En mi libreta escribo: Desde la embarcación se obtienen unas vistas espléndidas. La pandilla de cocodrilos descansa en la orilla angosta. Inmóviles, los bichos parecen troncos de árbol; las escamas dentadas de la cola se confunden con gajos de corteza. Piedras dispersas en el rellano, tapizadas con vegetación densa. Tucanes, papagayos, guacamayos. Manadas de capibaras (¡enormes!) nadan como perros a escasos metros del bote. Peces voladores, arañas, libélulas, avispas… Pulso vital del entorno. Ohhh, con los binoculares que arrima un viajero austríaco atrapo flores esculturales que cuelgan de la copa de palmeras de moriche. José es el guía de la expedición. (Tacho algo ininteligible) Es peruano, pero se instaló en Puerto Ayacucho hace ya casi treinta años. Viste un conjunto crudo de lino; las sandalias franciscanas son negras. El cabello largo, hasta la altura de los hombros, alterna los claros de las canas con los tintes del azabache. Ha dejado nacer un bigotillo delgado sobre los labios gruesos. Tiene la frente así, arrugada; parece surcada por canalillos de cultivo. Su cuerpo languidece por el calor sofocante. Yo estoy exhausto, tironeado desde el centro de la espalda vencida.

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