En uno de mis viajes en coche a Asturias, en los que el trayecto acaba volviéndose automático, me desvío a las afueras de la ciudad de León para repostar. Es un paisaje reconocible: un aeropuerto levantado en tiempos de optimismo, gasolineras y naves industriales sin carácter. A lo lejos, un cartel anuncia mi llegada a una pequeña población: La Virgen del Camino. Un nombre apropiado para la parada de un viajero, pienso.Al llegar no me topo con una estación de servicio sino con un edificio que me obliga a detenerme. Una caja blanca, precisa, acompañada por un campanile tan alto y esbelto que desaparece en el cielo encapotado. Unas figuras de bronce alargadas y casi informes escoltan una fachada que descubre en su interior un espacio tan claro y bello que uno olvida estar en la periferia castellana. Sin saberlo, acabo de entrar en la ópera prima de un arquitecto que, a partir de ese momento, va a poner mi vida patas arriba: Francisco Coello de Portugal.La historia de este interesante personaje es difícil de simplificar. Coello no responde a ningún perfil evidente. Nacido en Jaén en el año 1926, procede de una familia acomodada. Educado, muy atractivo, con una presencia que quienes lo conocieron recuerdan como magnética, tenía, en términos de su tiempo, todo lo que se esperaba de un joven de su posición. Y, sin embargo, al terminar la carrera de Arquitectura lo deja todo para hacerse sacerdote. Su entorno no lo entiende. El arquitecto Javier Carvajal, amigo y compañero de promoción, recordaría años después el desconcierto que provocó su decisión: “Aquello nos cogió por sorpresa… Curro pasó a ser para siempre Fray Coello de Portugal”. Convencido de que la entrada en el seminario era el fin de su carrera como arquitecto, el joven novicio se sumió en una vida de contemplación y estudio. Pero la arquitectura no tardó en encontrarle de nuevo: al año de ingresar, el padre provincial le pidió ayuda en el diseño de un proyecto a las afueras de León: el conjunto de la Virgen del Camino.Este proyecto, inaugurado en 1958, no solo fue su primera obra, sino una de las más aclamadas por su capacidad de aunar una arquitectura exquisita con colaboraciones artísticas del más alto nivel: aquellas estiradas esculturas de bronce en la fachada son obra de Josep María Subirachs, autor de otras esculturas en otra fachada estelar, la de la Sagrada Familia. En aquel momento comenzó una carrera tan atípica como extensa. Porque Coello de Portugal construyó mucho. Muchísimo. Si algo lo define no es solo la singularidad de su biografía, sino la dimensión de su obra —la gran mayoría todavía en perfecto estado de conservación—, desde la Iglesia de Nuestra Señora del Valle en la sierra madrileña hasta el colegio de Nuestra Señora de la Paz en Torrelavega, por mencionar solo algunos de sus ejemplos más notables de los años sesenta. Pero el trabajo de Coello de Portugal no se limitó a nuestras fronteras: levantó la Catedral de Taipéi en Taiwán, construyó en Angola una interesantísima parroquia realizada con farolas recicladas y desarrolló proyectos en países como Venezuela o Corea, desplegando una arquitectura capaz de adaptarse con naturalidad a contextos sociales, económicos y culturales completamente distintos. Estamos, sin lugar a dudas, ante el arquitecto más prolífico e internacional de nuestra historia reciente.Durante las siguientes décadas desarrolló una arquitectura que, lejos de ser neutra, era profundamente innovadora: un renovado equilibrio entre construcción humilde, forma y uso. “Creo que soy un arquitecto intuitivo… al ver las necesidades que se me piden me imagino y casi veo realizada la solución más acertada”, explicó en una conferencia en su madurez. La enorme cantidad de encargos a los que hizo frente le llevó a desarrollar una obra basada en estrategias que repetía con acierto en los más diversos lugares: complejas cubiertas alabeadas de hormigón resolvían a menudo las iglesias o espacios de oración, mientras que radicales edificios racionalistas encajaban las aulas, habitaciones o despachos. Bilbo García-Conde, arquitecto y sobrinonieto de Fray Coello, recuerda que esa manera de trabajar tenía también una base muy práctica. “Tenía sus fórmulas y le funcionaban”, dice. Era una arquitectura inequívocamente bella, pero sobre todo con un alto grado de responsabilidad: la de ser útil a las personas, algo que García-Conde aprendió durante los años que trabajó junto al dominico.En un momento como el actual, en el que políticos y asociaciones juveniles hacen gala de un cristianismo más preocupado por la forma que por el contenido, puede extrañar que una arquitectura tan innovadora se realizase dentro de un marco religioso. Aquí es importante recordar la relación de la orden dominica con el arte y la arquitectura: desde Fra Angelico hasta el padre Couturier, que convenció a Le Corbusier para construir una de sus obras más importantes, la capilla de Ronchamp (1955). Pero sobre todo hay que destacar que el trabajo de Fray Coello de Portugal surge durante un momento clave para la modernización de la Iglesia católica, el Concilio Vaticano II (1962-65). Fue entonces cuando se comenzó a experimentar con nuevas tipologías arquitectónicas, a cuestionarse las plantas tradicionales y a incorporar artistas contemporáneos a los proyectos. Se redefinió, en definitiva, la relación entre liturgia y espacio. Pero Coello no fue el único que participó de estos aires de aperturismo. Figuras como García de Paredes, Fisac o de la Sota, por nombrar tres, sembraron España de parroquias de barrio y conventos tan espectaculares como cercanos, con materiales y sistemas constructivos atípicos para un espacio religioso: la piedra se sustituyó por el hormigón, la madera por el acero, y las realistas esculturas de cristos y santos por abstracciones plásticas que siguen resultando rompedoras. Organismos independientes como el Observatorio de Arquitectura Religiosa Contemporánea, dirigido por el arquitecto y escritor Esteban Fernández Cobián, promueven la difusión de la arquitectura sacra. Pero a pesar de la calidad y cantidad de su obra, el nombre de Francisco Coello de Portugal suena mucho menos en las aulas que el de muchos de sus coetáneos. Te puede ocurrir que hayas pasado frente a sus edificios sin saberlo, o que hayas asistido a clase en un colegio dibujado por él. Esa es la paradoja: una obra extensa y presente pero un autoría sumida casi en el anonimato. “Son mis obras las que hablan por mí”, repetía en las pocas entrevistas que concedía. Al fraile no le interesó cultivar su imagen pública, no se preocupó por difundir su trabajo y tampoco se molestó en construir un relato teórico sobre su obra. Nunca se dio importancia, hasta tal punto que cuando le propusieron ser miembro de la Real Academia de Doctores su respuesta al presidente fue tajante: “Juan, te equivocas de persona”. La arquitecta e investigadora Miriam Ruiz-Iñigo, autora de una tesis doctoral sobre su figura, añade: “Cuando se hacen exposiciones sobre arquitectura de los años sesenta, Fray Coello de Portugal siempre aparece, pero a nivel de investigación o de difusión general no está suficientemente explorado”. (Para solventar parte de esta afrenta histórica otro de los sobrinos nietos del arquitecto, el realizador Frodo García-Conde, prepara un documental sobre su figura por el centenario de su nacimiento).Hay una dimensión en el trabajo de Francisco Coello de Portugal que resulta especialmente relevante hoy, cuando la profesión vuelve a enfrentarse a la escasez de medios. Su arquitectura se desarrolló en la posguerra. Había necesidad, no eran tiempos para el gesto gratuito y menos para la espectacularidad vacía. Fernández Cobián, que es también autor de la monografía más completa sobre la obra del dominico, afirma en ella que “Coello solía incidir más en la buena construcción que en la forma. Mínimo esfuerzo para un máximo resultado, rapidez y contención expresiva: pero, sobre todo, economía extrema […]. Esa economía llevada al límite tiene un nombre: pobreza”. Sus edificios recuerdan que es posible hacer mucho con poco, que la calidad no depende necesariamente del presupuesto y que la atención al usuario debe ser el motor del proyecto. Quizá por eso su figura empieza, tímidamente, a reaparecer. Y plantea una pregunta incómoda: qué otros nombres, obras e historias estamos dejando fuera. “Solo defiendes lo que conoces”, incide Ruiz-Iñigo, señalando un problema que va más allá del dominico. La arquitectura de los años sesenta en adelante sigue siendo frágil, vulnerable y a menudo incomprendida. Demasiado vieja para resistir nuestra obsesión por la novedad, pero demasiado reciente para ser considerada patrimonio, lo que se traduce en falta de protección: prueba de ello es el derribo en el año 2022 del monasterio de Santa Inés en Zaragoza, inaugurado en 1964 y una de las obras más alabadas de Coello de Portugal.En ese contexto, volver a mirar a este arquitecto no es solo un ejercicio de justicia, sino una forma de replantear nuestras propias prioridades. Porque en su aparente contradicción —un dandi que se hace fraile, un fraile que se hace arquitecto, un arquitecto que se hace anónimo— hay algo que sigue resistiéndose a ser explicado del todo. Y quizá ahí reside, precisamente, su legado. Retrato cedido por la familia de Fray Coello de Portugal. Imágenes de obra: © Fundación Alejandro de La Sota y MITMA. Agradecimientos: Fray Antonio Praena, OP, y Dominicos España.
El dandi que se hizo fraile: la desconocida historia de uno de los arquitectos españoles más prolíficos del siglo XX
La huella de Fray Coello de Portugal sigue presente en medio mundo en forma de colegios, iglesias, residencias o conventos. Recuperamos su gran legado construido (aunque también derribado) en el centenario de su nacimiento













