y construir el Silverplate, un avi�n concebido para una �nica misi�n: transportar a Little boy, el arma m�s peligrosa jam�s creada. "La mayor�a desconoc�a que trabajaba en la fabricaci�n de una bomba nuclear; cre�a formar parte de un proyecto secreto. Ah� aparece el dilema moral. Cuando se lanz� la bomba sobre Jap�n, Alemania ya se hab�a rendido, pero la decisi�n era pol�ticamente imparable: el Gobierno hab�a gastado millones".Con seis islas conectadas por un entramado de puentes: Hiroshima no fue una elecci�n al azar. Aunque contaba con 350.000 habitantes, no era la ciudad m�s grande de Jap�n ni la sede del Gobierno, y hasta ese momento hab�a escapado de las hostilidades. Para la Casa Blanca, era el escenario ideal: un n�cleo urbano lo suficientemente amplio para medir el alcance de la bomba. En ese mapa, la forma en T del puente de Aioi se convirti� en la referencia que fij� el blanco."La incertidumbre rodeaba la operaci�n; no hab�a certeza de que la bomba fuera a detonar. De hecho, se termin� de ensamblar en pleno vuelo, apenas una hora despu�s del despegue. Desde esa l�gica, Nagasaki podr�a tipificarse como un crimen de guerra: al lanzar la carga de plutonio tres d�as despu�s de la primera de uranio, ya exist�a un precedente claro de su alcance devastador"."Es un hombre que la historia ha olvidado. Si uno busca su nombre en Google, encontrar� alg�n escueto dato biogr�fico". Un hallazgo fortuito llev� a MacGregor hasta Senkichi Awaya. "Le� su historia en una revista cristiana publicada por el 70� aniversario de Hiroshima. Solo el 5% de la poblaci�n all� es cristiana. Su hija sobrevivi� al ataque y, en una entrevista, afirm�: 'Mi padre era el hombre al mando'".Tras cinco meses de b�squeda, MacGregor encontr� una copia de las memorias de Awaya en la Biblioteca Nacional de Tokio. A trav�s de su voz, el investigador narra la evoluci�n del Imperio hasta su rendici�n el 15 de agosto de 1945. Con Awaya —alcalde desde febrero de 1943—, el historiador presenta "un personaje fascinante que escapa a cualquier estereotipo japon�s".La obra explora, adem�s, las contradicciones �ticas de las tropas norteamericanas. Mientras el general Haywood Hansell fue destituido por condenar los ataques contra la poblaci�n civil y calificar de "inhuma y cruel" la estrategia de Washington, el presidente Harry Truman no titube� al ordenar la ofensiva que dej� 80.000 muertos. Convencido de haber tomado la decisi�n correcta, el mandatario sostuvo su postura hasta el final. Falleci� en 1972 sin el menor atisbo de remordimiento ni intenci�n de pedir perd�n.El papel de los mediosColaborador de revistas como The Spectador y BBC History, Ian MacGregor no solo analiza las secuelas del conflicto, sino que denuncia el papel de los medios de comunicaci�n que actuaron como aliados del poder. Seg�n el autor, la prensa, la radio e incluso la televisi�n presentaron la bomba at�mica como una evoluci�n natural de la dinamita para ocultar la realidad: piel derretida, pulmones abrasados y cuerpos desfigurados por la radiaci�n.�El envenenamiento por radiaci�n es una forma muy agradable de morir�, asever� ante el Senado el general Groves. Aquella mentira se desvaneci� con Hiroshima, el reportaje que John Hersey public� en The New Yorker en 1946. El relato oblig� a la poblaci�n no solo a desconfiar del Estado, sino a empatizar con quienes, apenas un a�o antes, hab�an sido sus enemigos. "La cr�nica tuvo el mismo efecto que una bomba at�mica en la opini�n p�blica; de la noche a la ma�ana, la energ�a nuclear pas� de ser una promesa de progreso a una amenaza para la humanidad"."Aprender y desarrollar esta tecnolog�a es cada vez m�s r�pido y barato", advierte el autor. Frente a los conflictos que atraviesan el mundo -como el que enfrenta ahora a EEUU e Israel con Ir�n-, plantea una tesis inc�moda: "Corea del Norte tiene energ�a nuclear y nadie la amenaza. No simpatizo con Ir�n, pero si un sistema opresivo busca asegurar su supervivencia, asume que necesita armas nucleares".Los cient�ficos pronosticaban que Hiroshima tardar�a setenta y cinco a�os en volver a la vida. Bastaron trece. MacGregor reh�ye los juicios y no se posiciona en ning�n bando de la historia: "Yo le doy los hechos al lector y �l decide: tanto Los Aliados como Las potencias del eje estaban dispuestos a utilizar cualquier arma".
La deuda pendiente de Jap�n con los supervivientes de Hiroshima: "El Gobierno no los reconoce como v�ctimas de guerra"
En Jap�n, la tragedia y el estigma se funden en una sola palabra: hibakusha, que significa persona bombardeada. "El Gobierno no reconoce a los supervivientes como v�ctimas...






