Alberto Núñez Feijóo no fue a Cataluña para sacar adelante una moción de censura. La prueba es el lamento de ciertos altavoces afines a Junts, afirmando que ni siquiera les dio oportunidad de explorar en qué términos sería. Feijóo fue al Cercle d’Economia a retratar a las derechas nacionalistas. Tanto a Junts como al PNV les convendría —y mucho— que hubiera pronto un gobierno de derechas en España, pero claro está, el coste de propiciarlo no es tan asumible para ellos.Cada vez es más notorio que Carles Puigdemont y los nacionalistas vascos acusan su pertenencia al bloque de Gobierno de Pedro Sánchez. No es solo por los escándalos de presunta corrupción. Se acabaron también aquellos tiempos en que el progresismo les daba buena imagen por sus políticas sobre derechos civiles o su ofensiva contra Vox. Las prioridades del votante de derecha nacionalista han empezado a cambiar. En el caso de Junts, se ve con la eclosión de Aliança Catalana —desacomplejadamente de derechas y antiinmigración— y, en el caso de los peneuvistas, todavía no ha surgido una “Alianza Vasca”, pero una facción del PNV es consciente de que ir con las izquierdas españolas envía parte de su voto a la abstención. No es un votante proclive a Bildu, ni quiere saber nada de Podemos o Sumar: cuando los peneuvistas se apeen del Ejecutivo de coalición tal vez recuperen ese nicho tradicional. Así pues, si la legislatura empezó unida por la cuestión territorial —la amnistía—, hoy se impone el eje de pertenencia a las “derechas”. Influyen las políticas de regularización de personas migrantes: paradójicamente, el electorado del PNV estaba en 2025 más preocupado por la inmigración que el de Santiago Abascal. También pesan ciertas políticas económicas de la izquierda: empresarios cercanos al PNV protestan a menudo contra las medidas de Yolanda Díaz. En el caso de Junts, además, no hay una espiral del silencio, sino un firme competidor: si la derecha estuviera en la Moncloa, quizás se mitigaría la pujanza de Sílvia Orriols.El problema es que Puigdemont sigue preso de su amnistía, y ello dificulta saber qué partido quiere ser de mayor. Lo sabe el exconseller Jaume Giró, quien intentó de forma fallida que el partido no priorizara tanto la cuestión independentista, sino reconstruir una formación de centro derecha liberal. Hasta hace dos días, Junts quería ser de centroizquierda: en 2020 apoyó el límite a los alquileres en el Parlament, a diferencia del hundido PDeCAT. Últimamente se ha opuesto a varias leyes en materia de vivienda del PSOE, pero ha sido por pura necesidad. La eclosión de Aliança Catalana demuestra que hay hambre de nacionalismo de derechas, vinculado a la cuestión nacional.En consecuencia, la visita de Feijóo a Cataluña también debe entenderse como una opa al votante de Junts. El líder gallego no es percibido tan hostilmente como otros dirigentes del PP, precisamente por su ascendencia regional. A ello se suma que el ciudadano de centroderecha tendrá que elegir en unas elecciones generales entre PP o Puigdemont, porque Sílvia Orriols no se presenta a esos comicios, y Vox no es su opción. Feijóo igual cree que puede recabar apoyos entre un votante descreído tras el fracaso del procés o preocupado por su bolsillo. Sin embargo, en ciertos altavoces del Madrid político no ha hecho gracia el viaje del presidente del PP a Cataluña. Se considera que solo ha servido para distraer la atención, mientras el Gobierno se anega entre los escándalos. Otros creen que el PP simplemente ha hecho un canto nostálgico a lo imposible. Quienes más desean que Sánchez caiga, curiosamente, ya solo esperan que la agonía del Ejecutivo se perpetúe hasta 2027. Siendo honestos, es probable que Feijóo no quiera una moción de censura por el momento. Su gesticulación va más dirigida a evitar que Vox capitalice la inacción de la oposición.El caso es que Feijóo marcó un punto de inflexión frente al empresariado catalán. Por vez primera, un líder del PP no fue a pedir su favor, sino a avisar de que llegará al poder con o sin ellos, enfriando incluso su apoyo a a la actual propuesta de nueva financiación. Asumió que puede ir de la mano de Vox. En el fondo, forma parte del relato creer que los allí presentes eran “empresarios de Junts”, sin más, cuando algunos abrazan el pragmatismo del PSC. En definitiva, el dardo envenenado de Feijóo a Puigdemont consistió en no insistir demasiado, y por ahora, en un acercamiento, a las puertas de las elecciones municipales de 2027, donde se espera que Junts sufra –y mucho– a manos de Sílvia Orriols, mientras siga Pedro Sánchez en el poder. No casualmente, cuanto más se consuman los puigdemontistas a manos de Aliança Catalana, más contundente será su giro hacia posiciones de derecha, o mayor su irrelevancia en un futuro Congreso de los Diputados. Aunque Jordi Turull envíe al PP a negociar en Waterloo, la realidad ya se ha abierto paso en el tablero nacional: una pulsión desacomplejadamente contraria a los relatos de la izquierda se hace notar en Cataluña y Euskadi, e incluye un refuerzo de la seguridad, bajadas de impuestos, y un discurso antiinmigración. Feijóo solo fue a Barcelona a azuzar esa contradicción.