Prepárense para un viaje cercano a lo sideral. Escuchar a Donna Haraway (Denver, 81 años) supone adentrarse en territorio poco convencional. Estamos ante una filósofa, bióloga y teórica feminista, conocida por su pensamiento innovador en el cruce entre las ciencias y las humanidades. Afirma que para pensar se sitúa en el lugar de la materia en descomposición. Es visionaria, provocadora y sus textos tienen un toque punk. Inspirada en la ciencia ficción y con un estilo irónico, Haraway entreteje historias con la intención de ayudarnos a ver la hibridación entre humanos, tecnología y otras especies. Elegida entre los 10 pensadores tecnológicos más influyentes por Ideas, se dio a conocer en 1985 con su ensayo Manifiesto cíborg, donde señaló que estamos integrados en y con la tecnología. Profesora emérita en la Cátedra de Historia de la Conciencia en la Universidad de California en Santa Cruz, fue la primera profesora titular de la primera cátedra de teoría feminista de EE UU, en Hawái. Su trabajo ha resultado influyente en la teoría feminista, la teoría queer y los estudios ciberculturales. Ha dirigido más de 60 tesis doctorales en distintas áreas y su obra ha inspirado a decenas de artistas. Entre otros reconocimientos, en 1992 recibió el American Book Award y el Premio Erasmus 2025, que otorga la fundación holandesa en memoria del pensador de Róterdam. El viernes 5 de junio participa telemáticamente en un acto de La Casa Encendida (Madrid) que celebra los 10 años de Seguir con el problema: generar parentesco en el Chthuluceno, editado en España por Consonni en 2019, donde señala que el mundo hoy gira en torno a redes de vida interconectadas. Haraway parece coherente: comparte vivienda con tres gallinas, dos perros que antes fueron callejeros y el divulgador científico Rusten Hogness, su pareja. Atiende de buena mañana por videoconferencia desde un rincón que luce un desorden confortable: un par de gafas sobre una mesa, pilas de libros, ropa amontonada y una bicicleta estática detrás. Muestra una amplia sonrisa.Pregunta. Una de sus características es su capacidad de ver más allá del binarismo. Describe su pensamiento como “una coreografía tentacular”. ¿Cómo empezó a articular su forma particular de pensar?Respuesta. Es difícil saberlo, nuestra memoria es defectuosa y la reinventamos constantemente, pero puedo construir una historia y contar que nunca me sentí atraída por las categorías definidas. Crecí desde el principio en un mundo denso y corporal que no se descomponía fácilmente. Lo binario es útil para la química, la taxonomía, la biología… En las aulas de Filosofía aprendí el lenguaje que me permitió nombrar que confundimos la representación con las cosas en sí. Leer a Alfred North Whitehead y su La ciencia y el mundo moderno fue importante. También los pragmatistas estadounidenses Charles Peirce y William James, y más tarde la filósofa belga Isabelle Stengers. Me ayudaron a nombrar mis intuiciones básicas sobre estar en el mundo.P. Su Manifiesto cíborg [del libro Ciencia, cíborgs y mujeres: la reinvención de la naturaleza, reeditado por Alianza en 2023] rompió esquemas. En él afirma que los humanos ya somos tecnología. ¿De qué forma?R. Oí por primera vez la palabra cíborg en plena guerra de Vietnam. El entonces secretario de Defensa, Robert McNamara, instaló en Honolulu el frente de batalla electrónica y yo entonces daba clase en la Universidad de Hawái. El origen militar del cíborg estaba presente para mí como activista, como bióloga y como intelectual. Más tarde, un estudiante que estuvo en el Ejército me contó que el término cíborg había sido acuñado durante la carrera espacial, en el esfuerzo por llevar al hombre a la Luna, y que el mejoramiento de los seres humanos —con tests en simios con implantes de dispositivos que controlan el azúcar en sangre o señales neuronales— formaba parte de ese mismo horizonte tecnológico: el modelo animal mejorado tecnológicamente. El cíborg para mí nunca fue simplemente una máquina, sino una conjunción de carne y tecnología digital.P. Usted nunca fue antitecnológica.R. No, nunca. Mi mano es una tecnología con usos funcionales. La tecnología es la organización funcional del mundo. Pero el grado en que la tecnología estaban siendo puesta al servicio de una construcción del mundo militarizado y dominado por los hombres era un problema enorme para el pensamiento feminista. Quise habitar ese terreno, retorcerlo, desmilitarizarlo. El Manifiesto cíborg estaba en alianza con mis amigas ecofeministas, pero sin adoptar la posición antitecnológica que predominaba entonces —y por buenas razones—. Yo quería defender una postura feminista cíborg.P. Si escribiera el ensayo hoy, ¿de qué hablaría?R. [Se gira para coger un libro]. Mira este cuadro. Se llama La Anunciación de la Segunda Venida, es de mi amiga Lynn Randolph. Es evidente que una de las dos figuras que salen es un cíborg femenino que reposa sobre un chip junto a un ángel Gabriel, que anuncia un embarazo. Pero ¿el embarazo de qué exactamente? He bautizado al cíborg Claudette. Y creo que está embarazada de Claude, el modelo de lenguaje de Anthropic. Creo que lo que estaba gestándose en el vientre de ese cíborg son los grandes modelos de lenguaje, los chatbots…, ese tipo de entidades digitales que ahora pueblan nuestro mundo, que está plagado de sensores que alimentan auténticas cascadas de datos hacia centros de datos gigantescos. Para soportar esta ingente cantidad de datos y energía, ¿qué tipo de acción es necesario emprender? Para que, por ejemplo, el sistema hídrico no se seque y toda la biodiversidad sobreviva. Todo esto depende de las mismas tecnologías que el bombardeo de Irán por parte de Israel y Estados Unidos, o los drones en Ucrania… Me gustaría mencionar que a mí me gusta cuando la tecnología falla.P. ¿A qué se refiere? R. Estas tecnologías que son tan valiosas fallan constantemente. Fallan al menos tanto como nosotros. Es importante recordarlo. Son momentos de lucidez: en las condiciones de ruptura es cuando surge la posibilidad de la comprensión. No obtenemos nuevas ideas cuando las cosas funcionan. Las obtenemos cuando las cosas se rompen. De ahí emerge la posibilidad de cambio. Es solo una de las razones por las que creo que la gente resiste. Yo ahora mismo estoy implicada con personas que intentan impedir la construcción de más centros de detención para inmigrantes antes de ser deportados. Al resistir, intentamos hacer que falle todo el aparato, de forma que abra en el mundo la posibilidad de que ocurra algo distinto. Intentamos hacer colapsar los sistemas de opresión para que, desde el vientre del monstruo, puedan surgir nuevas posibilidades. Creo que el movimiento por los derechos civiles hace eso con enorme lucidez.P. Ahora volvemos a las formas de resistencia, pero permítame aclarar una duda: ¿usa usted la inteligencia artificial?R. Es imposible no usarla. Cada vez que entro en Google recibo un resumen con IA de lo que he buscado. No tengo elección. ¿La uso de forma activa e intencionada? No. Soy demasiado perezosa para aprender a usarla. Tengo amigos artistas que hacen cosas muy interesantes con ella. En algún momento supongo que aprenderé a usarla de forma selectiva. Pero, de nuevo, no es el diablo: es un conjunto de herramientas que está siendo objeto de hiperinversión, con enormes cantidades de capital y no con los mejores fines. Generando un daño medioambiental enorme. Soy más bien partidaria de una IA lenta, de desarrollarla solo en la medida en que haya relaciones energéticas sostenibles, relaciones ecológicas sostenibles y una reorganización creativa del trabajo. Estoy a favor de una IA lenta, integrada en la construcción del mundo en el que creo. Y no de la IA rápida a la que hoy nos están sometiendo.P. Hablemos de autoritarismo. La teórica política canadiense Bonnie Honig sugería vivir ignorando a Donald Trump. En Europa parece que seguimos vuestro camino. ¿Cómo salimos de la estupefacción?R. Los nacionalismos étnicos autoritarios están en auge en muchos sitios. India, Francia, España, Inglaterra, Estados Unidos… Estamos habitando un periodo histórico muy extendido, todos tratamos de vivir y de entender qué podemos hacer. Yo aprendí de la lucha española contra Franco y del hecho de que la democracia española emergiera de ese periodo aportando energía positiva al mundo. A la vez, España está atrapada en el neoliberalismo, las contradicciones de la UE y en la necesidad de producir unidad sin seguir drenando al resto del mundo con los problemas de inmigración resultantes. Los migrantes están soportando el peso de todos los desastres. La lucha contra la autoridad pasa por aprender a acoger al extranjero, establecer lazos —crear parentesco— con personas que en principio son extrañas, y aprender a reconstruir sociedades mucho más heterogéneas. No es que la inmigración sea algo nuevo; nuestras sociedades son recomposiciones forzadas por la destrucción climática y el capitalismo de extracción.“Siento que pertenezco a la misma camada que los cíborgs, los perros, las bacterias. Estamos profundamente emparentados”P. ¿Puede dar ideas concretas de formas de poner resistencia?R. Opongámonos al autoritarismo nacionalista étnico con todas las fibras de nuestro ser. Alineémonos con los inmigrantes. Formo parte de la red que los apoya, la red de respuesta rápida. He recibido formación como observadora legal y para recoger testimonios. Patrullo lugares donde los agentes de control migratorio pueden aparecer. Soy parte de un grupo de unas 2.000 personas en mi ciudad —que es pequeña, así que es bastante gente—. Y he estado aprendiendo español, espero poder leer esta entrevista.P. Precisamente el lenguaje, y también su capacidad de hilar ideas, tienen un papel importante en su escritura. Cree en el potencial transformador de una historia.R. Más que “cree” yo diría “espera”. Espero un compromiso. Habitamos las historias como organismos: nada vivo está fuera del proceso de producir significado a lo largo del tiempo. A eso lo llamo una historia. Me siento en sintonía con escritores de ciencia ficción, pintores, bailarines. Experimento su trabajo como una forma de organizar el mundo para hacer propuestas. ¿Quieres habitar esta historia? ¿Cambiarla? ¿Quieres borrarla de la faz del planeta? Las historias son invitaciones a participar en un relato.P. Entre otros términos, usted ha acuñado worlding (construir mundo).R. No lo he inventado yo, pero desde luego me lo he apropiado. Heidegger lo utiliza, pero no lo uso como él, le doy un significado opuesto. Su uso del término era profundamente humanista, tenía que ver con esa idea de asumir el mundo y convertir al hombre en su eje. El uso que yo le doy viene de la ciencia ficción: habitar los mundos que sus autores nos proponen. Construyen mundos sólidos que sostienen una historia. Estamos implicados en procesos de worlding unos con otros para poder construir mundos que merezcan un futuro. Y esos mundos son siempre más que humanos.“Sigo leyendo ‘Harry Potter’. Me niego por completo a cancelar a alguien con quien no estoy de acuerdo”P. Usted no se identifica como poshumanista, prefiere una palabra que sugirió su pareja: “Compost”.R. Todo el tiempo me describen como poshumanista, pero me resisto a esa etiqueta. Hay pensadores a los que me siento cercana —como la filósofa italiana Rosi Braidotti— que asumen con gusto ese distintivo. Yo estoy más en el compost, en los estratos, en la materia que se descompone, en el calor del montón de compost en putrefacción; desde ahí es desde donde pienso. P. Dedica Seguir con el problema: generar parentesco en el Chthuluceno a quienes generan parentescos raros. ¿Qué entiende por “parentescos raros”?R. Habrás notado que no me siento particularmente cómoda con la familia nuclear heteronormativa ni con sus genealogías. Me interesa implicarme en prácticas que crean parentesco entre nosotros. Los antropólogos definen el parentesco como una solidaridad difusa y duradera. Es algo no opcional; en general, no eliges a tus parientes. Si tienes un primo, ese primo te tiene a ti, te guste o no. No puedes darte la vuelta y dejar de ser su pariente. Pero también hacemos parentesco de manera intencional. Y me interesa lo duradero —que se extiende, con suerte, por generaciones—, lo difuso —no implica necesariamente vivir bajo el mismo techo— y lo solidario: estar para y con. Me interesa hacer parentesco con humanos y con más-que-humanos. Siento que pertenezco a la misma camada que los cíborgs, los perros, los ciervos, la levadura, las bacterias, las secuoyas. Estamos profundamente emparentados. Mi buena amiga [la antropóloga] Susan Harding y su hijo adoptivo, Marco, son una forma de parentesco raro junto a Rusten y yo desde hace 30 años. Somos una familia intencional. P. Pero ¿está usted a favor del control de la población?R. No, pero tengo un lema: “Crea parentescos, no bebés”. El control de la población institucional ha sido imperialista y racista, lo rechazo de plano. Hablo en términos de número de seres humanos. Hoy somos 8.500 millones, una cifra escandalosa. Es alrededor del triple de los que éramos en 1944, cuando nací. Hemos pasado de unos 2.500 millones a 8.500 millones favoreciendo a los ricos como yo, explotando a la mayoría de sus habitantes. Somos más de lo necesario para un florecimiento de la biodiversidad y del ser humano. Defiendo hacer parentesco de otras formas y cuidar de los bebés que ya existen. Vivimos en un mundo pronatalista y antiinfancia. Se defiende una especie de embarazo obligatorio sin un cuidado serio de quienes ya han nacido, de los niños, sin una atención real a las mujeres y a sus familias. Yo soy proinfancia y no natalista, pero no antinatalista. Creo que tener bebés debería ser algo escaso y valioso. Cuidar de los bebés es algo realmente importante. Huelen casi tan bien como los cachorros…, aunque no del todo (sonríe).P. Fue la primera profesora titular de la primera cátedra de teoría feminista en EE UU. ¿Cómo se estructuró su feminismo?R. Fui a un instituto católico femenino dirigido por monjas. Tomaban a sus alumnas muy en serio: como jugadoras de baloncesto, como pensadoras, como personas. Fue un gran regalo en mi vida. En la universidad tuve una profesora de Filosofía que lo cambió todo. Estuvimos cuatro años riéndonos con y de los filósofos más ilustres. Más adelante, en Yale, me integré en el comité Women in Cell Biology, que hacía frente a la estructura patriarcal en el estudio de la biología. Me convertí en feminista de forma explícita en los años sesenta.P. En España, el movimiento feminista lleva años dividido. Dos manifestaciones cruzaron varias ciudades sin tocarse: el sector protrans y antitrans, por resumirlo. Entiendo que usted estaría en el grupo protrans. ¿Podría compartir sus argumentos?R. Feminismo no es sinónimo del bien. Siempre ha estado lleno de conflictos y divisiones. Ha habido feministas fascistas, existen todavía hoy. Pero creo que en su base hay un amor hacia las mujeres y las niñas, y la comprensión del daño que se hace en nombre del patriarcado, de la superioridad masculina —incluido el daño que también se hace a los hombres—. Para mí el feminismo trata de romper el género, no de reforzarlo. Trata de entender que las categorías de género están hechas —no inventadas sin más, sino construidas— y que podrían ser de otra forma: menos violentas y binarias, más abiertas y hospitalarias. Y que la fluidez de género, y una cierta… digamos, soberanía sobre el propio cuerpo —aunque soy cautelosa con esa palabra—, son importantes. El género tiene una historia evolutiva, y hoy esa fluidez es muy intensa: los ríos fluyen con fuerza. El feminismo forma parte de ese río. Las feministas que quieren fijar y definir el género, saber de antemano lo que es —esto y no aquello—, creo que cometen errores con las categorías, en las políticas y me opongo a sus propuestas. Aun así, las sigo leyendo. Me niego a cancelarlas. Sigo leyendo Harry Potter. Me niego por completo a cancelar a alguien con quien no estoy de acuerdo.