Lejos de sus capitales, España guarda una colección de edificios inesperados. Lo que une a estos lugares no es un estilo, ni una época, ni siquiera una función común: es su capacidad de sorprender con su innovación y su papel transformador del territorio

La arquitectura de vanguardia no es solo patrimonio de las ciudades. Al recorrer la España rural, surgen edificios que no se esperan: no son iglesias románicas ni conventos barrocos, ni

es-que-dialogan-con-el-mar.html" data-link-track-dtm="">castillos en ruinas dominando el horizonte. A veces, es una cúpula blanca en medio de una ría industrial; otras, es una bodega escondida bajo tierra como queriendo desaparecer, un museo contemporáneo en medio de una dehesa extremeña o un hotel que dialoga con los olivos y la piedra seca.

Lejos de sus capitales, España guarda una colección de arquitecturas inesperadas. Lo que une a estos lugares no es un estilo, ni una época, ni siquiera una función común: es su capacidad de sorprender con su innovación y su papel transformador del territorio. Así, las bodegas de La Guardia reinterpretan la tradición; el museo de Malpartida de Cáceres convierte un edificio en desuso en un referente cultural; Avilés resignifica su pasado industrial; la comarca turolense de Matarraña ensaya nuevas formas de habitar el paisaje; los gigantescos silos agrícolas manchegos buscan nuevos usos; los centros de interpretación de la naturaleza sirven de laboratorio para construcciones sostenibles de vanguardia... En una España rural en la que no hay presión, los arquitectos pueden experimentar y reinterpretar tradiciones.