Entre los años 2022 y 2023 publiqué varias columnas que, sin proponérmelo, giraban en torno a una misma inquietud. En enero de 2022, antes incluso de que ChatGPT se masificara, advertía en mi blog sobre los desafíos éticos y legales de la inteligencia artificial: la urgencia de poner límites que protegieran la seguridad, la privacidad de los datos, la equidad de los algoritmos y, en el fondo, los derechos de las personas. En marzo de 2023 señalaba que la IA avanzaba a exceso de velocidad, empujada por una guerra entre gigantes tecnológicos donde —sostenía— el dinero y el ego explicaban buena parte de la carrera. Y en abril del mismo año en El Universo me pregunté, abiertamente, si no estaríamos ante el fin de la humanidad.No traigo al presente aquellos textos para reclamar acierto alguno; eran, como tantos otros, los apuntes de un observador inquieto. Los menciono porque esa misma inquietud ha encontrado, tres años después, una voz mucho más profunda. El 25 de mayo de 2026, en el 135.º aniversario de la Rerum Novarum, el Papa León XIV firmó su primera encíclica, Magnifica Humanitas, dedicada por entero a la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial.Lo que entonces era un temor difuso —la velocidad, la singularidad que ya anticipaba von Neumann, y la carrera movida por el lucro—, el Pontífice lo transforma en discernimiento. Su tesis desarma toda ingenuidad: la técnica no es un mal en sí, pero tampoco es neutral, “porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza”. Aquella intuición que sostenía sobre el dinero y el ego reaparece aquí con otra profundidad: hoy los motores del desarrollo ya no son los Estados, sino actores privados, a menudo transnacionales, con más recursos que muchos gobiernos. En consecuencia, la pregunta deja de ser si estamos cerca del fin, para volverse otra, más exigente: ¿en qué manos está ese poder y hacia qué fines se orienta?León XIV lo plantea con dos imágenes bíblicas. De un lado, la torre de Babel: la pretensión de bastarse a sí misma, el lenguaje único —incluso digital— que reduce el misterio de la persona a datos y rendimientos. Del otro, la reconstrucción de los muros de Jerusalén que emprende Nehemías, no por la imposición de un solo hombre, sino mediante la responsabilidad compartida de todo un pueblo. La primera elección, dice, no es un “sí” o un “no” a la tecnología, al contrario, es un entre construir Babel o reconstruir Jerusalén.Ahí reside la diferencia esencial entre aquellas columnas de 2022-2023 y la encíclica. En ellas me detuve en la advertencia, y en 2022 apenas reclamé límites éticos y legales; León XIV en 2026 ofrece un camino y un fundamento. A cada uno, escribe, le corresponde su tramo de muralla: científicos, empresarios, trabajadores, educadores, legisladores. Aquellos límites que indicaba en esas columnas —transparencia, privacidad, equidad— reaparecen como criterios firmes: la dignidad de la persona, la atención a los más frágiles, la alfabetización digital, una investigación orientada a la justicia. El futuro, sugiere, no se nos impone como destino, más bien se nos confía como tarea.Conviene destacar que no es un texto tecnófobo: reconoce que la tecnología puede curar, conectar, educar y cuidar la casa común. Por eso no bendice entusiasmos ingenuos ni alimenta miedos estériles.Releo hoy mi pregunta de abril de 2023 —¿el fin de la humanidad?— y encuentro en la encíclica la mejor respuesta. No es el fin; es una encrucijada. El verdadero progreso, recuerda el Papa, nace de un corazón abierto al otro. La máquina podrá calcular la totalidad del mundo, sin embargo, jamás sustituirá esa magnífica humanidad que somos. Permanecer humanos: esa es, en el fondo, la única singularidad que por ningún motivo deberíamos perder. (O)