29/05/2026 a las 14:13h.
Cuando lees a Maggie O'Farrell sabes que, aunque no termine bien, de alguna forma lo hace. Llegas a la última página con el corazón en un puño, triste por cómo han ido las cosas, feliz porque de algún modo se ha terminado haciendo justicia ... al duelo, a la ausencia, a la memoria, al arrebato. Al contrario que en las series de misterio, donde todo se enrevesa para seguir enganchando pero a veces te quedas huérfano de explicaciones, lo importante con las obras de la autora de 'Hamnet' nunca es cómo termina, el final, sino lo que ha pasado antes. Una de las madres sobre las que escribe se imagina que está unida a su hijo por un hilo invisible, una que se tensa cuando se aleja como una correa de un perro curioso pero que estruja el corazón y no la mano, que se estira, de forma angustiosa a veces, como recordándole que, lejos, donde sea, después de lo que tuviera que hacer, tenía que volver a casa, a su lado, a su sitio. Le pasa a Elle Fanning en 'Margo tiene problemas de dinero', que extraña a su Bodhi cuando sale con una amiga de fiesta en Nochevieja, como recordándole que está fuera de lugar. Es desolador, porque es una sensación real de congoja, yo también la he sentido, y en ambos casos pasa algo malo por volver, como si la naturaleza de una madre le estuviera diciendo que su lugar no es irse sino estar. Que la libertad recuperada está también condicionada por la vida, por otra vida, que resignifica lo que es vivir.










