Cada 30 de mayo se conmemora el Día Mundial de la Esclerosis Múltiple, una enfermedad neurológica autoinmune que afecta a más de 1,8 millones de personas en el mundo y cuya incidencia en la Argentina se estima entre 24 y 49 casos cada 100 mil habitantes. Aunque durante décadas estuvo asociada a un deterioro progresivo, los avances médicos recientes modificaron de manera significativa el pronóstico y la calidad de vida de quienes conviven con esta patología. La esclerosis múltiple se produce cuando el sistema inmunológico ataca la mielina, la capa que protege las fibras nerviosas del cerebro, la médula espinal y los nervios ópticos. Esa alteración interfiere en la transmisión de señales nerviosas y genera síntomas muy diversos, que pueden aparecer y desaparecer, variar en intensidad o confundirse con otros cuadros clínicos.
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Fatiga persistente, visión borrosa, hormigueos, debilidad muscular, problemas de equilibrio o dificultades cognitivas suelen estar entre sus manifestaciones. La enfermedad afecta principalmente a adultos jóvenes, entre los 20 y 40 años y tiene mayor prevalencia en mujeres. “La esclerosis múltiple es, en esencia, impredecible. Puede empezar con una visión borrosa en un ojo, una debilidad en una pierna o un cansancio que no se explica”, señaló el neurólogo Guillermo Díaz, docente titular de Neurología de la Fundación Barceló. Según explicó, el avance puede darse en forma de brotes o progresivamente, y en algunos casos dejar secuelas. Sin embargo, los especialistas coinciden en que el escenario cambió de forma drástica en las últimas décadas. El desarrollo de resonancias magnéticas más precisas y de terapias inmunomoduladoras permitió mejorar el diagnóstico temprano y controlar mejor la actividad de la enfermedad. “Hoy contamos con terapias específicas y estrategias de seguimiento que permiten reducir la actividad de la enfermedad y mejorar de forma concreta la calidad de vida de las personas”, explicó la doctora María Cecilia Pita, referente del área de neurociencias de laboratorios Roche. Gracias a esas herramientas, muchos pacientes pueden sostener durante años sus actividades laborales, sociales y familiares, remarcó Díaz. Los especialistas también destacan la importancia de encararla con un enfoque integral. Además de los tratamientos farmacológicos, el acompañamiento psicológico, la actividad física y el seguimiento interdisciplinario forman parte central del abordaje actual.












