El encuentro final de dos miradas sonrientes, una de orgullo y otra de alivio exhausto, demostraba que todo había merecido la pena. Que el empeño de Miles Teller por convertirse en un músico que su temible profesor pudiera respetar había dado sus frutos. “Adoro Whiplash”, admite la directora Laura García Alonso (Madrid, 1990). “También películas de Aronofsky como El luchador y Cisne negro, pero, al final, de todas ellas se asume que el éxito lo vale todo, que lo único que importa es la gloria”. Son obras intensas, de gran introspección psicológica, que sin embargo van rindiéndose en mayor o menor medida a la excepcionalidad del talento de sus protagonistas.

“¿Es que el éxito siempre tiene que arrollarlo todo?”, se pregunta. “Yo quería una película más anticlimática, prefería dialogar con algo como La soledad del corredor de fondo”, prosigue en referencia a un título troncal del Free Cinema británico, que en los años 60 promulgaba un acercamiento más agrio a la realidad social. Así que Corredora (debut al largometraje que Alonso dirige y escribe, y que presentó en el Festival de Málaga) debía evitar las recompensas emocionales de una película deportiva al uso. “En el cine de deportes solemos hallar cámaras fluidas, con mucho corte y mucha preocupación por enfatizar la espectacularidad de todos los elementos en plano”, dice.