(Mar de Marchis) He tratado a muchas. Geniales, inconsistentes, impostoras, tocadas de alg�n vicio dominante. Y todas ellas v�ctimas, en grados diversos, de formas de agorafobia. Su vida era su ordenador y un cuarto desordenado, generalmente con mala ventilaci�n. All� pasaban todas las horas posibles, acompa�adas por el hombre o la mujer que les daba vida y alg�n estimulante, generalmente alcohol. Las criaturas se dedicaban a hablar entre ellas. Que internet era una conversaci�n se lo o� decir por vez primera a la editora y abogada americana Heather Florence, en 1996. En la inacabable conversaci�n desfilaban todas las pasiones: el amor y el odio, y las intermedias. Y el anonimato era la cl�usula esencial. Escrib� en el pr�logo a la edici�n de mis Diarios 2004: �Gran parte de la conversaci�n virtual se produce entre personas que se desconocen y que utilizan un determinado nick. Esa, y la maldad del hombre, es la raz�n principal de las mentiras y los insultos, desde luego. Pero tambi�n es la raz�n de que muchas personas se atrevan a vencer su inseguridad y logren escribir textos hermosos y �tiles. En otros casos el anonimato cumple id�ntica funci�n que en el periodismo: protege la exhibici�n de la verdad�. Las criaturas eran personas habladoras, pero muchas de ellas no habr�an participado en la conversaci�n de haberse sabido qui�nes eran. No solo por protegerse de lo que dec�an e incluso confesaban, sino tambi�n por la imposibilidad de vencer su timidez y de gestionar la intemperie. A esas criaturas que escrib�an comentarios en mi blog —en un a�o hab�an participado 6336 nicks, aunque bastantes corresponder�an a una misma persona— las imaginaba como actores de un teatro invisible, y a la pantalla de su ordenador como la cuarta pared. Sin internet, su vida intelectual y moral habr�a sido otra y m�s irrelevante, porque las formas de comunicaci�n corrientes eran para ellas una aduana insalvable. En realidad, sin internet esas criaturas no habr�an existido.La llamada Mar de Marchis, nick, fue una de ellas. Ahora protagoniza La bola (Alfaguara), un libro que ha escrito el periodista Daniel Verd�. El libro tiene problemas y conviene despejarlos cuanto antes. El primero, justamente, es el de tratar de pasar una criatura de aire al estado s�lido, operaci�n de por s� dif�cil y agravada por el hecho de que Marchis est� muerta (1968-2022) y el autor no ha podido hablar con las personas que mejor la conocieron: sus hijos, el padre de sus hijos y su socio �ngel L. Fern�ndez en la revista Jot Down. El testimonio del periodista Enric Gonz�lez, que fue su mejor compa��a en los �ltimos a�os, es la fuente principal del libro: valiosa, fundamental, pero insuficiente. El otro problema es el cl�sico que acecha a cualquier biograf�a, y es que mi caballo tiene que ganar. Hay ejemplos m�ltiples, aunque pocos tan puramente hist�ricos como el de El hijo del ch�fer, en el que el fil�logo Jordi Amat presenta a Alfons Quint�, que fue el primer director de Tv3, como el dise�ador de la Catalu�a moderna, un hecho que pasmado el ancho mundo descubri� gracias (�oh, anacoluto!; �oh, non sequitur!, �dadme la paz que Mr. Prevost me niega!) a que Quint� asesin� a su mujer. Tem� lo peor cuando en prosa fajada La bola se postulaba como �La historia real sobre la misteriosa mujer que puso en jaque la verdad en Espa�a�. Habiendo �vole y habiendo Cercas, la pobre Mar. Pero, por fortuna, el libro sobrevive a la tentaci�n. La absurda hip�rbole solo resulta molesta en la narraci�n de los episodios que vincularon a la mujer con El Pa�s, m�s interesantes para la historia del peri�dico que para la peripecia de la protagonista.Problemas al margen, La bola trae mucha informaci�n sobre la criatura. La primera, su agorafobia, enfermedad y no met�fora. En los 15 a�os que dur� su vida intern�utica, quebrada bruscamente por la apoplej�a que la derrumb� en una calle de Roma, Mar apenas sali� de casa. Desde su cuarto fund� la revista Jot Down sin que nadie —con la excepci�n de su socio— le viera la cara. O sea que el anonimato fue la segunda cl�usula que la criatura cumpli� escrupulosamente. Pero fue la impostura el rasgo en el que destac� sobremanera. Toda criatura digital se hace pasar en alg�n momento por lo que no es. Lo habitual es pasar por alguien m�s culto. Internet propici� desde el principio que cualquiera hubiera le�do lo que no hab�a le�do, que conociera desde el tiempo viejo lo que acababa de conocer y que pudiera defender con igual eficacia unos argumentos y los contrarios. Estas operaciones no deben despreciarse sin m�s en raz�n de la farsa impostora, porque al final todo se pega y las criaturas acababan sus conversaciones mucho m�s sabias. Por supuesto, Mar de Marchis incurri� tambi�n en la impostura intelectual. Pero no fue la decisiva. La clave de su �xito fue que una cuarentona gruesa, de atractivo discreto, se hizo pasar convincentemente por una insinuante rubia sexy. En el nacimiento de Jot Down tuvo una importancia primordial la correspondencia que la criatura empez� a mantener con periodistas, literatos e intelectuales diversos. Los emails y los mensajes estaban hechos a base de halagos y seducci�n. Era digital, pero era m�s viejo que el mundo. Los halagos eran convencionales y basados como ella misma en hechos reales. La seducci�n era m�s trabajada. Uno de los mejores fragmentos del libro de Verd� cuenta c�mo nuestra criatura obten�a las fotos —algunas incluso desabill�s— que enviaba a modo de promesa. Al cabo de una docena de mensajes el pobre gorrioncillo ya ped�a ver a la calandria. Pero esos encuentros nunca llegaban a producirse, porque la criatura pretextaba una vida de idas y venidas por el mundo, con vuelos fallidos, reuniones intempestivas y husos incompatibles. A veces a�ad�a alg�n rasgo de omnipotencia, que no siempre dominaba. Una noche, mientras yo paseaba por la playa de Ca�os de Meca, envuelto en la sure�a placidez, llam� para insistirme en que aceptara la direcci�n de Jot Down. Y al repetirle que la �nica cuesti�n era saber cu�nto iba a pagarme, me dijo: �Usted no es capaz de imaginar la cantidad de dinero que puedo llegar a pagarle�.La red de adulaci�n, seducci�n, promesa y misterio que fue tejiendo le ayud� a que en la revista mucha gente escribiera sin cobrar. E incluso que la gente se sintiera pagada por algo que empez� a manejar con gran habilidad: sus confidencias de insider, a veces reales y la mayor parte deformadas por el chisme o puramente imaginarias. Y es verdad, y en eso acierta Verd� a pesar de sus exageraciones, que todo ello impact� en un sistema medi�tico trastornado por la irrupci�n digital. Un trastorno en el que influy� la irrisoria vanidad de tantos periodistas que creyeron que los llamados usuarioseran lectores y que a cambio de estramb�ticas y falsas estad�sticas millonarias cedieron su patrimonio a lo que hoy llaman, cautivos y arruinados, las tecnol�gicas. Y un trastorno en el que Mar de Marchis supo medrar con instinto y locura.En las �ltimas p�ginas, Verd� explica sobriamente c�mo la cris�lida, mejorada de su enfermedad, empez� a salir de su apartamento romano y a verse incluso, ya mariposa, con personas y en lugares. Hasta que a las siete de la tarde del 2 de abril de 2021, y delante de �la ferreter�a del viejo Carlo Cicchetti�, perdi� el conocimiento para siempre. El libro acaba entonces y all�, pero habr�a acabado lo mismo si Mar�a Jes�s Marhuenda, de Santa Pola, piernas muy finas, cuerpo de calandria y salud fr�gil, madre y divorciada, con dinerito de familia, hubiese seguido viva.(Tristeza) Muere Marjane Satrapi y los peri�dicos cumplen con su obligaci�n y explican las causas de la muerte. A mi c�lebre dec�logo necrol�gico hay que a�adir un eslab�n: �No olvide que lo primero que usted pregunta cuando le dicen que alguien ha muerto es: ‘�De qu�?’�. Pero la felicidad del necrof�lico no es nunca completa: �De tristeza�, dicen los peri�dicos. Es decir que lo resuelven mediante la elevaci�n po�tica. Nadie muere de tristeza, como nadie muere por comer a diario filetes de vaca saignant. Mero factor de riesgo.Una escena de Pers�polis (2007). Tristeza, depresi�n, pastillas, alcohol. Dios la ve llegar, pero que de ninguna manera. Le dice que su hora a�n no ha llegado y que tiene mucho que hacer. Y sopla y la reenv�a al mundo. La muchacha despierta, se ducha y se conjura furiosamente, Eye of the tiger mediante: hay que luchar.(Ganado el 6 de junio a las 12:40, oyendo y viendo al presidente del Gobierno hablar penosamente sobre Leire y su partido, constatando que a sus argumentos ya solo les queda una oportunidad para ser los de S�crates)