La memoria visual de los primeros —y hasta ahora únicos— ataques nucleares contra civiles, en Hiroshima y Nagasaki, hace ahora justo 80 años, perdura gracias a fotografías tomadas por japoneses justo después de las explosiones y que durante décadas estuvieron censuradas por las fuerzas de ocupación estadounidenses.

El control estadounidense, cuyo objetivo inicial fue ocultar las consecuencias hasta entonces desconocidas de la radiactividad en el cuerpo humano y en estructuras urbanas de mediano tamaño, limitó la circulación de fotografías, películas e investigaciones médicas relacionadas con los efectos. Al mismo tiempo, potenció el poder icónico de las nubes en forma de hongo que emanaron de las detonaciones y que fueron fotografiadas por las tropas del ejército ganador.

De esta forma, como recuerda Luly van der Does, profesora de la Universidad de Hiroshima, la percepción de la bomba en Occidente y en Japón se centró en los “hongos” y se estableció una división entre “arriba y abajo de la nube”. Es la forma en la que se transmite en muchos textos escolares del resto del mundo porque, anota la profesora, “no es agradable ver a personas que murieron quemadas”.

Los fotógrafos y cineastas japoneses que captaron imágenes de Hiroshima y Nagasaki poco después de las bombas conservaron ocultos sus materiales durante décadas. Uno de los primeros en dar a conocer su material fue Yoshito Matsushige, fotógrafo del Chugoku Shimbun, un diario de Hiroshima al que se le había asignado trabajar con el ejército durante la guerra y que, tras salvarse de la explosión por estar lejos del hipocentro, tomó cinco fotografías que pasaron a la historia. Dos de ellas decoran hoy una de las orillas del puente Miyuki sobre el río Ota de Hiroshima, donde fueron tomadas unas tres horas después de que el bombardero B-29 Enola Gay dejara caer sobre la ciudad la bomba atómica, con una potencia de 16 kilotones.