En muchos aspectos, el mundo posterior a la pandemia ha sido como un calcetín al que se le ha dado la vuelta. En lo que atañe a la economía europea, el covid fue como un punto de inflexión en el que las economías del sur lo empezaron a hacer bien y las del norte mal. España y Portugal han ocupado los titulares con letras más grandes en este éxito económico con un crecimiento que ha permitido enterrar el denigrante fantasma de los PIGS (cerdos en inglés y acrónimo de los países mediterráneos señalados tras la Gran Crisis). En el siguiente escalón, Italia también ha tenido su cuota de noticias positivas con mención específica a un mercado laboral con datos históricamente buenos. Sin embargo, como pasa muchas veces, si hay luz también puede haber sombra.El relato es más o menos como sigue: durante la pandemia, el Ejecutivo italiano que entonces presidía Giuseppe Conte lanzó el programa Superbonus, un estímulo de más de 100.000 millones consistente en desgravaciones fiscales para la reforma de edificios que disparó las cifras del sector de la construcción y espoleó una economía que acumulaba más de dos décadas en planicie. El impulso económico de la medida, así como otros avances y la estabilidad del Gobierno de Giorgia Meloni tras décadas de convulsión política hicieron el resto. Los mercados premiaron esta estabilidad y el sospechoso de la deuda europea pasó a ser Francia. Los hitos siguieron llegando, con las agencias de rating mejorando la calificación crediticia de Italia y Roma logrando salir del procedimiento de déficit excesivo que abre Bruselas a partir del 3% del PIB.