Parques, plazas, bibliotecas e incluso ciertos bares son espacios donde cualquiera puede estar sin ser expulsado. Son los terceros lugares: ni el hogar ni en la oficina. En Madrid, vecinos, administración y mercado llevan años disputándoselos. Y cada vez quedan menos

Hace un año, la calle de Murcia entre Rafael de Riego y Méndez Álvaro se cerró al tráfico. Desde entonces funciona como una suerte de extensión del patio escolar del colegio Menéndez Pelayo, aunque es una calle de libre circulación. Forma parte del programa de mejora de accesos a centros escolares que el Ayuntamiento de Madrid puso en marcha en 2020.

Antonio Caballero es un ingeniero de Albacete de 42 años que, como todas las semanas, espera a que su hijo salga de clase de música. Elige ese sitio porque puede leer sin tener que pagar nada a cambio. “No hay tantos sitios a la redonda donde se pueda estar porque sí, sin más, sin tener que consumir”, justifica. Su hijo va al CEIP Palacio Valdés, a menos de un kilómetro de distancia, y junto con otros padres está luchando por tener un espacio similar al que tienen los niños del Menéndez Pelayo.

En esta calle, muchos niños pasan un rato todos los días. “Mi hija se relaciona con niños de cualquier edad mientras drena energía. Si fuera por ella, viviría aquí”, cuenta Paola Arriaga, de 31 años (Valencia, Venezuela). A su lado, Iramar López, de 30 años y también venezolana, acompaña cada día a Valentina, su hija de nueve años que juega con un grupo. “Al venir aquí se desestresa un poco. Todo el día está estudiando o encerrada, es bueno que se distraiga”. Los niños de todas las edades corretean, intercambian cartas, se pasan el balón o se cuelgan de las instalaciones —un subibaja, una rayuela—, y todo lo hacen mezclándose entre los perros y los transeúntes.