Como ya es habitual allí donde se realizan elecciones libres, en Colombia volvieron a fallar las encuestas. Salvo una, ninguna predijo que el tecnopopulista y ultraderechista Abelardo de la Espriella le ganara la primera vuelta al oficialista Iván Cepeda, comunista nostálgico y político acartonado que rehúye los debates electorales. Tampoco previeron el desplome de la uribista Paloma Valencia, de una derecha más tradicional que De la Espriella.
Los dos primeros sacaron el 85% de los votos (43,7% uno y 40,9% el otro). Esto habla de la concentración del sufragio y de una población polarizada. El futuro próximo, en tres semanas será la segunda vuelta, es muy incierto. El desenlace dependerá de qué extremo sea más temido. Uno supone cuatro años más de petrismo en el poder; el otro, deriva militarista y desprecio a las instituciones. Se discutirá sobre el mal menor y la necesidad de frenar a quien tenga el potencial necesario para destruir el país.
El desenlace dependerá de cuál de los dos extremos sea más temidoLa gran paradoja de esta segunda vuelta, una nueva y distinta elección, es que los dos candidatos que se esforzaron en laminar al centro ahora lo necesitarán para ganar. No será fácil. Habrá que ver sus méritos para seducir a quienes no los votaron y la capacidad de movilización para llevar a las urnas a los abstencionistas. A la vista del récord de votación, no se antoja sencillo. De ahí la importancia de cómo se posicionen los candidatos más centrados, como Sergio Fajardo o Claudia López, o incluso Juan D. Oviedo, compañero de fórmula de Valencia, rechazado por los más extremistas y los evangélicos por su condición de homosexual.














