La sociedad de consumo y el movimiento de crianza permisiva y/o respetuosa mal entendida naturalizan la propuesta de que evitemos a nuestros hijos el dolor y el sufrimiento desde muy chiquitos.

Al mismo tiempo, los adultos somos un permanente modelo de “atajos” con el objetivo de no sufrir (un vaso de vino para levantar mi ánimo si estoy bajoneada, un energizante para poder jugar al fútbol cuando el cuerpo me pide a gritos que no lo haga y descanse, un trago para entonarme antes de salir, etc.).

No nos conectamos con lo que nos pasa, evitamos justamente las señales que nos permitirían entender, procesar y fortalecernos para enfrentar los inevitables contratiempos de la vida.

Y también ayudamos a nuestros hijos a evitar conectarse con lo que sienten.

De este modo, no adquieren junto a nosotros los recursos para afrontar, transitar, procesar, resolver o tolerar esos incómodos estados.