“Se pelean desde que se levantan”. Angélica, madre de dos niños de diez y ocho años, reconoce que en su casa hay días en los que cualquier desacuerdo vuelve a enfrentarles. Competir por quién se sienta delante en el coche, quién habla primero o quién recibe más atención por parte de los padres termina desgastando también a los adultos. “Hay días en los que todo acaba en bronca. Si uno tiene algo, el otro lo quiere. Y si uno recibe un elogio, el otro se enfada”. Hay tardes —cuenta— en las que es imposible tener un rato tranquilo en casa.

En otras familias, la tensión aparece sobre todo al final del día, cuando el cansancio de toda la jornada hace que todo estalle más rápido. Isabel, madre de tres hijos, explica que durante mucho tiempo intentó intervenir inmediatamente cada vez que surgía un problema entre ellos. “Entrábamos constantemente a mediar y terminábamos agotados. Tuvo que pasar un tiempo hasta que entendimos que no podíamos resolverles todo nosotros”, revela. Comenta que, en muchas ocasiones, por mucho que lo intentaran, no conseguían calmar la situación entre ellos.

La convivencia familiar suele incluir roces y desacuerdos, pero algunos terminan repercutiendo en el funcionamiento familiar. Algunos estudios han analizado qué ocurre cuando esos conflictos se vuelven especialmente frecuentes o intensos. Una investigación publicada en Journal of Family Psychology en 2014 observó que las relaciones entre hermanos marcadas por discusiones frecuentes, agresividad o dinámicas muy hostiles podían relacionarse con más dificultades emocionales y mayor malestar dentro de la familia.