Un mito organizador Tenemos que salir del ámbito de la razón para explicarnos el mito del Estado de derecho y la manera como nos organiza -o desorganiza-. Cómo es que seguimos relatando la promesa que no llega. Cómo siembra la llamada clase política un ofrecimiento que todos los días traiciona. Debemos irnos a otro lugar para entender el rol de este mito. Y en el viaje para tratar de descifrar esto, probablemente tenemos que mirarnos en nuestra inquebrantable resignación.Las preguntas de fondo para mí no son en qué creemos, sino por qué creemos en algo y para qué. Me refiero a cualquier creencia, pero en este caso, qué necesidades profundas atiende este mito en particular. Cómo así que, a la vez que lo formalizamos, ritualizamos, celebramos y adoramos cotidianamente, en la misma medida nos reímos de él. “Nadie por encima de la ley”, aplausos sonados y risas contenidas.Mientras asistimos a la ceremonia infinita donde el Estado de derecho es el relato cohesionador en las formas, a la vez, tan solo saliendo al pasillo, ya nos estamos riendo del relato. Tan poderoso es, que nos sirve para configurar una imagen del bien y del mal, o cuando menos para organizar una idea aparentemente común de lo que, se supone, aceptamos y lo que no. El desdoblamiento es al mismo tiempo fascinante y profundamente destructivo. Fascinante en su complejidad porque hace posible una competencia informal y sofisticada por el acceso a beneficios, de modo que gana quien sabe manipular mejor la norma. Y destructivo exactamente por lo mismo: las pérdidas son infinitamente mayores que las ganancias, si de la distribución de recursos hablamos. Visto así, cabe decir que el Estado de derecho es de quien sabe usarlo.Un mito fundacionalEste mito es estrictamente fundacional, sin él no se habría configurado históricamente la supuesta legalidad y legitimidad del poder público. El mito del Estado de derecho es el espejo del mito del Estado mismo, si de mecanismo superior de regulación y contención de las conductas hablamos. Y este es el punto central, el mito es en realidad un subterfugio para gestionar con la mayor estabilidad posible las brutales desigualdades, a su vez construidas en la competencia por los recursos, justamente aprovechando la ineficacia del principio de igualdad ante la ley.Si desnudáramos el letrero que está detrás de “nadie por encima de la ley”, aparecería otra frase: “todo el que pueda, por encima de la ley”. Solo que en la competencia sin reglas y sin cuartel, al final del día, muy pocos pueden, en especial en lo que hace a la depredación de los recursos públicos.Un mito funcionalTodo esto “escapa a la razón” porque, se supone, nadie razonablemente cree en aquello que una y mil veces le miente. ¿O sí? Aquí juega algo así como la receta secreta de la casa, es decir, el uso del discurso formal del derecho en función de la oportunidad de quien puede imponerlo. El relato según el cual “nadie por encima de la ley” es una operación discursiva precisamente para hacer lo contrario. Las fiscalías son paradigma en este sentido: quien puede, usa a la fiscalía en turno para, a nombre del Estado de derecho, repetirnos que “se investigará hasta las últimas consecuencias”, solo para que cada septiembre el INEGI, ya por más de una década, nos recuerde que la impunidad está perfectamente equilibrada en casi números absolutos, lo mismo que la cifra oscura.Por eso, un color político o el otro, un gobierno o el otro, cada vez que pueden abusan para perseguir al adversario, no porque creen en el imperio de la ley, sino precisamente porque saben que esta puede amasarse como hacíamos con la plastilina en primaria. Nos dejan entonces en algo que yo percibo como una suerte de cascarón formal que se llena de un tejido informal de disputa sin tregua por recursos, incluyendo y fundiendo, en el Estado mismo, la influencia de los poderes criminales. Un mito operacionalizado: la impunidadUna parte esencial en la mecánica operacional del mito recae en la impunidad; esta organiza la interacción entre los poderes públicos y privados, formales e informales, legales y criminales. La impunidad es la llave de la negociación. El sistema político no sabe operar de otra manera; parar la impunidad colapsaría los acuerdos, rompería las lealtades y las redes históricas de complicidad, abriendo un conflicto en el que nadie puede anticipar quién caerá. Por eso no baja la impunidad, porque en el cálculo de incentivos más elemental, activar el sistema de consecuencias es de alto riesgo, si se queda abajo en los ciclos de poder; en cambio, hacer parte de la red de ventajas en un sistema jurídico maleable abre oportunidades incalculables, cuando se está arriba en esos ciclos. La impunidad es la llave de la puerta que dice, como en la pirinola, “toma todo”.¿La actual persecución penal de Trump contra líderes criminales en México, incluyendo actores políticos de la más alta jerarquía en activo, cambiará este “equilibrio de alta criminalidad”? Puede ser, pero ese país tiene su propia gestión de la impunidad y está por verse hasta dónde llegará la radicalización en curso de ambos países. Los golpes de Trump pueden tener la fuerza para colapsar el arreglo si empuja incontables fracturas provocadas por traiciones en las redes de macrocriminalidad.Otra cosa es la intención última de Trump, quien en marzo pasado organizó en Florida, Estados Unidos, una reunión con jefes de Estado para supuestamente construir un escudo hemisférico contra la delincuencia organizada y el narcotráfico, pero sin invitar a México, Brasil, Colombia, Venezuela, Cuba, Nicaragua y Chile. Un escudo ideológico, más bien parece.No creo que haya alguien que pueda anticipar lo que sigue en la relación bilateral, lo que sí sabemos es que de este lado ninguna fuerza política representa en este momento una opción creíble que pudiera recoger el embate del norte para, auténticamente, empeñar su capital a favor del Estado de derecho. Puede en consecuencia venir un quiebre en cascada en el tejido de poderes cómplices, lo que no hay es la resiliencia para capitalizarlo a favor del Estado de derecho, como bien lo enseña el Índice Global de Delincuencia Organizada 2025 de Global Initiative Against Transnational Organized Crime - GI-TOC.¿Y la resignación?Una sociedad que tolera la promesa del Estado de derecho que a diario es traicionada puede merecer muchos calificativos. Pienso en el “aprendizaje de la resignación” y quizá este tiene que ver con que “creemos en un Estado de derecho disfuncional porque nuestro cerebro prioriza la seguridad, el orden mental y la aceptación social por encima de los datos de la realidad”. Esto es, creer en este caso sería parte de nuestros mecanismos de sobrevivencia para construir una imagen de certidumbre, ante una experiencia masiva de incertidumbre asociada al desamparo ante las violencias y la delincuencia impunes. Pero en clave histórica, regresando al mito fundacional, quizá nuestros rituales siempre han funcionado mejor que nuestras prácticas relacionales, si de buscar formas de cohesión se trata. No por otra cosa, el relato del Estado de derecho acompaña la retórica diseñada para conectarnos con la pertenencia a una patria, de modo que, supuestamente, eso que llaman las luchas que nos dieron patria incluye sagas heroicas donde, según la historia oficial, se luchó por instaurar el gobierno de las leyes que ahora nos rige. Todo esto funcionando como un manto identitario cuya eficacia no está en su base empírica sino en su potencia emotiva.La pinza ha sido, en todo caso, hasta hoy, perfecta: la impunidad “de arriba” es la resignación “de abajo”.