Hemos pasado a hablar de nuestras casas (de las que no tenemos, de las que no podemos pagar, de las que nos echan) a hablar de la casita de Bad Bunny, que es un decorado y un símbolo en mutación. Todo tiene sentido conceptual en la instalación de una típica casita puertorriqueña en mitad del estadio en el que tenga lugar el concierto: Benito invita a la fiesta familiar que se abre a esa familia extendida que son los amigos, los vecinos y los que se cuelan pero ya los quieres, los balcones están ahí para eso. El cantante se traslada del escenario principal a la casita a la vez que el show transita hacia las canciones más sexuales y personales.
Decimos que tener vivienda es un privilegio, y entrar en la casita también lo es. Caben unas 30 personas dentro y es el lugar más codiciado para los asistentes. Bad Bunny invita a celebridades y algunas personas que entran en la categoría de, digamos, normales. La fiesta se desparrama.
Todo tiene tanto sentido conceptual que a la casita le salen grietas simbólicas. Ponte en el lugar de quien ha pagado 150 euros y la casita le tapa la visión del escenario, pero puede pasarse la noche viendo a personas bellas e inalcanzable bailando a sus anchas, bebiendo en la barra que se ha instalado dentro o sentadas en el sofacito.








