NoticiaEn este rincón de la Amazonía, la apuesta indígena es por un turismo que revoluciona el espíritu.En el Putumayo, el atardecer es el momento mágico en el que el tiempo se detiene y solo queda el silencio profundo de la Amazonía. Foto: Colombia Exótica02.06.2026 17:36 Actualizado: 02.06.2026 17:36
La primera vez que Dijana vio a Nicolás Ordóñez no fue en persona, sino a través de una pantalla. Ella, una abogada macedonia experta en Derecho Internacional y Derechos Humanos, quedó hipnotizada por el documental Los niños perdidos de Netflix. Allí estaba Nicolás: un guardia indígena del pueblo murui, de Puerto Leguízamo (Putumayo), que, junto a otros 80 rastreadores y un comando del Ejército Nacional, lideró una misión casi imposible. Juntos rescataron a los cuatro hermanos Mucutuy, pequeños sobrevivientes de un accidente aéreo que resistieron, contra todo pronóstico, 40 días perdidos en la espesura selvática entre Caquetá y el Guaviare.En ese instante, algo se rompió en la rutina de Dijana. La selva colombiana dejó de ser un punto remoto en el mapa para convertirse en un destino inevitable.El idioma no fue un obstáculo para esta políglota que domina el inglés, el croata y el italiano. “Aprendí español viendo telenovelas latinoamericanas”, confiesa entre risas. Sus viajes por España y Cuba, además de su vida en Florencia (Italia), pulieron su acento; el resto se lo debe a la magia del Google Translator. Acostumbrada a los paisajes de Dalmacia y a las locaciones de Game of Thrones, cerca de su casa en Croacia, Dijana buscaba una aventura distinta. Contactó a Nicolás y en cuestión de semanas ya estaba aterrizando en Puerto Leguízamo, el ‘jardín exótico’ del Putumayo.Lo que encontró no fue un tour, sino una inmersión en el turismo consciente y regenerativo. De la mano de la agencia Colombia Exótica, que hace parte de la Organización Gobierno Mayor: Autoridades Tradicionales Indígenas de Colombia, se adentró en un territorio donde la naturaleza dicta las reglas. Es otra manera de vivir el Amazonas.“No se trata solo de viajar, sino de comprender otras formas de vida que nos enseñan a amar a la Madre Tierra a través del turismo indígena”, explica Claudia Morales, gerente de la agencia. Este no es un tour de fotos rápidas; es una inmersión diseñada para viajeros que persiguen un propósito: experiencias que les resetean el alma.Y Putumayo es el escenario perfecto porque allí late el pulso espiritual de la Amazonía; un territorio que, en rincones como Puerto Leguízamo, El Fin del Mundo, Mocoa, Villa Garzón, Puerto Asís, custodia una sabiduría ancestral que todavía está viva.Para Nicolás y los otros indígenas que en el 2023 se convirtieron en héroes nacionales, la diferencia de esta forma de turismo es abismal: “Una cosa es ver animales en un zoológico y otra es escucharlos en su hábitat. Aquí el viajero aprende a confiar en el entorno y en sí mismo”, apunta. “No es solo ver animales, es aprender a escuchar la selva, a sentirla, a respetarla”, prosigue.Nicolás, hoy, vive entre dos mundos que se alimentan entre sí: la sabiduría de los abuelos de su pueblo que le susurran “lo dulce de la vida” y el intercambio vibrante de quienes llegan de fuera. Compartir su legado murui —sus platos, sus rituales, sus plantas medicinales, su música, sus danzas— es una victoria compartida. Por un lado, “el turista recibe nuestra sabiduría ancestral que, de alguna manera, le replantea la vida, y nosotros, con lo que nos dejan, nos permiten generar ingresos para educar a nuestros niños y jóvenes y visibilizar el poder de la selva”.Puerto Leguízamo, Putumayo, permite silenciar el ruido del mundo para escuchar la propia voz. Foto:Colombia ExóticaUn viaje a la raíz La experiencia en Puerto Leguízamo, un santuario de la biodiversidad, es un festín para los sentidos. “Es ver el estallido de colores de los guacamayos cruzando el río, contemplar amaneceres y atardeceres memorables, avistar hermosas aves exóticas y delfines rosados y atestiguar cómo los niños acompañan a los abuelos en la recolección de frutos silvestres —relata Nicolás—. Es atreverse a internarse en las entrañas de la selva diurna y nocturna para entender los códigos de la caza y la protección de las especies”. En palabras de Claudia, es “sabiduría viva”.Tras un mes atravesando trochas, ríos y cascadas, Dijana aterrizó de vuelta en Bogotá con el alma llena y la mirada transformada. “Si este muchacho nació en la selva y la conoce así, ¿quién mejor que él para mostrármela?”, recuerda que pensó antes de internarse en la selva del Putumayo, una de las regiones más biodiversas de Colombia, en el extremo sur del país.¿Qué se lleva de vuelta a los Balcanes? La respuesta es tan breve como poderosa: calma. “La paz que encontré en la selva no la había experimentado jamás; es una conexión espiritual que no existe en el ruido de la ciudad”, relata conmovida. Lo más sorprendente para ella no solo fue su impactante biodiversidad, sino la calidez humana. “Tengo amistades de hace 30 años y, sin embargo, nunca me sentí tan a gusto como con la gente del Amazonas. Para mí, ellos ya son familia”.Dijana regresa a Croacia, pero una parte de ella se queda en el Putumayo, entre la medicina ancestral de los taitas y el susurro de la selva profunda. Y se va con la tarea de vivir con más tranquilidad y con una promesa que suena a decreto: “¡Ya quiero volver!”.Si quiere saber más:+57 310 730 2148 - +57 310 607 1059www.colombiaexotica.com Sigue toda la información de Vida en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.











