Para explicar su descubrimiento científico, Jorge Blanco, investigador de la Facultad de Ciencias del Mar y Ambientales de la Universidad de Cádiz, pide imaginar un océano libre de plásticos que empieza a recibir cientos de miles de polímeros introducidos por el ser humano. Primero, por tierra. A través, por ejemplo, de la basura en las playas. Luego, desde dentro del agua, mediante sustancias procedentes de la pesca, el transporte de mercancías o los cruceros turísticos. En ese escenario –el actual–, el plástico viaja, se hunde y tarda solo cinco años en alcanzar todas las montañas submarinas de la península ibérica, oasis de biodiversidad que, hasta hace poco se pensaban a salvo de esta contaminación.

Los montes submarinos fueron en algún momento volcanes. Se formaron tras una actividad volcánica y se quedaron sumergidos bajo el océano. Aunque en su día eran vistos como una molestia para la navegación, la comunidad científica ha descubierto que son puntos de alta biodiversidad. Las empinadas laderas de las montañas submarinas transportan nutrientes desde las profundidades del fondo marino hacia la superficie iluminada por el sol, proporcionando a la vida marina alimentos muy nutritivos.