¿A quién beneficia que el presidente de Estados Unidos provoque guerras inútiles de las que además sale derrotado, como ha sucedido en Irán? ¿A qué magnates interesa que Trump siga distrayendo al mundo con sus chiquilladas?Los presidentes suelen estar rodeados de asesores, cientos o miles de ellos, profesionales que opinan, hacen encuestas y gestiones. Cuanto más independientes son, más creíble y valioso es su trabajo. Profesionalidad y sinceridad, sin embargo, no son buenas compañeras del poder. De ahí que los presidentes prefieran asesores más leales que profesionales, gente sumisa que no los desafíe.Esta aquiescencia parece necesaria porque el poder, incluso el que se ejerce con la mejor intención, está reñido con la moral. Hay que hacer lo quedebehacerse y no hay decisiones fáciles. Casi todas tienen consecuencias indeseables.Los asesores y los funcionarios forman la burocracia, la organización que hace posible que las ideas políticas se transformen en servicios y derechos tangibles. Su cometido es fundamental. La calidad de una democracia depende de la calidad de su burocracia. Si solo sirve al poder y descuida el interés general el sistema se debilita. Si este servicio al poder implica una apropiación indebida de los bienes públicos, entonces el daño a la convivencia es tremendo. España lo sufre con frecuencia. La corrupción parece grabada en su ADN social.El declive de las democracias liberales tiene mucho que ver con el desmoronamiento de la burocracia, de la asesoría desinteresada y de la diplomacia.Propaganda en Teherán de lo tres líderes supremos de la república islámica AFPCorrupción, cinismo y autoritarismo van, entonces, de la mano. La ciudadanía pierde la confianza en el gobernante y éste, ante el declive de su popularidad, aún se rodea de más aduladores. Tiene donde elegir. Pretendientes no le faltan. Los pasillos del poder están llenos de oportunistas sin escrúpulos. Por eso el sistema levanta barreras legales y burocráticas contra ellos. El presidente que no puede controlar a sus colaboradores es un líder fracasado. A la soledad inherente al poder, debe añadir la traición y la codicia de los que pretendían ayudarle.Ningún líder demócrata puede sobrevivir en estas circunstancias. Aunque sea una persona inteligente y cabal, su gobierno ya no es de fiar. Su única opción para conservar el poder es convertirse en un dictador. Si lo hace seguirá estando solo, pero será temido y podrá hacer lo que quisiera, incluso la guerra. Si la escalada de la democracia es hacia la dictadura, la de la dictadura es hacia la guerra.Trump detesta la burocracia porque es una gran barrera contra el autoritarismoLas grandes tentaciones de cualquier gobernantes son el enriquecimiento personal, el culto a la personalidad y el autoritarismo. Donald Trump ha caído en estas tres y también en la de la guerra. Si la democracia fuera una religión, sería el paradigma del pecador. No hay gobernante más peligroso.Basta con mirar el desastre que ha provocado en Irán para entenderlo. Antes de la guerra, Ormuz era un estrecho de libre navegación. Hoy es un arma económica de perturbación masiva en manos de un régimen inmoral. Irán controla el paso del 20% del petróleo que mueve al mundo y EE.UU. no puede impedirlo. La onda expansiva de este poder abre un agujero en el bolsillo de las familias de los países industrializados y por eso la capacidad disuasoria de los ayatolás es hoy muy superior a la de Trump. No hay acuerdo diplomático ni fuerza militar que pueda alterar esta realidad.Trump podría haber evitado la derrota si hubiera confiado en los buenos asesores de su administración, pero los ha despedido a casi todos. No los quiere por que la burocracia, el estado profundo , como él mismo dice con desprecio, le pararía los pies y no podría hacer la guerra.La guerra sostiene al líder autoritario, siempre que él pueda sostenerla a ella. No hace falta que salga triunfador. Basta con que la eternice. Es lo que hace Putin en Ucrania, Netanyahu en Palestina y los ayatolás con Israel.Trump también está abonado a la violencia eterna, pero es un aprendiz de dictador. La república aún se sostiene y en julio cumplirá 250 años. Sigue en pie, por ejemplo, la libertad de expresión y es esta libertad, la libertad de la palabra, la que le impide camuflar la derrota en Irán con un pacto que es papel mojado y una retórica grandilocuente. Cuando lo haga, solo sus acólitos le creerán. Que se hunda en su ineptitud, que deba pasearse desnudo hasta el final de su mandato, es una mala noticia porque la tentación del mal aún es mayor en el líder despechado.La derrota en Irán arruina el futuro de Trump, pero no de los tecnólogos que lo apoyanLlegados a este fracaso podríamos preguntarnos a quién beneficia que Trump siga en la Casa Blanca. A Xi, Putin y Netanyahu les va bien. También a Kim Yong Un, que ha fabricado 20 bombas atómicas más desde que hace siete años prometió desnuclearizarse y hoy es una amenaza para el mundo mucho mayor que los ayatolás. Asimismo, hay cientos de políticos republicanos que aún confían en ser reelegidos gracias a su carisma.Por encima de todos ellos, sin embargo, están los tecnólogos de la inteligencia artificial. Estos magnates, los hombres más ricos de EE.UU., necesitan tiempo, dinero y campo libre –justo lo que el presidente les da sin límite– para crear los agentes digitales que gestionarán gran parte de la actividad humana en un mañana próximo.Cuando el Papa y la UE alertan del peligro de esta tecnología, Trump los acusa de débiles y vuelve a bombardear Irán, como ha sucedido esta misma semana. Pero nuestro futuro no pasa por Ormuz, sino por los laboratorios de la IA.Desnortar el presente con guerras, fascismos y cenefas doradas nos distrae de la verdadera lucha por dominar el mundo, justo lo que quieren los tecnólogos que arropan a Trump.Corresponsal diplomático de La Vanguardia. Ha cubierto los principales acontecimientos internacionales desde la caída del muro de Berlín y numerosos conflictos en especial en Oriente Próximo. Como corresponsal en EE.UU. fue testigo del 11-S