La fiesta había empezado ya en el metro de Madrid, en un vagón abarrotado en el que Juan, colombiano, entró con un potente altavoz del que sonaba Me porto bonito. A su alrededor empezaron a bailar quienes iban al concierto de Bad Bunny, muchos con banderas puertorriqueñas, aunque no todos eran boricuas porque "Benito nos representa a todos", dijo una venezolana.
Al bajar del metro en la estación Estadio Metropolitano, las pavas —sombrero puertorriqueño— y las magas —flor endémica de ese país caribeño— prendidas en el pelo siguieron al dueño del altavoz, porque para eso estaban todos allí: para bailar y sentirse miembros de una comunidad latina orgullosa de sus raíces y hermanada con Europa.
"¡Qué gran orgullo!", expresó emocionada Gabriela, ya dentro del concierto, mientras Bad Bunny cantaba Nuevayol con los vientos de la orquesta Los Sobrinos y los bailarines entregados sobre el escenario.
Gabriela es una puertorriqueña que vive en Texas y viajó hasta Madrid para ver actuar al más famoso de sus compatriotas porque la gira Debí tirar más fotos no pasa por Estados Unidos.
"No me quejo de que no haya pasado por mi ciudad —comenta—. Me parece bien; es una forma de protesta por lo que está pasando con la persecución de los inmigrantes. Además, ha estado muchos días actuando en Puerto Rico, así que los estadounidenses que han querido verlo han podido ir allí y gastar su dinero en mi país".














