La situación es preocupante en cuanto a la convocatoria universitaria nacional. Universidades que por dos años seguidos no han logrado convocar a la carrera de literatura, universidades a punto de cerrar facultades de literatura recién inauguradas. ¿No interesa la literatura? ¿O son los enfoques los que se equivocan? Lo cierto es que la literatura sí que interesa al público lector y los libros no paran de producirse en cantidades cada vez mayores. ¿Dónde reside el error para las carreras de letras en las universidades ecuatorianas? No se puede resumir todo en un solo factor. Es una suma que parte desde tópicos seculares como la muletilla familiar que, al menor interés de sus hijos por la literatura, salta con la advertencia: “de eso no vas a poder vivir”. ¿Cuál es el resultado? Miles de personas con profesiones en las que apenas ganan algo, arrastrando una frustración de por vida. Ninguna carrera profesional garantiza el futuro, y menos aún le evitará la feroz desesperanza de ganar dinero pero sentir que la vida no ha sido propia sino cedida. Luego tenemos también la orientación educativa de escuelas y colegios en las que se considera a la literatura como la pequeña parte decorativa, cuando precisamente lo que ha demostrado el giro de la inteligencia artificial (IA) es que cada vez se buscan más profesionales de las humanidades que sí han desarrollado capacidades lectoras y que no han obtenido títulos a base de suplantaciones por resúmenes de IA. En la raíz del alejamiento de la literatura está el supuesto pragmatismo que convierte a esta en una especie de modelo de normativas gramaticales o sintácticas, sin calar en un esfuerzo de comprensión de lo que expresa. Esta instrumentalización de la literatura distorsiona la amplitud que ofrece y su capacidad de goce lector. A esto se suma la fragmentación o antologización de la literatura: apenas se leen fragmentos o resúmenes y no se desafía al joven lector a abarcar la complejidad que tiene un poemario, un libro de cuentos o una novela en su sentido compositivo mayor. Y quizá la experiencia que más acerca a los lectores es la experiencia misma de la escritura. Resulta inconcebible que la práctica de la escritura en los colegios ni siquiera se contemple más allá de puntuales trabajos de resúmenes de lectura y no el desarrollo de ensayos que permitan al alumno reconocer su propia percepción a partir de sus temas de interés, sumándole las herramientas que la literatura le puede proporcionar, no solo para aprovechar sus experiencias sino descubrir lo que puede añadir su propia imaginación.El abuso ideológico es otro de los factores que han alejado a las personas interesadas en la literatura. Validar únicamente obras con intenciones sociales, de defensa de minorías y otras reivindicaciones, a expensas de su calidad estética, como si la literatura solo tuviera valor en ese uso, es reducir su variedad inagotable. Las buenas intenciones políticas no engendran buena literatura; a menudo engendran panfletos. La crítica debe establecer que defender una causa justa es un acto cívico o sociológico valioso, pero si la estructura narrativa y verbal es débil, el lenguaje es predecible y los personajes son arquetipos planos de “víctima” y “opresor”, la obra fracasa literariamente. En este simplificado escenario combativo termina campeando un victimismo de medias verdades y manipulaciones en las que ya nadie cree, más allá de un círculo reducido de creyentes sin capacidad autocrítica. Los lectores y futuros estudiantes de literatura se agobian y cansan por ese direccionamiento que hace de la literatura una especie de contractura obsesiva. El enfoque ideológico activista exige que la literatura entregue un mensaje inequívoco y consolador para una facción. Esta lectura utilitaria destruye la naturaleza misma de la ficción. Cuando la academia impone lecturas donde el bien y el mal están delimitados por la política contemporánea, se aniquila la ambigüedad y la tragedia que sostienen a las grandes obras literarias de la humanidad. La verdadera literatura plantea preguntas incómodas, jamás entrega un manual de respuestas correctas. No se trata de perder rigor y tampoco de caer en esa peligrosa trampa del fomento a la lectura que, con el pretexto de animar el acto de leer, la infantiliza a niveles en los que precisamente el joven lector necesita recibir desafíos. El afán de reivindicaciones favorece la censura de textos que ya eran problemáticos en sí mismos, entregándolos distorsionados o simplemente eliminándolos de listas de lectura porque no cumplen u ofenden programas políticos. El rigor se puede lograr sin obstrucciones lingüísticas o lenguajes políticamente correctos que frenan más que facilitan el acceso lector. El moralismo del presente es la soberbia de juzgar y purgar obras fundamentales del pasado (o exigir que la literatura contemporánea se ajuste a ellas) utilizando exclusivamente los códigos éticos de las últimas décadas.Los campos laborales para quienes estudian literatura no solo se encuentran en la enseñanza, otra muletilla distorsionadora que malbarata este saber bajo el binomio de “pedagogía y literatura”. Además de la enseñanza, están el campo editorial, las prácticas interdisciplinarias con ramas de la comunicación y los formatos transmedia, el desarrollo de storytelling, la escritura creativa y las distintas líneas de la escritura terapéutica, y ese campo amplio y de gran alcance de la literatura infantil y juvenil. El desafío está en crear nuevas ramas, no esperar el cargo o puesto donde todo queda resuelto. Creatividad, en suma.La realidad de esta situación compleja se revela al corregir el mal rumbo en el ámbito de las maestrías y doctorados en literatura y escritura creativa. Es aquí donde saltan los fallos del sistema. Se trata de estudiantes que vienen con titulaciones de periodismo, publicidad, derecho, arquitectura, informática, psicología, o que han abandonado otras carreras y que quieren recuperar el tiempo perdido. Muchos de ellos lo hacen pero se perciben los desniveles y carencias, y solo con un gran esfuerzo, si realmente lo cumplen, suplen lo que no pudieron hacer, aunque les cuesta mucho más reconducirse laboralmente. Y, sin embargo, la literatura se sigue moviendo. (O)
Leonardo Valencia: La crisis de la enseñanza de la literatura en Ecuador | Columnistas | Opinión
La realidad de esta situación compleja se revela al corregir el mal rumbo en el ámbito de las maestrías y doctorados en literatura y escritura creativa.














