Hay escritores que parecen escribir siempre el mismo libro, como si cada nuevo intento fuera un paso más hacia esa obra maestra que (casi) todo autor aspira a escribir. O, más bien, como si su relación con la literatura fuera inseparable de una determinada materia, de un universo literario que condensa las obsesiones de su creador, y que suele tener sus raíces en la memoria de quien escribe. En el fondo, la obra maestra no es tanto un título en particular como el conjunto que conforman todos sus trabajos, del primero al último. Porque cada uno se acerca al misterio desde un ángulo distinto: el escritor se convierte en una suerte de cineasta que, cámara en mano, se acerca y se aleja del objetivo, tantea, da vueltas, crea efectos visuales, corre, va despacio, se marea.
El objetivo siempre es el mismo, y quien lo graba también; lo único que cambia es la perspectiva, que juega con la luz y la sombra, reflejo de la inexactitud de esa memoria-fuente de donde brota todo. El escritor teje diferentes relatos que dialogan entre ellos, que van encajando como piezas de un rompecabezas que conforma una imagen siempre incompleta de sí mismo. A ese tipo de autor, o se le ama o se le odia. Es comprensible: o cada nueva incursión en su obra es un regreso a un territorio, un lenguaje, que el lector percibe como propios, que ha hecho suyos; o bien son diferentes accesos a un laberinto del que no se halla la salida porque no entiende las indicaciones.











