La isla de Ascensión alberga la mayor colonia reproductora de tortugas verdes del Atlántico. Durante cuatro siglos fueron capturadas como manjar hasta casi su extinción; hoy han conseguido un éxito de conservación sin precedentes

Se hace de noche en Long Beach, la playa que bordea Georgetown, la capital de Isla de Ascensión. En la orilla, algo se mueve. Una masa oscura y enorme emerge del oleaje con una lentitud que parece deliberada. Es una hembra de tortuga verde (Chelonia mydas), que puede llegar a medir 1,3 metros y pesar más de 150 kilos de peso, y que acaba de cruzar 2.300 kilómetros de océano abierto desde las costas de Brasil. Ha tardado seis semanas. En el camino no ha comido nada. Está volviendo a la misma playa en la que nació. Y ahora tiene un trabajo que hacer....

Avanza por la arena dejando un rastro doble que recuerda al de una oruga mecánica. Llora: las lágrimas le limpian los ojos de arena, aunque durante siglos los marinos que la observaban creyeron que lloraba de miedo o de tristeza. Cuando encuentra el lugar adecuado, comienza a cavar. Primero el hoyo del cuerpo, girando despacio; luego la cámara de los huevos, con las aletas traseras, sin mirar, a ciegas, con una precisión milimétrica. Pone alrededor de 150 huevos blancos y blandos, los cubre, los camufla y vuelve al mar. En dos o tres semanas estará de regreso para volver a desovar.