Poder elegir entre alternativas se asocia a más libertad. Pero en el día a día, cuando las decisiones se encadenan, esa percepción puede cambiar y convertirse en una carga
Decidir se ha vuelto algo constante, también en lo más cotidiano: qué ver, qué responder, qué hacer o qué dejar para después. Son elecciones pequeñas que pasan desapercibidas, pero se van sucediendo. Al final, empieza a instalarse una idea: siempre podría haberse hecho de otra manera. Cada decisión deja otras opciones fuera todavía. A menudo, elegir no simplifica, sino que obliga a parar, mirar y descartar.
El psicólogo estadounidense Barry Schwartz ya planteó en Por qué más es menos. La paradoja de la elección (Taurus, 2005) que el aumento de opciones no necesariamente facilita la decisión. A medida que aumentan las posibilidades, crecen igualmente las comparaciones y la impresión de no haber acertado del todo.
Schwartz también diferencia entre quienes buscan la mejor opción posible y quienes se conforman con una que consideran suficiente. En sus trabajos describe que quienes tienden a maximizar comparan más, tardan más en decidir y vuelven con mayor frecuencia sobre lo que han descartado. Esa forma de hacerlo no garantiza mejores resultados, pero sí suele ir acompañada de más insatisfacción y de una mayor dificultad para dar por resuelta una decisión, especialmente cuando las alternativas son numerosas. Pero decidir no es lo único que pesa: de igual modo lo es seguir adelante con una elección mientras las otras posibilidades se mantienen. No siempre se presenta como una revisión consciente. Puede aparecer como una incomodidad leve sin un motivo claro o como la sensación de que podría haberse dado de otro modo. Tiene menos que ver con elegir mal que con lo que cuesta dar por definitiva una opción cuando lo descartado sigue presente.













