Abelardo de la Espriella nunca se había lanzado a un cargo de elección popular, y quizás por ello su aspiración a la presidencia de Colombia ha sido una sorpresa para sus rivales en la izquierda, pero sobre todo para sus amigos en la derecha. A mitad del año pasado, cuando apenas se preparaba a aspirar y aparecía con 1% de intención de voto en las encuestas, la derecha se dividía entre dos favoritos que ya no aparecen en el mapa electoral. Una era Vicky Dávila, la exdirectora de la revista Semana que prometía robarse el voto de la ultraderecha por su oposición férrea a Gustavo Petro durante todo el gobierno de izquierdas. El otro era el senador Miguel Uribe Turbay, fiel seguidor y amigo del expresidente Álvaro Uribe, el santo grial de la derecha. Pero Uribe Turbay fue asesinado mientras hacía campaña en Bogotá y el magnicidio dejó a su partido en crisis. Mientras, De la Espriella recogía firmas para ser candidato y empezaba a crecer lentamente, robando tanto del voto ultra de Dávila como el de los uribistas clásicos. Ahora llega este domingo como uno de los más opcionados para dirigir el país desde la Casa de Nariño.El abogado penalista lanzó su candiatura en noviembre, con el show que lo ha caracterizado toda su campaña: frente a miles de personas en el Movistar Arena de Bogotá, con la imagen de un tigre como logo de campaña y mucha pólvora. Ha cimentado desde entonces un mensaje que divide a la sociedad entre un nosotros, “los nunca”, y un ellos, “los de siempre”, y suma eslóganes nacionalistas y militaristas como “Firme por la Patria”. “Dejé una vida apacible en Florencia [Italia] y volví a mi patria para salvarla y reconstruirla”, le dijo entonces al público. Su esposa ha dicho recientemente que volverían a vivir en el exterior en caso de una derrota, mientras él asegura que vino a Colombia a prestar su “servicio militar” contra la izquierda de Petro. Esa idea es reflejada en su programa: promete la mano dura del salvadoreño Nayib Bukele contra los grupos criminales, con la construcción de diez megacárceles; el recorte del Estado al estilo del argentino Javier Milei; y una agenda conservadora contra el aborto o los derechos de la población LGBTI, aupado por un discurso religioso en el que promete la llegada de una “Patria Milagro”.Aunque se ha definido como un outsider de los políticos, por meses buscó que lo avalara el partido del expresidente Uribe, quien hizo decenas de reuniones para lograr un candidato único de una oposición que iría ‘de Abelardo hasta Fajardo’. Pero le cerró la puerta de su colectividad al abogado penalista. Entre tres senadoras y el padre del senador asesinado, el partido se decantó por la senadora Paloma Valencia, de una derecha moderada. El ala más radical, representada por el líder ganadero José Félix Lafaurie, se fue del partido a las toldas del ultra.Todavía en diciembre, cuando ya lideraba los sondeos frente a otras aspirantes de derecha, De la Espriella sugería sellar la coalición a través de una encuesta. Pero los otros candidatos, incluidas Valencia y Dávila, le cerraron esa puerta, y prefirieron escoger entre nueve de ellos a través de una consulta que se votaría en las elecciones legislativas de marzo. Al verse excluido, el penalista publicó un video hecho con Inteligencia Artificial en el que un tigre le lee una carta a Uribe: irse a una consulta, dice el felino, “decepcionaría a quienes creen en este proyecto”. Anunciaba que no quería ir a la fiesta a la que no lo invitaron. Luego llegó la prueba de fuego, el 8 de marzo. La popularidad del candidato, impulsada en una campaña digital exitosa y contemporánea, logró arañar algunos votos del partido uribista Centro Democrático para que el diminuto partido ultraconservador Salvación Nacional, que lo avala, superara el umbral electoral y eligiera a cuatro senadores y a una representante en la Cámara por Bogotá. Era la primera vez que De la Espriella medía su popularidad en las urnas, y demostró que la ultraderecha se movilizaba al margen del uribismo.Pero al tiempo surgía la mayor amenaza a su candidatura: Valencia no solo ganó la consulta de la derecha con 3,2 millones de votos, muchos más de los esperados, sino que el mecanismo sumó casi seis millones de votos. La senadora irrumpió entonces con fuerza en las encuestas, con la posibilidad de aglutinar el voto uribista y conquistar una parte del centro, aquel que votó en esa misma consulta a quien designó como fórmula vicepresidencial, Juan Daniel Oviedo. Pero la apuesta a dos bandas de Valencia no cuajó del todo, la candidata y Oviedo se diferenciaban públicamente en posturas sobre asuntos como la adopción de niños por parejas del mismo sexo o la posibilidad de designar a Uribe como ministro de Defensa. De la Espriella, que había enviado un aparte de tranquilidad a sectores académicos y empresariales con la designación de su propia fórmula, el exministro José Manuel Restrepo, volvió a crecer en las encuestas, al punto de empatar en algunas con el siempre puntero Iván Cepeda, aspirante de una izquierda unificada e impulsada por Petro. Los influenciadores abelardistas acusaron a Valencia de ser parte de “los de siempre”, y la candidata que recibió el apoyo de casi todos los partidos tradicionales se convirtió en la opción del establecimiento. De la Espriella ha sabido vender el discurso de que él es el llanero solitario de la política, a pesar de que partidos enteros y clanes poderosos también lo apoyen. También ha sabido capitalizar la sintonía de su discurso con el petrismo que habla de “los nadies”. Su intención de voto no cae a pesar de que demuestre tener más dinero que “los nunca”, a pesar de que sus críticos recuerden que fue abogado de corruptos y mafiosos, a pesar de que algunos de esos antiguos clientes ahora lo cuestionen. Como Donald Trump en la campaña presidencial del 2024, parece a prueba de escándalos. Solo le queda probar si puede derrotar a la izquierda, y llegar a la Casa de Nariño.
La campaña de Abelardo de la Espriella: el penalista ultraconservador que rompió a la derecha
El candidato logró primero desinflar la candidatura de Vicky Dávila y luego pelear los votos del uribismo que iban para Paloma Valencia










