Llevamos ya varios años, probablemente desde el 2020 de la pandemia del coronavirus, oyendo hablar de polarización y crispación política. Aspectos a veces incluso denunciados desde medios de comunicación que no predican con el ejemplo y que terminan siendo partícipes de un ruido y una alteración que permea cada vez de forma más peligrosa en la sociedad. De un tiempo a esta parte, la televisión se ha terminado de entregar a esta bronca dinámica, elevándose el tono hasta entre programas de televisión de diferentes cadenas, tal y como ha ocurrido varias veces en los últimos días entre RTVE y laSexta.

Y si toda esta agitación ya es reprochable a las emisoras privadas, que pese a este factor empresarial deberían de tener igualmente un gran sentido de la responsabilidad frente a la audiencia, en el caso de la televisión pública la exigencia en este sentido debería ser elevada a la máxima potencia. Dejando a un lado cualquier debate sobre su línea editorial, o sobre el ejercicio periodístico de sus espacios informativos, sorprende (y no para bien) ver a RTVE bajar a un barro del que debería vivir totalmente aislada.

Por supuesto que la televisión de todos y los profesionales que trabajan en ella tienen derecho a defenderse de ciertos ataques o de denunciar públicamente cualquier tipo de señalamiento o acoso que comprometa el libre ejercicio de la información. Sin embargo, convertir todo ello en un constante campo de batalla que nutra día tras día los contenidos de sus principales formatos, con el objetivo de generar más interés o atención entre la audiencia -y la tentación es obvia, viendo los buenos datos en los que se mueve RTVE- es una praxis a la que emisora no debería estar abonada.