Pensar no se usa mucho. No digo ya la acción que el verbo dice; digo, modesto, la palabra. Uy, no lo había pensado. Bueno, vamos a pensarlo. ¿Ah, pensabas ir? Sí, todavía pienso en ella. ¿En serio se lo tiene que pensar?La palabra pensar suele usarse para decir cosas distintas: considerar, debatir, proyectar, decidir, recordar. Muy pocas veces para hablar de esa extraña actividad mental que consiste en darle vueltas a una cuestión —a todo tipo de cuestiones—, mirarla de nuevo, mirarla de otro modo. Siempre me resultó difícil hacerlo a propósito; pienso que pensar supone descuidarse, dejarse ir y, con suerte, ver lo que miras de un modo distinto, entender algo.Nunca fue fácil. Por eso me impresiona la pérdida brutal de pensamiento que hemos sufrido en los últimos años sin siquiera quejarnos: no parece que lo tomemos muy en cuenta, pero las cuentas son feroces. Un ejemplo entre tantos: más de la mitad de la humanidad vive en ciudades; de esos 4.200 millones de personas, supongamos —para ser prudentes— que solo una de cada cuatro toma transportes públicos para ir a trabajar. 1.000 millones —digamos— que entregan entre una y tres horas diarias a un autobús, un tren, un metro. Unos años atrás esos 1.000 millones tenían que llenar de algún modo esas horas, día tras día. Algunos se compraban un periódico, unos pocos sacaban un libro; la mayoría, no.La mayoría, muchos cientos de millones de personas, “no hacían nada”, miraban a nadie y dejaban que su mente los entretuviera: no tenían más remedio que pensar. Pensarían sobre todo en asuntos banales: la crueldad o la estupidez del jefe, la milanesa de ayer o de mañana, ese gesto extraño de su novio, las zapatillas increíbles, el aumento del papel higiénico. Y se les cruzarían otros temas, más variados, más propios o comunes, más indescifrables. Pero en todo caso los pensaban: no les quedaba más remedio, porque no podían ocupar la mente en nada más. Ahora, en cambio, miran cositas en sus móviles.Algún día voy a decir, subido a un banquito en el que no podré siquiera sostenerme, que esos artilugios son la mejor arma contra el pensamiento que inventó la humanidad desde que dejó de inventar religiones. Las religiones lo hacían —lo hacen— diciéndote qué debes pensar; los móviles, logrando que no pienses.No pretendo abrir juicio sobre su contenido: podrían recitar Shakespeare non stop en búlgaro y su función sería la misma. El problema es previo a su contenido tonto o sus rachas de odio o su espionaje. Es incluso peor que el hecho de que te convierta en un eterno receptor. Es, mucho más simple, que ocupa —no solo en los transportes— esos tiempos vacíos en que, como no sabíamos qué hacer con ellos —no sabíamos qué hacer con nosotros—, terminábamos pensando.Es una pérdida bestial. Yo creo —insisto— que uno nunca piensa mejor que cuando piensa sin querer. No tengo argumentos científicos pero sé que la gran mayoría de las ideas que me importan no se me ocurren cuando pienso bueno, ahora voy a pensar, sino cuando me aburro en una espera, cuando salía a caminar, cuando estoy por dormirme. Y, por lo que he podido averiguar, nos pasa a muchos.Esos momentos silvestres son los que el celular arrasa. A veces me pregunto qué habrá sido de toda esa actividad pensadora que perdió su espacio: si se ha concentrado, si desapareció del todo, si no era necesaria. No ejercerla puede parecer menor pero es un cambio radical en nuestras relaciones con nosotros, en nuestra intimidad con lo más íntimo. Para hacernos un poco de caso —para pensar sin haberlo pensado— tenemos que aburrirnos: lo contrario, entre-tenernos, di-vertirnos, consiste en ocuparnos la mente con relatos exteriores que nos salvan de ese vacío en el cual sucede ese accidente que —no— llamamos pensar. Para eso, insisto, se necesita la pequeña audacia de no dejarnos aturullar, y no hay mejores herramientas de aturullamiento, más aparentemente inofensivas, más ubicuas, que esas cajitas rebosantes de sonido y furia.No son las únicas: el mundo rebosa de vallas contra aquella costumbre de pensar. Pero estas son más fáciles de esquivar: quizá valdría la pena olvidarlas cada tanto. No siempre, no mucho —yo tampoco podría. Pero sí guardarlas en un metro, un autobús, y tratar de recordar cómo era cuando no existían, y mirar las caras alrededor para inventarles vidas, y dejar que la mente se vaya adonde pueda. Entonces, muy de vez en cuando, tal vez conectemos un par de ideas, cuestiones, situaciones de una manera que no habíamos imaginado antes. Eso era, creo, pensar, y nos servía bastante.O quizá no, y ahí estaría la explicación de todo.
La palabra pensar
Esos artilugios, los móviles, son la mejor arma contra el pensamiento que inventó la humanidad











