04/06/2026 07:18 Actualizado a 04/06/2026 07:24 He leído la encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV. Tengo que decir que lo he hecho con rapidez porque el título me ha recordado la convicción que me inspiró a escribir mi último libro, La segona revolució digital: una nova era per a la humanitat; es decir, mi convicción de que la IA acelera la necesidad de poner a la persona en el centro, cuidando de la gobernanza de las tecnologías emergentes, de la potencial desigualdad derivada de la concentración del poder digital y de la defensa de un progreso orientado al bien común.Una convicción fundamentada en el hecho de que la irrupción de la inteligencia artificial representa la transformación más profunda que ha experimentado la humanidad desde la revolución industrial. Su capacidad para automatizar procesos, generar conocimiento, tomar decisiones e influir sobre los comportamientos individuales y colectivos está alterando los fundamentos económicos, sociales y culturales sobre los cuales hemos construido la sociedad actual.En este contexto, la encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV aporta una reflexión especialmente relevante porque sitúa el debate allí donde realmente tendría que estar: no en las capacidades de las máquinas, sino en la dignidad de las personas.El papa León XIV firma su primera encíclica, Magnifica Humanitas, en el VaticanoAFPUna reflexión, la del papa León XIV, necesaria, dado que durante las últimas décadas hemos contemplado como el desarrollo tecnológico se ha convertido en el principal motor de transformación del mundo. La digitalización, la automatización, la robotización cognitiva, la computación y, en los últimos años, la inteligencia artificial generativa han multiplicado exponencialmente la capacidad humana de producir, analizar y gestionar información. Los beneficios potenciales son extraordinarios: avances médicos, optimización energética, mejora de los sistemas educativos, aumento de la productividad y nuevas oportunidades de desarrollo.Unos grandes avances que, al mismo tiempo, tienen una doble naturaleza: pueden ser instrumentos de liberación o de dominación. Pueden contribuir al progreso colectivo o ampliar las desigualdades existentes. Pueden reforzar la libertad o favorecer nuevas formas de dependencia.Es precisamente esta ambivalencia la que la encíclica de León XIV aborda con lucidez y que nos aporta elementos claros de reflexión. En especial, los relativos a la visión tecnocrática según la cual, cualquier problema humano puede ser resuelto mediante más tecnología. Esta idea, ampliamente extendida en algunos sectores, presupone que la complejidad de la persona es reducible a datos, algoritmos y patrones predictivos. Algo falso, dado que las personas somos mucho más que datos e información procesable. Somos creatividad, intuición, emoción, responsabilidad moral, capacidad de trascendencia y construcción de sentido. Confundir inteligencia con capacidad de cálculo constituye uno de los grandes errores conceptuales de nuestro tiempo.Sin duda, la IA puede ayudarnos a hacer el trabajo y tomar decisiones. Pero no puede, ni habría de, sustituir el juicio moral. Ciertamente genera respuestas, pero no puede asumir responsabilidades. Puede reproducir lenguajes humanos, pero no experimenta ni el sufrimiento ni la esperanza.Este hecho adquiere una importancia extraordinaria cuando observamos la concentración creciente del poder tecnológico. Algo mucho preocupando porque, por primera vez a la historia, una parte significativa de las infraestructuras digitales globales y ahora los nuevos sistemas de inteligencia artificial se encuentran bajo el control de un número muy reducido de organizaciones, las cuales tienen, además, los datos de miles de millones de personas.Así pues, la cuestión ya no es solo qué puede hacer la tecnología, sino quién la controla y quiénes son los propietarios de los algoritmos de la IA.Esta realidad plantea desafíos que afectan directamente a la esencia humana, la libertad personal y colectiva, la calidad de las democracias, la protección de los derechos fundamentales y la distribución de la riqueza.Otro aspecto en que hace hincapié la encíclica es un aspecto que no se puede ignorar: el futuro del trabajo. Dado que la IA modifica la propia naturaleza del trabajo humano, algunas profesiones desaparecerán, muchas se transformarán profundamente y surgirán de nuevas. Una transformación del trabajo futuro que abre la puerta a la potencial desvalorización de la contribución humana.La carta Magnifica Humanitas nos recuerda que el futuro no está determinado exclusivamente por la tecnología, sino también por los valores que la inspiran y por las decisiones colectivas. Son estas las que posibilitan que el futuro sea menos desigual y más humano. Por eso, la transición hacia una economía intensiva en inteligencia artificial tendrá que ir acompañada de políticas educativas, laborales y sociales capaces de preservar la cohesión social y garantizar que los beneficios de la innovación lleguen al conjunto de la ciudadanía sin exclusiones.Creo que es altamente recomendable la lectura pausada y reflexiva de la encíclica, una mirada al futuro desde la realidad del presente; un documento que nos recuerda que el progreso real es aquel que articula sociedades cada vez más humanas.Y aquí hay una pregunta que me da vueltas a la mente con más fuerza después de leer la encíclica: “¿Qué humanidad queremos construir con la inteligencia artificial?”