Una mesa anónima, estratégica, para ver pasar trenes, como si fueran ellos los que conectan a Copenhague con los arbolados andenes de Coghlan. La trilogía de la danesa Tove Ditlevsen –Infancia, Juventud y Dependencia– en las manos de un lector asediado. Una lectura, por otra parte, desfasada, en el tiempo y en la graduación, por así decirlo, como cuando se regresa a un par de gafas de años atrás, todavía útiles si el ojo se ajusta por un rato a sus exigencias especulares. Muchos libros avanzan merced a la pregunta que cuelga sobre ellos como una espada de Damocles: qué significa esperar a un lector.Un invisible y póstumo Cage o Stockhausen compone música contemporánea en el café –tos de un viejo aire acondicionado, conversación de cuatro a alto volumen y altísimo sinsentido, música fondeando, collage de radio de celulares, bocinas fuera de registro, la máquina de expresos, las patas de una mesa arrastrada– y trastoca la concentración. Agravada por la inimputabilidad de la veteranía: una señora mayor hablando a gritos. La acústica azarosa y el vocerío lo arrancan de la lectura como el animal de presa que va a buscar a su víctima metiendo el hocico en la madriguera y arrastrando a su dueño hacia afuera con los colmillos. Para que una distracción salve de otra, un vecino de mesa ahora miente de menos, como autocastigo y compensación por una mentira verdadera que le infligió al interlocutor tiempo atrás.Tove Ditlevsen no engaña. Directa, estoica, inmisericorde, narra calma y objetivamente una autobiografía que es un repaso demoledor –no depresivo– de sus primeros años. La simpleza como garantía de su honestidad, y garantía de desconcierto para un lector que nunca termina de saber bien qué hace –cómo sigue– con ese libro en las manos. El tono inexorable tiene un aire al de los relatos de Anna Kavan y Janet Frame. Entre la tristeza y la tenacidad, Ditlevsen se prohíbe el ejercicio de la lástima. No cayó en el acto reflejo de la autobiografía y las memorias, el de opinar sobre su vida desde el presente de la redacción; supo conservar el nervio de aquel presente que se embarcó en recuperar y acaso redimir mediante el no tan sencillo acto de documentarlo. Dice la verdad; dice que mintió de chica: “Es tan raro que mi madre nunca haya descubierto cuándo estoy mintiendo”. (Un asunto interesante que puede incidir durante la escritura pero no una vez publicado el libro: hasta qué punto un autor es consciente de aquello que escamotea).Pasa un hombre con un maple de huevos blancos en una mano y en la otra la correa de su dogo. Un extranjero se ríe más que en su propio país. Una nativa adinerada se delata como alguien que viaja para insultar hoteles. Cambia de silla una joven que sin espejos no puede hablar. Su tipo de voz la denuncia: cree que se la otorga su belleza. Al primer lector con miles de libros que Ditlevsen conoció, este le dijo: “Se supone que no debes conocerlo todo acerca de una persona. Deja de ser estimulante”.Difícil adivinarle otros misterios a aquel que junto a las vías lleva la elegancia suelta de las personas que se hicieron solas. O al que después de una semana en otro país recupera las ganas de cantar y la voz para hacerlo. Del otro lado de la ventana, un ocioso que por no saber cómo replicar a un chiste cree que el otro creerá que no comprendió lo que le dijo. El que revisa varias veces las cosas –lo que hay o no en un bolsillo– parece desconfiar de sus sentidos. Escenas de absurdo enternecimiento, como si una de las personas más feas del mundo le comentara a cada uno que se encuentra: “Se te ve muy bien”. Lo real disimula su fragilidad con torpeza, y lo consigue porque los testigos están mirando para otro lado.Tove Ditlevsen observa a adultos de los que “no se puede decir mirándolos si han tenido una infancia, y no te animas a preguntar cómo se las arreglaron para atravesarla sin que sus caras se lastimaran visiblemente y les quedaran marcas”. Cicatrices más que visibles: estos trazos tiran abajo velos de hipocresía en historias de familia, primeros trabajos, un paso por el teatro amateur, primer novio, poemas inaugurales, matrimonio con un escritor, adicciones, clínicas, altibajos. El descubrimiento de la lectura a los 14; el ejemplar temblándole en la mano. Una gran memoria visual. El libro ratifica que un libro que condensa una dedicación demencial bien articulada tendrá siempre más chances de sobrevivir. La vida de Ditlevsen ilustra lo que las novelas más audaces: hay que estar dispuesto a no ser comprendido si se quiere tocar la vena de otras libertades. Salen dos que se desconocen casi juntos. El que deja pasar primero al otro imagina que va a morir después.Trilogía de Copenhague, Tove Ditlevsen. Seix Barral, 432 págs.
Tove Ditlevsen, de Copenhague a Coghlan
Una lectura de la Trilogía de Copenhague, implacable autobiografía de la danesa Tove Ditlevsen.
La trilogía autobiográfica de Tove Ditlevsen (Seix Barral, 432 págs.) narra sus primeros años con estilo directo, estoico e implacable, sin juicios desde el presente. La ausencia de autocompasión y la honestidad radical son los únicos recursos que, según la obra, garantizan la supervivencia literaria a largo plazo.










