Casa Antillón en el comedor: Emmanuel Álvarez (vestido de Mans y Edward Cuming con zapatos Hermès); Ismael López (de Carlota Barrera); Marta Ochoa (de Edward Cuming) y Yosi Negrín (de Gucci con pantalón Edward Cuming).Pablo ZamoraA este apartamento de Casa Antillón se entra dos veces. Primero está la puerta de lo que fue una oficina en una nave industrial de un barrio madrileño. Con unos pocos muebles, e iluminado por unos ventanales al fondo, el espacio que se extiende al otro lado podría pasar por un loft convencional con suelos de cemento. Sin embargo, llegar al verdadero hogar de los dueños requiere franquear una puerta más: con paredes rojas, los pantalones y camisas que hay colgados en este segundo acceso delatan su función de vestidor. Se trata también del espacio al que en un momento de nuestra conversación los arquitectos de Casa Antillón se refieren como “el pasadizo”, y es al cruzar este túnel cuando empiezan a aparecer los espacios típicos de una vivienda: un dormitorio, una cocina y una salita apiñados en un cofre de pladur que no es exactamente un estudio, ni un bungaló de interior. Lo diseñaron pensándolo como “el castillo”, y por lo que cuentan parece que también la antigua oficina anhelaba ser uno. “La primera vez que entramos, vimos que en una pared había colgada una foto de un castillo medieval”, recuerda Emmanuel Álvarez, cofundador del estudio Casa Antillón junto a sus tres socios. “Estaba al lado de una lámina de una nube de Magritte, y ver esas dos imágenes juntas nos dio la excusa para abordar el proyecto desde el surrealismo, que es lo nuestro: la casa que nos pedían los clientes ya no era una casa, era un castillo que había quedado encajado en la nave, y así fue como surgió la idea de construir un cubo de 7x7 metros que agrupara las actividades principales de la vivienda”. “Al final, se trataba de dignificar un poco el espacio”, dice Marta Ochoa, “porque es verdad que un piso con portero en la calle Goya no es”. “Pero eso era lo bonito”, sigue Ismael López. “Ya que tienes que vivir en una nave industrial, vamos a hacer que la veas como un castillo”. En este juego de espacios y tabiques inclinados, varios trucos sostienen el hechizo. Yosi Negrín explica que la planta del cubo está inspirada en la de un castillo de verdad, el de Cifuentes en Guadalajara (“una planta modernísima”, interviene Álvarez, “lleva siglos ahí montada y parece de ahora, espectacular”). Además, dejaron la cara exterior del pladur de las paredes sin pintar y con los tornillos vistos para acentuar el contraste entre exterior e interior. “El pladur es la muralla que separa la villa a las afueras del castillo del interior noble, donde viven la dama y el caballero”, dice Negrín mientras superpone en la pantalla de su ordenador la planta a escala del castillo sobre el plano de la nave. Luego, empieza a rotarla hasta que ocupa su posición actual dentro de este lugar. “Por fuera, el muro pertenece al espacio industrial y por eso dejamos esa cara del pladur desnuda, mientras que por dentro el castillo está todo lleno de color, madera y moqueta”. La cocina, abierta y con muebles de hostelería.Pablo ZamoraLos tabiques de pladur dejan a la vista