Dejamos en sus manos lo más preciado que tenemos. Los padres, cuando ya no recuerdan nuestro nombre, y los hijos, cuando aún no saben decir el suyo. Les confiamos vidas frágiles, rutinas íntimas, miedos, recuerdos, primeros pasos y últimos alientos. Y, aun así, nunca les dejaríamos el coche.PublicidadSi qiueres seguir leyendo este artículo en gallego, haz clic en este enlace.La comparación puede parecer excesiva, suena dura, incluso provocadora, pero revela con claridad nuestras prioridades. Basta con mirar a nuestro alrededor para entender lo que dice de nosotros como sociedad. El coche –símbolo de propiedad, de estatus y valor económico– exige un seguro, revisiones periódicas, garaje... Y para tener todo bien atado y no llevarnos disgustos, hacemos contratos rigurosos y pagamos. Pero el cuidado de la persona que cuida de nuestra familia, eso es otro cuento, sigue moviéndose en un terreno difuso, mal pagado, poco reconocido y, demasiadas veces, precarizado. Nos llegan con un simple "Se la ve buena gente y responsable" y un agradecimiento superficial, como si con eso ya le aseguráramos derechos y cubriéramos sus facturas. Como si quien sostiene la vida no mereciera las mismas condiciones que un cacharro que simplemente nos traslada de un sitio a otro. Vivimos en un mundo en el que la propiedad vale más que la vida.Hablamos mucho de cuidados, pero poco de poder: quién decide, quién paga, quién se aprovecha y beneficiaHablamos de cuidados cuando ya no queda otra, cuando la dependencia entra por la puerta. Entonces, miramos a las trabajadoras –casi siempre mujeres y mayoritariamente migrantes, ¡que casualidad!– para que asuman lo que no sabemos gestionar colectivamente. Les pedimos paciencia infinita, afecto y disponibilidad, pero pagamos mal, no ofrecemos protección y nos hacemos los ciegos cuando están rotas por el cansancio, o nos cuentan alguna de sus penas o los trabajos que pasan. Como si cuidar fuera un talento innato y no una labor bien dura, que requiere conocimientos y además es emocionalmente devastadora. Caemos en la trampa moral de exigirles una responsabilidad inmensa a cambio de precariedad, y por si fuera poco no siempre las tratamos con respeto. Y así funciona este sistema o más bien "el chiringuito de primer mundo" que hemos montado.Hay una contradicción brutal. Sabemos que cuidar requiere tiempo, formación, sensibilidad y responsabilidad. Sabemos que un error tiene consecuencias, pero cuando llegan fingimos sorpresa, como si fuera algo ajeno y no el resultado lógico de un sistema llevado al límite. Hablamos mucho de cuidados, pero poco de poder: quién decide, quién paga, quién se aprovecha y beneficia. Aceptamos que quien cuida de los nuestros viva en la inestabilidad, como si la confianza personal sustituyera los derechos laborales. Delegar el cuidado sin asumir las condiciones en las que se produce es una forma elegante de desentenderse. Queremos tranquilidad sin asumir responsabilidades.PublicidadSosteniendo vidas ajenasLa pregunta es tan incómoda que la evitamos: ¿Quién cuida a las que nos cuidan? ¿Quién se preocupa por su salud mental, por su descanso, por su futuro? ¿Quién garantiza que no se rompan mientras sostienen vidas ajenas? Un sistema que se basa en el agotamiento de otros no es sostenible, ni justo, ni humano. Lo más perverso es que esta realidad ya se ha normalizado. Quizás la pregunta no sea solo quién cuida a las que cuidan, sino qué valor le damos realmente a la vida cuando deja de ser productiva, o cuando aún no lo es. ¿Qué sociedad somos cuando protegemos mejor a los objetos que a las personas? ¿Cuándo aseguramos el coche antes que la dignidad de quien nos ayuda a vivir?Poner los cuidados en el centro es una obligación ética. Exige reconocimiento, regulación, salarios dignos y respeto. Implica entender que sin cuidados no hay futuro posible. Y sobre todo, dejar de mirar para otro lado mientras alguien (una mujer y migrante, siento recordarlo) sostiene a quienes no queremos ver caer. O asumimos que cuidar requiere derechos, tiempo y dinero, o estamos aceptando algo mucho más grave: que hay vidas que se consumen para que las nuestras sigan funcionando. Y una sociedad que acepta esto ya ha decidido que no todas las vidas valen el mismo.