"Mire, no tengo nada en contra de Paloma Valencia, me parece una mujer honrada, pero no me genera emoción, y la política tiene que generarte emoción (...) yo soy el indicado para el momento que vive Colombia, y soy [a diferencia de Valencia] el que tiene el carácter para hacer lo que Colombia necesita que se haga". Así hablaba Abelardo de la Espriella un día antes del voto que sacudió Colombia patas arriba y abrió una nueva era en el país: no solo el candidato presidencial 'ultra' se impuso a la opción izquierdista heredera del actual presidente Gustavo Petro, sino que vapuleó a la opción uribista de derecha colombiana más clásica, Paloma Valencia, que se quedó con un testimonial 6% de los votos. Colombia entró este domingo de lleno en una nueva era política que dio sus primeros pasos en América Latina hace ya una década. La receta es sencilla: lo que hubiera de centro o de conservadurismo tradicional quedan fagocitadas por una derecha antisistema, antipolítica y anti establishment. Es un cuadro con origen en EEUU que ha acabado replicándose por toda la región, donde han desaparecido los Ronald Reagan y George Bush para transformarse en los Donald Trump y Javier Milei, que movilizan a través de la emocionalización de la política para diferenciarse de sus rivales políticos, incluida la derecha tradicional. Cada candidato tiene, por supuesto, sus diferencias: la receta de Nayib Bukele contra las bandas no se replica exactamente en Milei o el propio De la Espriella, por mucho que éste le copie la barba al salvadoreño. Y la motosierra de Milei en Argentina tampoco es análoga al poder evangélico que Jair Bolsonaro arengaba en Brasil. Pero todos cuentan con ese "je ne sais quoi" que los hace hijos-hermanos de este nuevo tiempo político que ya inauguró Trump en su primer mandato en el continente. Pese a que cada uno es su propia marca, el signo de los tiempos y el lenguaje les coloca en un saco parecido. "Utilizan una imaginería muy audaz, fácil de entender. Ni siquiera los llamaría realmente ideas concretas o compartidas. Y, por supuesto, apelan a una preocupación por la inseguridad y el crimen, sugiriendo, sin muchos detalles, que de alguna manera, simplemente siendo más contundentes o radicales, pondrán las cosas bajo control", hace el diagnóstico Will Freeman, analista para América Latina en el Council on Foreign Relations, en entrevista con El Confidencial. Serían colocados en contraposición a la derecha tradicional hija "del Consenso de Washington, de tipo neoliberal; que tal vez tienen su lado de 'mano dura', pero no es la característica principal que los define". Se ha visto claramente en el país cafetero. El expresidente Álvaro Uribe (2002 - 2010), todavía gurú de la derecha e indiscutible 'pope' a la hora de elegir a los candidatos de la derecha, el político con más seguidores del país, por encima del presidente izquierdista Gustavo Petro, apostó sorprendentemente por una candidatura que mirase al centro con Valencia. Sobre todo, con su compañero de fórmula, Juan Daniel Oviedo, abiertamente homosexual y que, tras la derrota, acusó a De la Espriella de protagonizar una campaña "sucia, machista y homofóbica (...) además de suponer irresponsabilidad a la hora de gobernar". Sus seguidores rechazaron de plano esa apuesta y optaron por darle el voto a Abelardo de la Espriella, una victoria especialmente sonada en un país donde el centro clásico encarnado en la derecha de Uribe o sus ligeras escisiones controla y ha controlado gran parte de los conglomerados mediáticos y empresariales y la política durante los últimos más de 20 años (con el pequeño paréntesis de Gustavo Petro). Eso no implicará nada parecido a un "cordón sanitario" para impedir el radicalismo de De la Espriella. Paloma Valencia ya ha pedido el voto para De la Espriella en la segunda vuelta para que Colombia "no caiga en las manos del comunismo ni el neocomunismo". El mensaje es claro en la región: nada de tibios, medias tintas, derecha woke o corrección política. Lo que se busca son mensajes claros, emocionales, directos e irreverentes que critiquen el orden liberal y multilateral de organizaciones como Naciones Unidas, algo que no pocos analistas definen como una forma iliberal de ver la realidad. Por lo menos en América Latina, en general, y se podría decir también que en EEUU, esos movimientos llegan después de haberse instaurado en todos esos países gobiernos más izquierdistas que los que había habido hasta entonces. La ola comenzó en Brasil con Jair Bolsonaro. En 2018, el expresidente brasileño ganó por sorpresa al candidato de Lula Da Silva, Fernando Haddad, haciendo gala de un discurso muy poco ajustado a los estándares de antaño, y que incluso hoy continuaría sorprendiendo. Solo gobernó cuatro años porque el centro derecha se unió a Lula en las elecciones de 2022, en una suerte de coalición autocalificada como pro democrática, y lograron una ajustada victoria. A los dos meses llegaría el asalto a las sedes de los tres poderes en Brasilia ante denuncias de fraude electoral, una crisis muy similar al asalto al capitolio de EEUU en 2021 y por el que Bolsonaro fue condenado a 27 meses de prisión por intento de Golpe de Estado. Eso no ha evitado que el bolsonarismo continúe dominando la escena política de la derecha en Brasil. El centro derecha sigue absolutamente fagocitado y fuera de juego, teniendo que decidir estos días si continúa apoyando a Lula. La otra opción es apoyar a Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente y principal rival del actual mandatario en las urnas de octubre. Buena parte del centro derecha brasileño se resiste a tomar esa decisión. Pero es que ni siquiera opciones de derecha dura, como el actual gobernador de São Paulo, Tarcísio de Freitas, se atreven a dar el paso de enfrentar a la carismática familia Bolsonaro. Agachan la cabeza y los apoyan porque en sus cábalas piensan que es un suicidio político enfrentarse a ese magnetismo. El estilo de Bukele, en El Salvador, es más sobrio, pero no así sus políticas. Se trata del presidente más popular de América Latina y, probablemente, de todo Occidente. Su estado de Excepción ha logrado reducir los asesinatos hasta niveles europeos mientras los críticos denuncian violaciones a los Derechos Humanos. En Argentina Javier Milei surgió tras dos décadas de protagonismo de los Kirchner, Néstor y Cristina, en la política doméstica. Esos gobiernos solo fueron interrumpidos por los cuatro años en el poder de Mauricio Macri, un derechista tradicional al uso. El macrismo continúa teniendo cierta influencia en Argentina, pero el mileísmo lo barre todo y a Macri no se le ha ocurrido desafiar frontalmente ese liderazgo ni en las horas más bajas del actual Gobierno, con varios casos de corrupción abiertos. Pocos creen, ahora mismo, que lo hará. El centro está roto en Argentina, no solo por la derecha sino también por el progresismo, porque la opción que está surgiendo con fuerza a la izquierda del peronismo, la de Myriam Bregman, es más dogmática ideológicamente que el kirchnerismo y considerablemente más antisistema. Similar proceso ha tenido lugar en Chile, aunque en el país andino el centro derecha continúa teniendo un papel importante en el Congreso y es la llave de la gobernabilidad. El presidente José Antonio Kast no tiene ese punto de irreverencia y en ocasiones histrionismo de Bolsonaro y de Milei, pero sus convicciones son también considerablemente más dogmáticas que las de la derecha tradicional. En Perú por ahora no ha tenido éxito a nivel nacional esa derecha y los votantes han seguido apoyando al fujimorismo que, aunque clásico, ya era duro de serie. En Ecuador, Guillermo Lasso perdió en 2023 las elecciones frente a Daniel Noboa, un candidato clarísimamente influenciado tanto por la receta Bukele contra la inseguridad (que intentó copiar, sin éxito, y demostró que no es panacea universal). En los últimos años, el parecido se ha ido acentuando, con Noboa acercándose cada vez más a las posiciones anti multilaterales de la actual Administración Trump. Las excepciones quizá sean Uruguay -donde no hay atisbo de esa derecha anti establishment y donde el centroderecha gobernó recientemente- Paraguay -donde el mismo partido derechista ha gobernado durante la práctica totalidad de los últimos 70 años- y Bolivia, donde ganó en 2025 el centro (ahora en problemas) de Rodrigo Paz contra el más tradicional derechista del país, el exmandatario Jorge "Tuto" Quiroga (2001 - 2002). Tampoco aparece esa nueva derecha por México, pero, si hay que guiarse por los precedentes, la previsión es que surgirá pronto y en el momento más inesperado. Reconfiguración de las alianzas internacionales Este nuevo mapa está reconfigurando también las relaciones exteriores del continente: es evidente el acercamiento a Donald Trump, pero también sus lazos con España. Esta nueva hornada coloca a Vox como su socio preferente, por encima del PP, desde Milei en Argentina a Kast en Chile. Vox ha ejercido como el "mentor" de los principales rostros de la "nueva derecha latinoamericana". Javier Milei lo recuerda públicamente cada cierto tiempo, y es vital el rol del think tank de referencia de Vox, la Fundación Disenso, en el desarrollo de esas alianzas, coordinación estratégica y difusión de ideas. ¿Significa eso que América Latina se ha hecho más derechista? Colombia demuestra que no necesariamente. A diferencia de Brasil, donde las encuestas del Latinobarómetro recogen un cambio real en los últimos 15 años hacia una mayor autoidentificación con la derecha en el espectro ideológico, no hay un cambio tan grande en Colombia. "[Las encuestas] reflejan algo real: que Brasil se ha convertido en un país más conservador con la expansión del evangelicalismo y el auge de la agroindustria, pero Colombia no ha experimentado un cambio ideológico tan grande ni a la derecha ni a la izquierda: creo que mucha gente es más antisistema, o anti establishment, de lo que solía ser", apunta Freeman. "Ese sentimiento anti establishment ha ido creciendo, especialmente en las dos últimas elecciones, y si la vez pasada fue Petro, esta vez resultó ser De la Espriella quien capitalizó ese sentimiento", sostiene. La clave es el mensaje de la seguridad, la emocionalización de la política, alejarse de la tibieza, las medias tintas, la derecha woke o la corrección política. Así, con excepción de Bolsonaro, muchos de estos candidatos abrazan ahora el molde de derecha tipo MAGA porque es el que los tiempos necesitan. "Tanto Bukele como Abelardo de la Espriella son llamativos porque se han reinventado muchas veces. Bukele era un izquierdista, era miembro del FMLN, y cambió lo que creía y decía creer tantas veces hasta que encontró el ajuste adecuado para el momento. De la Espriella es similar, muy camaleónico, o Noboa en Ecuador, del que no está claro que tuviera una posición fija en la mayoría de las cosas, siguió adaptándose hasta que ahora se ha asentado en un molde más de derecha tipo MAGA que le ha funcionado", añade Freeman. "Creo que, simplemente, no hay tantos votos de centro en Colombia. O simplemente, sus votantes no son tan ideológicos" "Creo que, simplemente, no hay tantos votos de centro en Colombia. O simplemente, sus votantes no son tan ideológicos", concluye. De hecho, volviendo a Colombia, por mucho que De la Espriella se haya impuesto en la primera vuelta de las presidenciales, necesitará de las fuerzas de Uribe para gobernar. El uribista Centro Democrático es la primera fuerza de la derecha en el Congreso y el Movimiento de Salvación Nacional de De la Espriella apenas cuenta con cuatro legisladores. El propio De la Espriella se ha definido como "más de Uribe" que la propia familia del exmandatario, y durante la campaña lo ha visitado e intentado cortejar su amistad. Lo veremos: si De la Espriella (con un 43,4% en la primera vuelta) se hace con los votos de Valencia (6,92%), superará ampliamente al izquierdista Iván Cepeda el próximo 21 de junio. Colombia empieza una nueva era, como ya han hecho sus vecinos.
Colombia no será la última: los 'showmen' ultra se comen lo que quedaba de la derecha clásica
Colombia entró así este domingo de lleno en una nueva era política. La receta es sencilla: lo que hubiera de centro o de conservadurismo tradicional quedan fagocitadas por una derecha antisistema, antipolítica y anti establishment
De la Espriella vence a Valencia (6%); Colombia replica patrón Trump/Milei donde derecha ultra desplaza conservadurismo tradicional. Gobiernos populistas generan volatilidad en data governance, compliance y policy; riesgo para inversión tech y nearshoring regional.












