Dickens. Al novelista británico lo atormentaban tanto la explotación infantil (Oliver Twist) como el pésimo subsistir de un proletariado incipiente (Tiempos difíciles). La primera revolución industrial, sustentada en el vapor, el carbón y el ferrocarril, estaba tapizando la campiña inglesa de “oscuras factorías satánicas”, como escribió el poeta William Blake. La bisinosis, también conocida como la fiebre de los lunes, causaba estragos entre los obreros del textil, con los pulmones deshechos por respirar polvo de algodón y lino en telares mal ventilados. La producción mecanizada suscitó un éxodo brutal de campesinos hacia las urbes manufactureras, Manchester, Birmingham, Leeds. Las calles hervían. En estas circunstancias, el papa italiano León XIII se metió de lleno en el barro, en 1891, con la encíclica De las cosas nuevas: propuso un punto intermedio entre el capitalismo desaforado y la revolución socialista.Una de las joyas encontradas en el registro del despacho de Zapatero EfeSelfactinas. En aquel tiempo los obreros la emprendieron a golpes contra las así llamadas máquinas hiladoras, y ahora poco menos que llueven los palos sobre uno, o le endilgan el baldón de ludita, si no abraza con entusiasmo la inteligencia artificial (IA), el prodigio envenenado que impulsa este cuarto salto industrial, el de la digitalización absoluta. En su primera encíclica, el papa León XIV, licenciado en Matemáticas, ha dado un valentísimo paso al frente, irrumpiendo en la gran controversia de nuestro tiempo. Magnifica humanitas subraya el peligro de que la tiranía del algoritmo cree ciudadanos de segunda clase al servicio de los intereses de las elites tecnológicas, que monopolizan un poder inmenso. La IA ha engullido millones de libros, sí, pero no puede suplir la imaginación ni la empatía. Carece del sentimiento de finitud de los seres humanos, en cuyos límites –la vulnerabilidad, el sufrimiento, el fracaso– puede reconocerse “la dignidad inviolable de cada persona, tanto la nuestra como la de los demás”, escribe el Papa. Bravo.Rubíes y zafiros. Circulan por las redes memes de Zapatero de bracete con Pedro Sánchez y adornado con unas joyas que más bien encajarían en el ajuar de la begum o la esposa del agá jan que en la herencia de una familia española de clase media. Ya saben, la sortija de la yaya, la medallita, el semanario de oro. Entre una opinión pública acostumbrada progresivamente a “las narrativas mediáticas polarizadas” –de eso también habla el Pontífice–, una imagen tuneada parece tener mucha más fuerza de arrastre que los 4.000 folios del sumario del caso Plus Ultra, que pocos habrán leído.En tiempos de la IA, tiene más fuerza un meme de Zapatero enjoyado que los 4.000 folios del sumarioCon indicios, que no pruebas claras, se acusa al expresidente socialista de organización criminal, tráfico de influencias y falsedad documental. Lo imputa la misma justicia que no fue capaz de aclarar quién era M. Rajoy ni de despejar la X en la ecuación de los GAL. Pero, como bien dice el periodista Iñaki Gabilondo, “no huele nada bien”. Esta semana la UCO ha registrado la sede de Ferraz en busca de facturas con visos de “desestabilizar procesos judiciales”. ¿Hasta cuándo este sinvivir? Faltan explicaciones a carretadas. Sánchez debe de estar rezando por un triunfo de la roja en el Mundial.Tristán de Acuña. Durante un tiempo, acaricié la idea marciana de viajar hasta la isla habitada más remota del planeta, en el Atlántico sur, a 2.800 kilómetros de tierra firme, sin aeropuerto y con una red de internet algo precaria. Me veía capaz de aguantar allí unos seis meses, hasta que regresara el siguiente barco, desde Ciudad del Cabo. Sin problema: se dedican al cultivo de la batata y la pesca de langosta, y tienen un solo pub: The Albatross. ¿Para qué más? No se trataba de apartarse del mundanal ruido, que también, sino de urdir tal vez un librito de viajes si lograba hilar conversación con alguno de los doscientos y pico isleños, de natural introvertido.Pues bien, hasta esa remota isla volcánica ha llegado la sospecha del hantavirus con un pasajero del MV Hondius, a quien tuvieron que asistir paracaidistas del ejército británico porque se le acababa el oxígeno. Se ha derrumbado, pues, el sueño de la huida, ni siquiera en la cima del Everest, donde se forman colas como las del súper. Qué alucinación. Ya no parece factible la intimidad, la exploración de los límites, de acariciar lo divino en soledad.
El ajuar del agá jan, por Olga Merino
Dickens. Al novelista británico lo atormentaban tanto la explotación infantil (Oliver Twist) como el pésimo subsistir de un proletariado incipiente (Tiempos difíciles). La primera revolución industrial, sustentada en el vapor, el carbón y el ferrocarril, estaba tapizando la...








