Más contenidoDe Huila a San Andrés y de Urabá a Casanare, el amor por el terruño se cultiva cada día y se respira en el ambiente.En el departamento del Guainía hay comunidades indígenas que se dedican a cuidar el territorio Foto: Juan Uribe16.07.2026 12:22 Actualizado: 16.07.2026 12:22

El río habla, la selva protege, las montañas observan en silencio y el mar abraza. En Colombia el paisaje siempre tiene una historia por contar porque aquí el entorno es mucho más que panoramas bonitos; aquí la fauna y la flora son testigos de relatos.Por eso, cada región tiene sus particularidades, de manera que las historias viajan de generación en generación para enriquecer las culturas de los pueblos. Es de esta manera como es posible comprender la relación existente entre las historias ancestrales, el territorio y los descendientes de aquellas gentes que las vivieron originalmente.En ese sentido, la diversidad biológica y la riqueza cultural colombianas son ingredientes que, al igual que en un plato cuidadosamente preparado, agregan sabor constantemente. La gastronomía y el cuidado de la naturaleza son, entonces, elementos que van de la mano cuando se trata de potenciar el atractivo de lugares que palpitan junto con las personas que los habitan; que fluyen y que invitan a experimentarlos en calma.Son sitios donde se anda sin prisa, donde el ritmo acelerado de las ciudades queda atrás para alcanzar una relajación profunda y reparadora. Así se siente recorrer la isla de San Andrés, en el Caribe colombiano.Sobre todo, cuando se visita Paradise Farm, frente al sector conocido como Cove, una ensenada en el costado occidental de la isla. Allí vive el maestro Job Saas, ícono de la música tradicional de la isla y fundador del grupo The Rebels en los años 80 del siglo XX. Él ha sido uno de los principales responsables de que la cultura de San Andrés haya ganado un espacio en el resto del país.Ahora, con su banda Job Saas & The Heartbeat, es el alma de Caribbean Nights, un espectáculo que cada viernes les brinda a los visitantes la posibilidad de bailar al son de ritmos alegres como el reggae, el calypso y el zouk. Y de hacerlo de manera que el territorio siempre esté presente, no solo en la música sino también en la comida.Este espacio les permite a las portadoras de tradición de la culinaria isleña dar a conocer entre los visitantes sus recetas ancestrales, las mismas con las que las familias de la isla se han alimentado por generaciones.Job Saas no solamente hace música en Paradise Farm, sino que también ejerce su oficio de agricultor. En su finca cultiva guanábanas, pomarrosas, June plums (ciruelas de junio), mangos, aguacates, marañones, caimitos, tamarindos, icacos y grosellas, entre otras frutas.La experiencia de Job Saas es apenas una de diez que se han identificado en la isla con el fin de exaltar la cultura raizal. Entre estas también figura la que ofrecen posadas nativas como Derma’s Inn, ubicada en el sector de La Loma, con vista hacia el manglar Old Point.En este lugar, los visitantes saborean el breadfruit (fruta del pan), que se come frito como patacón delgado, mientras se sumergen en la cultura local gracias a las conversaciones con quienes hacen parte de la familia raizal dueña de la posada.Otro ejemplo de gente que vive y siente su territorio se aprecia en el Urabá antioqueño, entre Necoclí y Turbo, en la vereda Caimán Nuevo, donde existe una comunidad en la que habitan 1.400 personas que pertenecen a la etnia tule (también conocida como kuna).En este lugar, en una casa con techo de palma y columnas de madera, las mujeres visten sus trajes tradicionales llenos de colores y se encargan de instruir a los visitantes sobre las molas, unas piezas artesanales con diseños plasmados en bolsos, blusas y otros objetos. Estas molas – que las mujeres tule tardan en elaborar entre 10 y 20 días, según su complejidad – sirven para darles protección a las personas.El maestro Job Saas guía a los turistas por Paradise Farm, en San Andrés. Foto:Juan UribeHablan los ancestrosEn el departamento del Guainía, hogar de los cerros de Mavicure, es protagonista la sabiduría de comunidades indígenas como los curripako, los piapoco y los cubeo, cuyos miembros trabajan la tejeduría y la cestería con fibra de moriche y la fibra de chiquichiqui; el tallado en balso y la cerámica, entre otras cosas.Entre tanto, en el occidente de Colombia, el departamento del Cauca es testigo de los esfuerzos que por generaciones han hecho artesanos que se han dedicado a perfeccionar oficios como la tejeduría con lana de oveja entre los indígenas misak, en el municipio de Silvia; la forja y el trabajo en piedra, en Popayán; y el tejido en seda, en Timbío.Un ejemplo de cómo se siente el territorio, de cómo se ama y se cuida lo que se conoce, lo da César Arredondo, director de Biodiverso Travel, una operadora turística en Guaviare que se desempeña en conservación, educación ambiental y trabajo comunitario. César se ha dedicado a divulgar las maravillas de su departamento y a proteger el medio ambiente de la deforestación.Ha querido mostrarles a Colombia y al mundo el departamento. Su meta ha sido usar el turismo para mejorar la calidad de vida de las comunidades, y en el camino se ha dado cuenta de cambios que se han producido entre los habitantes del Guaviare. “Cuando comencé no había este auge del turismo y de gente queriendo conservar. Muchas de esas personas que antes talaban y cazaban, ahora siembran árboles. Eso es muy bonito”, dice.La conservación es igualmente el enfoque que se percibe en Casanare, en el Hato La Aurora, una reserva privada de la sociedad civil que mide 17.000 hectáreas y ocupa partes de los municipios de Paz de Ariporo y Hato Corozal, en el oriente de Colombia.En La Aurora habitan, entre otras especies, jaguares, babillas y aves como la corocora. Se destacan por andar en manadas de 20 y más individuos los chigüiros, que descansan al borde del camino de herradura. Los roedores, que pueden medir un metro y medio y pesar más de 80 kilos, observan con indiferencia a los visitantes.Muchas veces la naturaleza y el entorno tienen que ser captados por una mente que los impulse hacia el futuro y que los haga, de cierto modo, inmortales. Es esto lo que ha hecho Cecilia Vargas Muñoz, ceramista nacida en Pitalito (Huila) que hace 50 años hizo su primera chiva, una artesanía que representa al bus tradicional que se emplea como transporte en los pueblos en Colombia y que sirve para llevar personas, gallinas y otros animales.En sus chivas se ven marranos y racimos de plátanos; y en sus pesebres se destacan elementos americanos: la virgen María tiene trenzas y un sombrero Suaza (típico del Huila), y al niño Dios lo cuidan una danta y una zarigüeya.Cecilia explica que a veces las cosas están tan cerca de nosotros que pasan inadvertidas. Su vida es una muestra de que incluso con una obra que surge de la inspiración y se crea con las manos también se siente el territorio. Sigue toda la información de Más Contenido en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.