La maestra no se habría estampado así contra el asfalto si el brazo armado de la ley no contuviese también el desprecio de una parte no pequeña de la sociedad hacia quienes se manifiestanMomento en que el policía empuja a la profesora que se manifestaba en Valencia el domingo, en una imagen difundida por CCOO.En el periodismo que me enseñaron, que un antidisturbios empujase a una señora y le rompiera la nariz no era noticia. Hacía falta mucha más sangre y brutalidad para ganarse un titular. En el periodismo que vivimos hoy solo es noticia porque la agresión fue grabada desde muchos ángulos y se hizo viral. El documento crea la noticia y la transforma en algo mucho más importante: ese policía a la carrera arrollando por la espalda a una mujer de 68 años es una metáfora.Habrá que dar las gracias al fornido y bravo agente por haber librado a la sociedad valenciana de la gravísima amenaza que suponía la presencia en la vía pública de una profesora jubilada. La subversión se ha cortado de raíz y los muy peligrosos docentes han sido metidos en cintura. Hoy saldré a la calle tranquilo, seguro de que ninguna profesora protestona me va a perturbar con un examen sorpresa sobre el pretérito imperfecto de subjuntivo o los logaritmos binarios.El empujón del agente no solo llevaba la inercia de su carrera ni la fuerza de sus músculos. La profesora no se habría estampado con tanta contundencia contra el asfalto si el brazo armado de la ley no contuviese también el desprecio que una parte no pequeña de la sociedad española siente hacia los profesores que se manifiestan. La mujer confundida y herida en el suelo representaba mejor que cualquier alegoría el estado calamitoso de una profesión sospechosa de privilegios y vapuleada por costumbre. Les sobran motivos para manifestarse en la calle. Lo extraño es que persistan, mañana tras mañana, taponando en las aulas las vías de agua de un sistema educativo hundido, sin recibir a cambio ni las gracias.Faltan profesores porque pocos profesionales cualificados quieren un trabajo cuya estabilidad y seguridad ya no compensan la fatiga, el desánimo, la sensación de impotencia y la hostilidad ambiental. Como sociedad, los hemos privado de recursos y de respeto, reduciendo su papel al de animadores de una educación que busca más divertir que enseñar, con unos padres (y estudiantes) esquizoides, que lo mismo se obsesionan con la hipercompetitividad predadora y quieren aprender mandarín desde los dos años, que reclaman contenidos bajos en calorías de conocimiento para no atragantarse de traumas. A la escuela se le pide excelencia y mediocridad a la vez, y a los profesores, que se comporten como fámulos dóciles. Pero sin llamarse fámulos, no sea que los alumnos deban buscar esa palabra en el diccionario, y los papás acusen a la profesora de elitista, y a la vuelta de la esquina la empujen y le quiebren la nariz contra el asfalto.Archivado EnOpiniónEspañaValenciaManifestacionesViolencia policialSociedadEducaciónProfesoradoPolítica educativaPolicía antidisturbiosProtestas sociales