Despu�s de la caverna de Plat�n, probablemente la alegor�a m�s c�lebre de la filosof�a es la de los "mundos posibles" paralelos al nuestro que contienen versiones alternativas de nuestra realidad con variaciones m�s o menos importantes, ideada por G.W. Leibniz. Los narradores de literatura fant�stica desde Walpole hasta G.R.R. Martin, pasando por Lovecraft y Poe, y sobre todo de ciencia-ficci�n como Philip K. Dick, han recurrido a esta f�bula que hoy sigue triunfando entre los guionistas de las plataformas y los te�ricos de la ficci�n como Thomas Pavel o Marie-Laure Ryan.Tambi�n en el terreno del an�lisis pol�tico ha hecho fortuna esta fantas�a metaf�sica. Se cuenta que hay pa�ses cuya situaci�n s�lo se explica teniendo en cuenta que —por poner un ejemplo al azar— la mitad de los habitantes vive gobernada por un joven h�roe apol�neo, campe�n mundial de la lucha por los derechos humanos y la legalidad internacional, defensor de los oprimidos y humillados del planeta, y que en su propia tierra (en la que ha impulsado la econom�a como un cohete) ha abierto las puertas a los inmigrantes desvalidos y ha construido un escudo impenetrable para proteger a los desafortunados de la avidez de los poderosos depredadores capitalistas, ha reparado las ofensas hechas en el pasado a los pueblos y g�neros humillados por la represi�n estatal y heteropatriarcal, obrando as� el milagro de su reconciliaci�n en amorosa armon�a; y todo ello teniendo que combatir contra los jueces, empresarios y periodistas de ultraderecha que son esclavos de la tecno-oligarqu�a.En cambio, la otra mitad padece los caprichos de un caudillo superficialmente semejante al mentado Apolo, pero de figura m�s an�mica y faz turbada por la c�lera y el bruxismo, que con andares desafiantes ha alcanzado el poder pol�tico cediendo al chantaje de unos delincuentes cuyos delitos borra del c�digo penal seg�n se cometen, socavando los derechos civiles de sus s�bditos y pisoteando la legalidad, quebrantando la neutralidad institucional, la solidaridad financiera, la libertad de expresi�n y la independencia judicial, y ali�ndose para ello con los dirigentes nacionales de la extrema izquierda populista-bolivariana y con algunos reg�menes extranjeros de los m�s antidemocr�ticos del globo. Este antih�roe utiliza los recursos p�blicos para comprar votos a costa de convertir el Estado del bienestar en el establo del malestar y para alimentar a una cuadrilla de desalmados sin escr�pulos que han arrastrado por el fango las administraciones p�blicas, la red el�ctrica y las v�as f�rreas y han pauperizado los salarios reales, que est�n bajando desde 2015, de manera que los m�s j�venes s�lo pueden huir de la miseria pignorando el patrimonio de sus padres.Estas dos mitades viven en realidades paralelas en el sentido euclidiano —vamos, que jam�s se coinciden—, y cada una de ellas niega la realidad de la otra y la considera como una fantas�a morbosa sostenida �nicamente por la mentira. Tanto los autores de ficci�n como los analistas pol�ticos suelen suponer que todos los mundos posibles tienen el mismo derecho a existir, y que por tanto el que uno se imponga como relato "verdadero" es �nicamente una cuesti�n de astucia, de fuerza, de persuasi�n o de suerte y, en �ltima instancia, de poder. Pero al hacerlo pasan por alto una caracter�stica de la invenci�n de Leibniz, a saber: que de todos los mundos posibles s�lo uno es real, mientras que los dem�s ni existen ni existir�n jam�s, por muy posibles que sean. Para detectar cu�l es el mundo real Leibniz contaba con la ayuda de Dios, poseedor de una herramienta de c�lculo que abarca infinitas probabilidades y determina la mejor de todas.Quienes no somos te�logos (y tanto m�s si, como yo, somos negados para el c�lculo) necesitamos alguna se�al m�s terrenal para distinguir el mundo real de los ficticios. Y, afortunadamente, de vez en cuando aparecen esas se�ales, aunque no lo hagan tan a menudo como nos gustar�a. As�, cuando hace poco algunos describ�an un Pa�s Vasco pacificado e id�lico en el que el Guernica se exhibe en Guernica bajo el �rbol cuyas nueces hoy recogen los mismos que ayer sacudieron sus ramas, bast� el documental de Felipe Hern�ndez Cava Casa y Cuartel para saber en qu� pa�s real viven los vascos no nacionalistas. Algo despu�s, el mencionado Apolo izquierdista se desplaz� a una Catalu�a posible y totalmente desinflamada, pero irreal, en la que los tribunales condenaron a unos secesionistas que no hab�an cometido ning�n delito, sino todo lo contrario, por lo que se les indemniz� con un cuponazo tributario tan merecido como la amnist�a; una Catalu�a en la que el representante del Estado oculta la bandera de Espa�a por mor de la prioridad nacionalista, y de la que los constitucionalistas han desaparecido por la evoluci�n natural de la especie. Y todo parec�a indicar que all� se iba a celebrar una cumbre mundial de gobernantes progresistas bajo el lema "En defensa de la democracia".Podr�amos haber llegado a pensar que aquello estaba ocurriendo de verdad si no hubiera aparecido la se�al que nos impidi� caer en la trampa y puso ante nuestros ojos el mundo real. La se�al se llam� Mar�a Corina Machado, y la luz que, sin salir de Madrid, ella arroj� sobre Barcelona bast� para que en esa cumbre vi�ramos al mandatario que recomend� a Mar�a Corina "dejar de llorar" porque un aut�crata le hubiera impedido concurrir a unas elecciones, por si acaso las ganaba; y tambi�n al que estaba preocupado por que el regreso de Mar�a Corina a Venezuela pudiera desencadenar su terrible "vendetta"; y estaban tambi�n todos los que guardaron el mismo vergonzoso silencio que Pedro S�nchez sobre el Premio Nobel concedido a Mar�a Corina, el mismo silencio que todos ellos guardan sobre la dictadura venezolana. As� fue como comprendimos que quienes urden esos relatos no solamente construyen mundos paralelos, sino para lel�simos, y que aquella era, en realidad, una cumbre en defensa de la memocracia. A veces una letra lo es todo.Aquel mundo posible tan cuidadosamente dise�ado, en el que Mar�a Corina era una terrorista y golpista de extrema derecha af�n al conocido neonazi Felipe Gonz�lez, y en el que el zapatero prodigioso y la dulce Delcy se dedicaban a liberar presos pol�ticos, se fue viniendo abajo sin que el ministro de Asuntos Exteriores, cuya aparici�n provoca a algunos ciudadanos un tartamudeo que les hace llamarle, sin mala intenci�n, "mini-ministro", pudiera hacer nada para evitarlo. Y le dio la puntilla un magistrado de la Audiencia Nacional aficionado al lema del escudo de Espa�a ("Plus Ultra", ya saben: la compa��a a�rea que transporta gratis tus maletas), dispuesto a arrojar luz sobre la noche oscura de Barajas de enero de 2020, ese cuadro en el que aparecen unas cuantas meninas pero en el que, como en el de Vel�zquez, para ver a la pareja de l�deres verdaderamente protagonistas reflejados en el espejo hay que mirar m�s de cerca. Y, al hacerlo, se comprueba que el que hab�a dicho que a los espa�oles "a�n nos siguen oliendo los pies y los sobacos a franquismo" no sab�a que, en el mundo real, en el hedor emanado de sus extremidades y de su monedero se mezclan el mal olor del dinero sucio y la peste del Helicoide, de la Tumba, de la Bole�ta y de otros centros de tortura de Venezuela que, por desgracia, siguen activos en el mundo real.Hay que admitir que Dios est� equivocado (seguramente como consecuencia de la distancia desde la que nos mira): este mundo real no es para los mortales el mejor de los posibles, ni mucho menos. Pero tiene la ventaja de que, en �l, a los remendones milagrosos y a los doctores horroris causa que toman por tontos a sus semejantes intentando colarles sus mentiras se les puede acabar cayendo la cara de verg�enza, por mucho maquillaje que les pongan a sus rostros para disimular la rabia que les da la verdad.Jos� Luis Pardo es fil�sofo, ensayista y profesor em�rito de Filosof�a de la Universidad Complutense de Madrid