En un mundo donde cualquier persona tiene a su alcance más de quince minutos de fama, lo verdaderamente difícil es lo contrario, me refiero al anonimato. Por eso mismo, lo de Mar de Marchis tiene su mérito y su arte, el de una mujer que se coló por una de esas grietas que quedaron tras el derrumbe de un sistema que lleva oculto el germen de su propia destrucción.

A principios de la década pasada, la recesión económica que sufrimos tras la caída de Lehman Brothers nos dejó a la intemperie, a expensas de encontrar salidas entre el laberinto de escombros. Ella encontró un agujero y silbó. Y como yo fui una de las tantas personas que escuchó aquel silbido, sólo tengo buenas palabras para ella, para Mar de Marchis o como se quisiera llamar, y para su revista, la Jot Down, una publicación de calidad para tiempos cutres donde los recortes y la grosería dominaron la escena. Hoy lo siguen haciendo, lo que sucede es que ya no hay grietas por donde colarse, y Mar está muerta, o eso dicen.

Por lo que a mí respecta, pienso que su muerte es algo tan ficticio como lo fue su nombre o como lo fue su vida, una vida que es imposible contener en un libro aunque algunos de sus jirones hayan salido a la luz en estos días bajo el título de La bola (Alfaguara). El trabajo —muy bien escrito— viene firmado por Daniel Verdú, y su publicación no llega libre de polémica. Suele pasar cuando lo vivido por la gente cercana a la persona biografiada no se identifica con lo escrito por una tercera persona que, en este caso, sólo la conoció de oídas. Con todo, he leído el libro y me ha devuelto hasta aquellos días de hace ahora quince años, cuando nada era imposible y bailábamos sobre los escombros de un sistema que empezaba a hundirse en las heladas aguas del cálculo egoísta.