Cuando llega el momento de atender a alguien cercano, además de los problemas económicos y de horarios fruto de un mundo acelerado, aparecen el agotamiento y las dudas sobre si se está haciendo lo correcto. El malestar y la culpa son respuestas naturales ante una situación difícil de abordar individualmente
Algo tan inevitable como la vejez aparece inesperadamente. Como si una de las pocas certezas con las que contamos, el envejecimiento de alguien muy cercano, resultase una sorpresa desagradable. Juana, de 47 años, se apuntó a crossfit poco después de descubrir que su madre ya no era capaz de valerse por sí misma. “Necesitaba hacer algo que me dejase la mente en blanco durante un rato, antes de ir a cuidarla”. Paula, de 42, está deseando ir a trabajar después de acompañar a su padre durante sus largas estancias hospitalarias. Y Miguel Ángel, de 63, lleva más de una década acudiendo a diario a una residencia a unos cincuenta kilómetros de su casa para visitar a su madre, que supera los 100 años. Bromea diciendo que cualquier día él también se quedará allí.
“Que la vejez no se nos revele como un acontecimiento vital evidente y natural dice mucho de nosotras como sociedad, y de la manera en que sigue siendo un tabú”, recuerda Júlia Peró, autora de Olor a hormiga, una novela sobre una anciana y su cuidadora, escrita tras la convivencia de la escritora con su abuela durante la adolescencia. Es casi un tópico: cuidar resulta cada vez más difícil de gestionar a nivel logístico porque en un mundo acelerado escasean el tiempo y los recursos. A principios de mayo, al autora Aixa de la Cruz escribía en una columna en EL PAÍS que muchas personas de su edad querrían abandonar sus empleos para dedicarse “a cuidar de cosas vivas y a estudiar lo necesario para sostenerlas”, pero también se ha complicado a nivel psicológico. Al fin y al cabo, todo parece empujarnos a invisibilizar también nuestro propio envejecimiento. “Poca gente quiere llegar ahí”, sostiene Peró. “Si somos honestas con nosotras mismas, el bótox, el control nutricional o el ejercicio físico pueden leerse también como intentos de retrasar lo inevitable. Además, cuando quienes nos rodean empiezan a envejecer, eso nos obliga a formularnos preguntas difíciles de responder: ‘¿Cómo me cuidarán cuando yo no pueda hacerlo?’, ‘¿quién lo hará?’, ‘¿estoy preparada para llegar a ese estado de vulnerabilidad?”.











