La ciudad italiana de Livorno ha decidido liderar un cambio en las normas de convivencia urbana. Bajo el impulso de su alcalde, Luca Salvetti, el ayuntamiento ha aprobado una ordenanza que ya está dando la vuelta al mundo y llegando a portadas como The Guardian: quienes paseen a sus perros deberán portar obligatoriamente una botella de agua para diluir la orina de sus animales o se enfrentarán a multas de hasta 500 euros.La iniciativa nace, según el propio alcalde, de una saturación ciudadana. Con más de 20.000 perros registrados en una ciudad de apenas 150.000 habitantes, el impacto de la orina en fachadas, parques infantiles y mobiliario urbano se ha vuelto insostenible, especialmente durante la temporada veraniega.La noticia ha provocado reacciones previsibles, desde quienes consideran la medida razonable hasta quienes la interpretan como una persecución hacia los perros. Como suele ocurrir en estos debates, tampoco han tardado en aparecer las comparaciones con las personas que orinan en la calle tras consumir alcohol o realizan otras conductas incívicas.Pero una cosa no excluye la otra. La orina humana en la vía pública también genera problemas higiénicos, malos olores y deterioro urbano. Que exista ese problema no convierte automáticamente en inocuo el impacto acumulado de millones de micciones caninas diarias en ciudades densamente pobladas. Ambas situaciones deben considerarse incompatibles con una convivencia saludable y con un espacio público limpio.La orina de perros y la normativa en EspañaEn nuestro país, este mismo debate no es ajeno al marco legal. La Ley 7/2023 de protección de los derechos y el bienestar de los animales no establece la obligación de ‘limpiar cada orina’ de forma literal, pero sí refuerza la responsabilidad de las personas cuidadoras para evitar que los animales ensucien o deterioren espacios públicos, especialmente en fachadas, portales y zonas de tránsito, además de habilitar a los ayuntamientos para concretar estas obligaciones mediante sus propias ordenanzas.Muchas ciudades españolas ya regulaban desde hace años la obligación de rebajar o limpiar la orina de los perros. Ayuntamientos como los de Valencia, Madrid, Zaragoza, Gijón y Sevilla, entre otras, contemplan sanciones para quienes no lleven agua o no limpien determinadas superficies, aunque las cuantías y exigencias cambian mucho según el municipio. Algunas ordenanzas específicas incluso permiten multar por no llevar encima una botella para limpiarlo. La clave, de nuevo, no es una norma única y homogénea, sino un mosaico de interpretaciones locales sobre un mismo problema urbano.El problema no es “un perro”: es la densidadUn solo pis de perro apenas tiene impacto apreciable. El problema aparece cuando hablamos de miles de animales utilizando diariamente las mismas esquinas, alcorques, fachadas, ruedas de vehículos y mobiliario urbano.En ciudades muy densas, ciertos puntos reciben orina de forma repetida durante meses y años, de tal manera que empiezan a aparecer efectos acumulativos.La orina contiene compuestos nitrogenados, sales y otros residuos metabólicos que, en altas concentraciones, alteran el entorno inmediato. El olor es el efecto más evidente para quienes viven cerca, especialmente en verano, cuando las altas temperaturas intensifican la volatilización de compuestos como el amoniaco, pero no es solo una cuestión olfativa.Qué ocurre en el suelo urbanoVarios estudios han analizado el efecto de la orina canina sobre los llamados sistemas de infraestructura verde urbana que incluye alcorques, zonas ajardinadas y pequeños espacios vegetales diseñados para absorber el agua de lluvia y reducir inundaciones.Investigadores de la Universidad de Helsinki (en colaboración con expertos vinculados a las universidades de Columbia y Oregón) han analizado cómo esta exposición repetida modifica la infraestructura verde urbana. Detectaron cambios en el microbioma del suelo, cierta acidificación y alteraciones en la capacidad de absorción del agua. Los efectos observados no parecían catastróficos ni justifican discursos alarmistas sobre ‘destrucción ambiental’ como tal, pero sí muestran que el impacto existe, especialmente en espacios pequeños sometidos a uso intensivo.Los investigadores insistían precisamente en que no se trata de demonizar a los perros, sino de entender que una concentración enorme de orina sobre superficies muy concretas altera el entorno urbano.Farolas corroídas y mobiliario deterioradoEl efecto más visible de la orina canina quizá no sea ecológico, sino material. La mezcla de humedad constante, sales y compuestos químicos favorece la corrosión galvánica en metales, pintura y cemento. Es el deterioro progresivo que vemos en farolas, señales de tráfico, persianas comerciales y ruedas de vehículos, donde los malos olores pueden impregnarse de forma persistente.En espacios naturales el impacto es más altoDonde más preocupa actualmente la acumulación de orina y heces caninas es en ciertos ecosistemas naturales sensibles. Un estudio desarrollado por investigadores de la Universidad de Gante, Bélgica, concluyó que la elevada concentración de nitrógeno y fósforo procedente de la orina de los perros puede alterar significativamente la biodiversidad de reservas naturales próximas a áreas urbanas.El problema vuelve a ser acumulativo. La orina y las heces aportan nutrientes que actúan como fertilizantes. Algunas plantas especialmente competitivas prosperan gracias a ese exceso de nitrógeno y terminan desplazando a otras especies más sensibles.Los investigadores citaban, por ejemplo, la desaparición progresiva de determinadas orquídeas y plantas silvestres vulnerables en zonas muy frecuentadas por perros. Además, aunque recoger las heces reduce enormemente el aporte de fósforo y parte del nitrógeno, la orina sigue siendo mucho más difícil de controlar.Por eso algunos investigadores en la conservación de ecosistemas recomiendan mantener a los perros atados cuando se accede a reservas naturales delicadas, evitar que entren en el follaje de las áreas protegidas y, a ser posible, intentar que orinen antes de acceder a estos espacios vulnerables.Un problema de salud públicaMás allá del olor y del impacto ecológico, la orina animal en espacios públicos también pueden contribuir a problemas sanitarios. Diversos estudios han detectado que los residuos animales pueden contener bacterias, parásitos y microorganismos potencialmente peligrosos, especialmente cuando terminan arrastrados por la lluvia hacia sistemas de drenaje o masas de agua.Las heces son la principal preocupación sanitaria, ya que pueden contener Escheriquia coli, Giardia, Cryptosporidium y otros patógenos capaces de afectar tanto a personas como a otros animales. La orina, aunque menos problemática desde el punto de vista microbiológico en condiciones normales, también contribuye a la contaminación difusa urbana cuando se acumula masivamente.Diluir no es una solución mágica, pero sí ayudaCierto es que echar agua sobre la orina no elimina completamente el problema, pero ayuda a reducir su concentración, olor y los residuos acumulados sobre determinadas superficies.Por eso cada vez más ciudades europeas recomiendan , y algunas empiezan a exigir, llevar pequeñas botellas de agua durante los paseos.El objetivo no es ‘esterilizar’ la calle ni fingir que los perros no orinan, algo obviamente imposible, pero sí disminuir el impacto acumulativo en puntos especialmente sensibles. De hecho, muchas personas ya realizan esta práctica de forma voluntaria desde hace años, especialmente en fachadas, entradas de edificios, comercios y ruedas de vehículos.Convivencia urbana multiespecie sin conflictosBuena parte del rechazo a este tipo de medidas nace del miedo a que se utilicen para criminalizar a quienes conviven con perros en ciudades donde cada vez existen más restricciones. Pero precisamente por eso es importante entender que la convivencia respetuosa pasa también por asumir ciertas responsabilidades colectivas.Recoger heces, evitar que los perros orinen siempre en las mismas fachadas, respetar las zonas infantiles y minimizar el impacto sobre los espacios naturales no implica culpar a los animales de comportamientos que forman parte de su biología. Implica, sin embargo, reconocer que millones de perros viviendo en entornos urbanos generan inevitablemente efectos ambientales y de convivencia que necesitan una cuidadosa gestión.Referencias: Nutrient fertilization by dogs in peri-urban ecosystems. Pieter De Frenne et al. Ecological Solutions and Evidence (2022)Environmental Pawprint of Dogs as a Contributor to Climate Change. Antonina Krawczyket al. Animals (2025)