Siempre he sido muy dada a caer en la pulsión invocante, a pegar la oreja en las conversaciones ajenas. En mi larga trayectoria como fisgona he ido afinando la técnica para que los conversadores desconocidos no se sientan escuchados: no hacer nunca contacto visual, mirar el móvil distraída, ponerme los cascos sin música si es necesario.Pero con ellas no hizo falta. Hice como que leía por pudor, pero si las hubiera mirado fijamente creo que habrían seguido a lo suyo: su conversación era hipnótica, tanto para ellas como para quienes las escuchamos durante las dos horas y media que dura el trayecto entre León y Madrid.Eran cuatro y debían tener cuarenta y pocos. Y en cuanto colocaron sus bártulos en el maletero del tren, una de ellas cogió el teléfono y se puso a buscar cómo hacer cartas astrales en Google. A otra le entró la vergüenza y, mirando a su alrededor, dijo “luego habrá quien cuente en casa que ha visto a cuatro locas haciendo cartas astrales en el viaje”. Pero se equivocaba: no voy a contarlo en casa sino en el periódico, porque uno nunca sabe cuándo tiene cerca a alguien que se dedica a escribir, actividad consistente en robarle al mundo. Y lo que me escandalizó no fueron las cartas astrales —iba leyendo La Celestina, experta en artes mucho más oscuras que las aplicaciones new age de Internet— sino que en 339 kilómetros no pararon de hablar de comprar cosas. Antaño una ardilla podía cruzar España de norte a sur sin tocar el suelo y hoy un humano puede hacerlo echando a un carrito de la compra virtual o mental objetos que no necesita. Porque de las cartas astrales de sus hijos pasaron a las manchas imposibles de sus camisetas, y de ahí al quitamanchas del Mercadona, que por lo visto es mejor que el KH7. Tras ello procedieron a hablar de los detergentes ecológicos que no tienen disruptores endocrinos, y después a hacer un análisis de mercado de marcas de perlas perfumadas. Siguieron con una pequeña impresora a la que le mandas fotos del móvil y te las imprime para que los niños hagan collages; una de ellas la encontró en Temu por un precio irrisorio. Después, pasaron a las velas y a los mejores supermercados para hacerse con ellas, pero sobre todo a la superioridad de las artesanas, las de cera de soja. Resulta que hay una empresa de dos chicas que va por suscripción, como Netflix: tú pagas y recibes en casa un paquete de velas cada mes. En uno de ellos eran velas verdes, porque estaba inspirado en la salud mental. Así fueron todo el trayecto, saltando con quiebros inimaginables de producto en producto, y así fui yo, que es aún peor: pegando la oreja, descubriendo que el verde tiene algo que ver con la salud mental, tratando de rellenar los huecos que en ellas no eran Homo consumericus, como su formación (seguro que universitaria), su ideología (probablemente progresista) o la manera en que criaban a sus hijos (es previsible que echando mano de recursos relacionados con las nuevas pedagogías). Porque como nos reconocemos en nuestras mercancías, también somos reconocibles a través de ellas.Las quise y me irritaron por igual, porque su conversación es muchos días mi monólogo interno. Esas cuatro parlanchinas consumistas pusieron ante mis ojos lo que me niego a ver en el espejo: que hemos convertido todas las parcelas de nuestro ser, incluida el alma, incluidas nuestras relaciones más profundas, en listas de la compra. Y en esas llegamos a Chamartín, donde las cuatro amigas se pusieron a hablar de su próxima escapada.
Cuatro amigas que compran cosas
Hoy un humano puede cruzar España de norte a sur echando a un carrito virtual o mental objetos que no necesita







