Todos tenemos muchas identidades a lo largo de la vida. Por eso hubo un tiempo en el que los genios (aún) no eran genios, sino seres humanos corrientes que trabajaban codo con codo para ofrecer lo mejor de sí mismos al mundo. Por eso, aunque no lo parezca, hubo un tiempo en el que Virginia Woolf (Londres, 1882 - Sussex, 1941) no era (todavía) Virginia Woolf, y no (solo) porque no se hubiera casado con Leonard Woolf, de quien tomaría el apellido, sino por hallarse en la fase embrionaria de una escritora en potencia, esto es, la fase de ensayo y error; de escribir sin la expectativa de publicar, tan solo de continuar aprendiendo.
Urmila Seshagiri, estudiosa de la escritora inglesa, dio por casualidad con el manuscrito de un texto titulado La vida de Violet, conservado en una casa de campo de Wiltshire y fechado en 1908. La Biblioteca Pública de Nueva York (NYPL) guardaba un relato con el mismo título, pero correspondiente a una versión de 1907. Este primer borrador ya se conocía entre los académicos, y no pasaba de considerarse una composición primeriza. Sin embargo, la edición revisada de 1908 incluía nuevas correcciones que, a juicio de la investigadora, otorgan valor al original y hacen de él una obra más acabada.









