Hace alrededor de 1,5 millones de años un grupo de Homo erectus que vivía en la cueva de Wonderwerk (Sudáfrica) hizo un descubrimiento trascendental: se dieron cuenta de que el fuego, que se producía de forma natural por tormentas con rayos, se podía trasladar al interior de la cueva y allí ardía más tiempo. Al dejar una rama encendida sobre una capa de egagrópilas, las bolas de restos orgánicos que regurgitan las lechuzas que viven en la cueva, las llamas duraban mucho más.
Esta es una de las conclusiones de un trabajo que se publica este lunes en la revista PLoS ONE que aporta pruebas de que nuestros ancestros introdujeron de manera intencionada el fuego en el interior de la cueva, a unos 30 metros de la entrada. Los autores, un equipo internacional liderado por el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) y la Universidad de Toronto (Canadá), han utilizado una novedosa técnica no invasiva basada en luminiscencia que les permite identificar el efecto del fuego en los fósiles hace entre 1,07 y 1,79 millones de años, es decir, hasta 700.000 antes de lo que se tenía documentado. Esto les ha llevado a concluir que estas poblaciones de H. erectus ya utilizaban el fuego de manera oportunista y recurrente mucho antes de lo que se pensaba.










