Trump se está inclinando por expandir sus operaciones militares en Irán, indica el Wall Street Journal. Probablemente así sea. Esa es la voz que le dice que necesita proyectar fuerza y que esa es la única forma en que sus contrapartes o sus adversarios terminan efectuando las concesiones que él necesita. Es la dimensión impredecible, a veces irracional y errática, de su personalidad: la que amenaza con frecuencia—a quien sea—y la que busca demostrar que este presidente estaría dispuesto a cualquier cosa con tal de conseguir sus objetivos. Hay otro Trump, sin embargo, que le habla constantemente al oído. El Trump que se opone a las guerras de "otros", el que rechaza pagar costos por otros países, el que aborrece las guerras eternas y prometió no involucrar a Estados Unidos en nuevos conflictos. Es el Trump que hace unos años decía que "Estados Unidos no es el policía de Medio Oriente" y que no tenía por qué defender a los saudíes ("ellos son muy ricos", decía), ni mantener tropas en Siria porque Netanyahu así se lo pedía ("los israelíes pueden defenderse solos", declaraba). Es el Trump que, si decide usar la fuerza, prefiere operaciones fulminantes, altamente demostrativas, pero muy limitadas en el tiempo: un día o, cuando mucho, unos cuantos días. Es el Trump que pensaba genuinamente que lo de Irán terminaría casi de inmediato una vez caído el Ayatola. Esos dos Trumps están en conflicto desde hace meses. Los vaivenes que hemos visto son producto de esa tensión, alimentada además por voces divergentes dentro de su propio círculo. 1. Hacia marzo, cuando Trump observa que el conflicto con Irán está durando más de lo esperado y que los efectos psicológicos, financieros, económicos y políticos producidos por Teherán —especialmente sobre una opinión pública estadounidense que mayoritariamente se oponía a iniciar, y mucho más a prolongar, la guerra— no hacen sino crecer con el paso de los días, comienza a buscar una ruta de salida. Pero, conforme transcurre el tiempo, el régimen en Teherán entiende esa necesidad y lo que hace es solo encarecerle esa ruta al negarse a efectuar las concesiones que Trump exigía y al plantear nuevas demandas propias, como el derecho a cobrar cuotas por el tránsito a través del estrecho de Ormuz. 2. Esto colocaba a los dos Trumps que describo en un choque directo que se intensificaba con el paso del tiempo. Si ese presidente optaba por aceptar los términos de Teherán, proyectaría debilidad, falta de determinación para asumir los costos de la guerra y, sobre todo, revelaría una realidad incómoda: después de haber abandonado un acuerdo nuclear que Washington, otras cinco potencias y la UE habían firmado con Irán en 2015; después de haber implementado una campaña de sanciones y presión máxima; después de haber asesinado al segundo hombre más poderoso de Irán en 2020; después de haber bombardeado Irán, negociado con Teherán desde una posición de fuerza en 2025 y, posteriormente, ya en 2026, librado una guerra abierta, asesinado al líder supremo y escalado el conflicto, Estados Unidos terminaba teniendo que aceptar términos francamente similares a los que ya estaban sobre la mesa antes de todo eso. Por tanto, no podía simplemente frenar las hostilidades. 3. Pero, por otro lado, si Trump continuaba la guerra bajo la misma dinámica en la que esta se encontraba, o incluso si decidía escalarla, los daños a la infraestructura de la que depende una quinta parte de la energía que consume el planeta —y con ello los costos financieros y económicos— solo aumentarían con cada día y cada semana. En consecuencia, el costo político interno en EU seguiría incrementándose justo en un año electoral. Peor aún, prolongar las hostilidades, y a pesar de los enormes daños infligidos a Irán, lejos de hacer colapsar al régimen o siquiera quebrar su determinación para continuar la lucha, lo único que estaba logrando era endurecer las posturas de quienes ejercen el control efectivo de ese país y debilitar a los sectores más pragmáticos que sí deseaban negociar. 4. Hace poco más de un mes, uno de los dos Trumps terminó imponiéndose y tuvo que convencer al otro de recular. Finalmente aparecía una vía de salida para el embrollo en el que Washington se había metido. El memorándum de entendimiento pactaba un cese al fuego temporal y, lo que más importaba a Trump en ese momento, la apertura del estrecho de Ormuz, comprometiendo a Teherán a efectuar más concesiones en el futuro. El acuerdo fue duramente criticado por las voces más duras en Washington y en otros países, como Israel, por considerarlo altamente favorable a Teherán. Trump mismo sabía que había tenido que aplacar una de sus dos facetas: la que apenas unos meses antes demandaba la "rendición incondicional" de Irán y buscaba replicar en Teherán el caso de Venezuela. Aun así, firmó rápidamente el memorándum para poder observar cómo se desplomaban los precios del petróleo, cómo el optimismo volvía a la Casa Blanca y, finalmente, podía darle la vuelta, al menos en términos narrativos, a este episodio. 5. La línea más dura en Teherán, sin embargo, arruinó la fiesta. Como expliqué hace unos días, bajo esta autopercepción de victoria y fortaleza, quienes hoy controlan efectivamente Irán, las Guardias Revolucionarias Islámicas, empoderadas tras el funeral del Ayatola, decidieron interpretar el memorándum de entendimiento bajo sus propios términos, instruyendo a todas las embarcaciones que cruzaban el Estrecho de Ormuz a coordinarse con ellas y a seguir sus rutas e indicaciones. Era su manera de comenzar a establecer lo que pretendían convertir en permanente una vez transcurridos los 60 días del cese al fuego: el cobro de cuotas a quienes transiten por ese paso. Cuando, incentivados por Washington, hubo embarcaciones que no siguieron esas instrucciones, las Guardias Revolucionarias las atacaron, detonando así la espiral en la que hoy nos encontramos. 6. Entonces habló el segundo Trump, mandando al primero a la banca. Esta voz, la de la fuerza y la impredecibilidad, declaró concluido el cese al fuego y desde entonces ha mostrado determinación para seguir escalando las operaciones, informando oficialmente al Congreso de esa decisión. La voz de este Trump emerge con soltura y, además de emitir nuevas amenazas de destrucción, declara que Estados Unidos tomará el control del Estrecho de Ormuz. En un guiño al otro Trump, hoy en descanso, también anuncia que Estados Unidos cobrará “el 20% en cuotas” a quienes crucen por esa ruta, dejando claro que el costo de mantener y escalar las operaciones será absorbido por otros, no por Washington. Claro, pocas horas después tuvo que retirar esa exigencia, aunque sí afirmó que los países del Golfo efectuarán numerosas compras e inversiones en Estados Unidos. 7. Lo que podemos concluir, por tanto, es que el Trump de la fuerza y la determinación ya le dio su oportunidad al Trump que odia las intervenciones militares lejanas, ajenas y costosas, y que estuvo dispuesto a pactar a pesar de las múltiples críticas recibidas. Pero, aun así, las Guardias Revolucionarias no quedaron conformes y sintieron que podían estirar la cuerda todavía más. Por tanto, es momento de que ese Trump impredecible y errático vuelva a escena y retome el control de la situación. 8. Por supuesto, todo esto no tiene que ver únicamente con Trump y su personalidad. Hay muchos actores dentro de su propio círculo, y en todo el espectro político de Washington, que podrían representar perfectamente esas voces y muchas variantes de ellas. Sin embargo, estamos en un momento en el que el presidente de Estados Unidos opera prácticamente sin contrapesos, tanto en su gabinete como en el Congreso. Por ello, se trata de una coyuntura en la que lo que ocurre en la cabeza de ese presidente resulta crucial para entender el comportamiento de Washington. 9. El problema para Teherán es que podría estar cometiendo un error de cálculo. No porque el Trump que busca retirarse del conflicto a toda costa no exista, sino porque el Trump de la fuerza puede estar concluyendo que, por ahora, no queda más que jugar al “hombre loco”, dispuesto a lo que sea para conseguir sus objetivos. Incluso a elevar la apuesta escalando las operaciones de Washington o permitiendo que Israel vuelva a intervenir, tanto en este frente como en el de Líbano, poniendo así en riesgo buena parte de lo que Irán ya había obtenido con la firma del memorándum de entendimiento. 10. Con todo, hace unos días explicamos la lógica que está moviendo a ese sector que controla Teherán. El funeral del Ayatola Alí Khamenei no solo fue utilizado para proyectar cohesión interna y fortaleza internacional, sino también para exhibir la intensa disputa por el poder dentro del régimen. En ese contexto, las Guardias Revolucionarias Islámicas buscaron imponer su línea dura frente a los sectores más pragmáticos, en un momento en que el nuevo líder supremo, Mojtaba Khamenei, aún no consolida plenamente su autoridad. Desde la perspectiva de ese grupo, la guerra iniciada en febrero por Washington e Israel es existencial: consideran que ya no pueden confiar en ninguna clase de negociación con Washington y creen inevitable que eventualmente ocurrirían nuevos ataques estadounidenses o israelíes. Por ello, más que el alivio de las sanciones, su prioridad es preservar la capacidad de disuasión del régimen mediante la supervivencia de su programa nuclear, el fortalecimiento de sus misiles y drones, el apoyo a sus aliados regionales y, ahora, el control estratégico del estrecho de Ormuz. 11. Bajo esas condiciones, naturalmente, todo apunta a que estamos ante una nueva escalada que potencialmente podría prolongarse durante varias semanas. Tendremos que observar, una vez más, hasta qué punto el régimen en Teherán está dispuesto a soportar daños aún más severos a su infraestructura y a su economía, y hasta qué punto Irán consigue nuevamente elevar los costos para los países de la región y para la economía mundial, generando con ello nuevas presiones sobre ese otro Trump: el de America First y el de MAGA, que por ahora está en la banca. Instagram: @mauriciomesch X: @maurimm Únete a nuestro canal