Hace poco, mientras buscaba algunos regalos de cumpleaños en la sección infantil de una librería, me llamó la atención la cantidad de libros que sirven para algo: reconocer las emociones, entrenar la paciencia, fortalecer la autoestima o aprender a compartir. Para afrontar el divorcio de los padres, entender la muerte de los abuelos, detectar relaciones tóxicas o tolerar la frustración. A veces tengo la sensación de que, si busco lo suficiente, podría incluso encontrar algún cuento para aprender a leer cuentos. No es que cuestione la utilidad de estos títulos, pues muchos de ellos responden a necesidades reales de las familias; lo que me pregunto es en qué momento los libros dejaron de ser únicamente una invitación a dejar volar la imaginación para convertirse también en herramientas de autoayuda e intervención.

La pregunta me vino a la cabeza leyendo En la era de los niños cosa. Ensayos contra la crianza como emprendimiento, el conjunto de ensayos de Santiago Gerchunoff recientemente publicado por Lengua de Trapo-Círculo de Lectores. Me fascinó su lectura, a la vez que me provocó cierta incomodidad, porque no habla de padres negligentes ni de madres obsesivas: habla de nosotras y de nosotros, de una generación que ha hecho de la crianza una actividad cada vez más consciente, informada y exigente. Una generación que lee, se documenta, dialoga, consulta a expertos y se preocupa sinceramente por ofrecer a sus hijos la mejor vida posible. Quizá el libro resulta tan perturbador porque no cuestiona nuestras intenciones, sino nuestra mirada.